¡Ahí está el detalle!


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Hoy amanecí con la emoción arrugada.

Y encima de eso, también me siento mal por sentirme mal. Es como si yo solita me adjudicara la responsabilidad de estar bien. Pero hoy estoy frágil ¿y qué tiene?

Tengo las emociones arrugadas, porque el corazón y la mente todavía pueden sacar fuerzas de algún lado. Supongo que mi cerebro debe estar lo suficientemente fuerte como para mandar todos esos pensamientos raros a mi cabeza. ¿Y entonces por qué me siento débil?

Todos esos pensamientos me hacen un hoyo en la panza, y sé que mientras más tiempo les dedique peor va a resultar todo.

Siempre he tratado de ser positiva conmigo y apapacharme con pensamientos y sensaciones bonitas. Cuando me veo frente a una angustia trato de reponerme con fuerza y me paro frente a ella como retándola. Me repito una y otra vez que esas cosas pasan y es normal, pero que tampoco es para siempre, y el tiempo que duren depende de mi. Por eso, cuando tardan mucho en irse, me siento culpable por no tener la fuerza suficiente para vencerlos. Así que trato de ver fijamente eso que me está angustiando y si resisto lo suficiente, ¡PUM! desaparece. Vuelve la tranquilidad.

En este momento estoy viendo fijamente eso que hace que me duela la panza, todo sigue dando vueltas, pero es cada vez más despacio y poco a poco puedo ir desmenuzando esa sensación que llegó esta mañana y no supe ni por dónde.

Cuando estamos vulnerables, sensibles o en un estado de coma emocional, no sabemos ni por donde nos llegan las cosas. Solo nos enfocamos en la sensación incómoda. Encerramos nuestra atención en el malestar, más no en lo que lo ha causado. Y eso es lo importante aquí.

No es el dolor de panza el que te debe distraer, ni la sensación de que te falta el aire. Es el hecho. ¿Qué me hace sentirlo? 

Solo atendiendo ese revoltijo de cosas frente a mi, es como puedo empezar a separar y ver claro. Es como cuando tu cuarto está super desordenado y solo cuando te aplacas y empiezas a recoger cosa por cosa, vas descubriendo lo que hace años creías que se te había perdido.

Mientras escribo, estoy separando, y de todos los miedos que encuentro, hay uno en particular que me pone a la defensiva en cuanto veo una situación amenazante.

Este miedo es relativamente pequeño, pero su poder es tan grande que hace que todo se vea desordenado. Ahi está el detalle (chato). *Cantinfleando-ando*

Este miedo revive una historia que hace como un año me abrió una herida, medio seria. Con mucho trabajo me repuse y poco a poco la herida se fue diluyendo y maquillando, pero no he podido quitar la marca. Y es que lo increíble de las heridas es que las marcas se quedan para toda la vida. No para vivir con rencores, pero sí para recordar lo que no quieres que vuelva a sucederte.

Entonces, cuando estás en días vulnerables (y no me refiero solo a ‘esos días’) las historias del pasado regresan e invariablemente volteas a ver tu herida;recuerdas lo que sentiste, el trabajo que te costó reponerte y todas las veces que te juraste no volver a distraerte de las señales.

Así amanecí hoy. Vulnerable a las señales, sensible de mi herida. Y no pasa nada, porque sé que solo es un recordatorio de la vida para que vuelva a confiar, para que pueda enfrentarme a eso, verlo directamente a los ojos y saber que tengo el suficiente poder de destrozar cualquier mal pensamiento que llegue, angustia, dolor de panza o lo que sea.

Si te ha pasado esto, solo piensa que la vida no te enfrenta a nada para lo que no estés preparada(o). Así que si un día este dolor de panza te sorprende, sonríe, párate frente a él y mirándolo fijamente dile: “¡NO, GRACIAS!”

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Maria Melier
Amante del café, los besos largos y las palabras; los silencios compartidos y los detalles simples. La vida es un manjar.

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