8 Cosas que aprendí de mi abuela y que nadie podría haberme enseñado mejor


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1. Siempre guarda algo para ti; siempre compártelo. 
En el clóset, en un cajón, en las puertitas de la credenza: mi abuela siempre tiene guardada una caja de sus chocolates favoritos, una de los dulces que le compraba el abuelo y alguna más de galletas o caramelos que alguien le regaló. No las deja encima para que todos coman, y casi siempre las va consumiendo y resurtiendo ella sola, son su gusto íntimo y egoísta. Pero cuando llegas a su casa con alguna tristeza o después de un mal día, ella abre cualquier puerta o cajón y te ofrece un pedazo de su alegría.
2. Puedes perderlo todo, pero nunca pierdas el estilo. 
Alguna vez entré a casa de mi abuela con mis 19 años, un montón de copas de más y el delineador chorreado por toda la cara. Me hizo un café y escuchó el drama de aquel muchacho que me había ignorado en público. Puso mucha atención en los detalles, en mi enojo y en las tres o cuatro estupideces con las que yo reaccioné. Entonces soltó la sentencia: no importa cuánto pierdas, nunca pierdas el estilo, sobre todo si es lo último que queda de ti.
Y está claro: cuando mi abuela dice ‘estilo’, quiere decir ‘dignidad’.
 
3. Es de un exquisito mal gusto llorar en público.
Una tiene que llorar todo lo necesario, porque a veces es lo que toca, porque a veces es lo único que podemos, porque a veces cura, porque incluso a veces es lo que somos. Pero las cosas verdaderamente trascendentes se hacen de la puerta para adentro.
Pa qué va una a sacar la tripa en cualquier sitio, pa qué vamos a incomodar a la mesa de junto o a echar a perder la fiesta. Cuando toca llorar hay que hacerlo, pero como se hace la vida: desde una y para una.
4. Si vas a confesarte pendeja, más vale que lo hagas rápido. 
No sé si sea necesario explicar este punto. Pero eso, justamente: si te equivocas, si haces daño, si te pasaste de tuerca con alguien, más vale reconocerlo y hacerlo rápido. Siempre será más sencillo solucionar cuando las palabras aún están frescas en la memoria.
5. Al primero todas llegamos muy tontas, por eso el segundo es el mejor. 
Habían pasado apenas unas semanas de mi separación cuando hice un viaje a casa de la Abue. Dije claramente, antes de llegar, que no quería discutir los detalles de lo que había pasado y que, aunque entendía que quisieran saber, prefería no tener que contestar preguntas a las que no tenía respuestas. Iba buscando abrazo y, desde luego, estaba preguntándome todo el tiempo en qué nos habíamos equivocado, cuáles decisiones habíamos tomado mal o porqué habíamos llegado a ese punto.
Una mañana salí de la regadera y me quedé ahí parada llorando, quietecita, frente al espejo. Mi Abue estaba sentada en su cama y esperó un rato en silencio, respetándome a mí y a mi llanto. Después de mucho se acercó, me empezó a rascar la espalda y me dijo: No te preocupes, hija, al primero llegamos todas muy tontas, por eso el segundo es el mejor.
 
6. Tú dile que sí, ya luego ves cómo le haces para hacerlo como quieras. 
Hablando de la vida de pareja, una tiene que elegir sus batallas. No todas se ganan y no todas valen la pena; no se trata de ir cediendo a todo pero este consejo va para quienes, como yo, somos necios y aferrados. Vale la pena, de vez en cuando, decir que sí, pensarlo, y encontrar maneras de negociar y coincidir cuando los ánimos están más calmados.
7. No hagas caso, ya bastante desgracia tiene con ser como es. 
En más de una ocasión he tenido que lidiar de manera cotidiana con gente conflictiva, altanera o autoritaria. A veces las tres cosas juntas en un sólo ser humano (sí, existen) con el que tienes que convivir, trabajar y relacionarte mucho más de lo que quisieras. Algunos límites son difíciles de mantener cuando la interacción se lleva bajo presión y el de enfrente dice estupideces, actúa de manera irracional, o intenta siempre sobreponer su necesidad y punto de vista al de los demás.
Para éstos casos, y luego de siempre haber escuchado todas mis quejas y argumentos, cuando no había más qué hacer y yo preguntaba ‘Abuela, es que ¿por qué hay gente así de imbécil?’ ella siempre respondía lo mismo ‘Déjalo mija, ya bastante desgracia tiene con ser como es’.
 
8. Si no tienes nada bueno qué decir, haz como que no escuchaste. 
Aplica también para el ‘No te enganches con alguien que no sabe hablar como gente racional’, o el ‘No le digas lo que sabes que no quiere escuchar’ o, en el mejor de los casos ‘No todos los bebés son bonitos, pero no se lo digas a su mamá’.
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Mercedes Alvarado
Me llamo Mercedes // No estoy enojada, así hablo // Aquí se siente en mexicano. //
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Me llamo Mercedes // No estoy enojada, así hablo // Aquí se siente en mexicano. //