Así comienzo


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La muerte llegó a mi vida el 3 de mayo de hace tres años. Abrupta y violentamente me introdujo en la deliciosa desesperación del insomnio; en los sueños pintados de terror y el estúpido hueco en el pecho que no sana: Mi primo Iván, se suicidó en su recámara.

Tres meses después disparó de nuevo (no él,  la muerte) y de la mano me llevó a un nostálgico recorrido por mis mejores recuerdos gastronómicos y la consciencia de momentos olvidados de mi infancia. Mi abuela murió de un ataque al corazón en el baño de su casa.

Las dos primeras muertes que me dejaron una cicatriz profunda y visible en la mirada, no fueron ni de cerca una buena preparación para la tercera: hace menos de un año mi papá murió. Decadente cuerpo, ni siquiera pudimos velarlo las horas suficientes por su mal estado.

Tengo una lista interminable de “nisiquieras” dedicadas a él. Tengo también una lista interminable de días que deseé su muerte. Tengo otra lista de listas de canciones, quejas y miradas…  Pero la mejor de todas las listas es la de mis intentos fallidos por entender.

Hace dos semanas que el cuerpo de mi papá, hecho cenizas, vive (¿muere?) conmigo.

(¡¿Qué?! ¡¿Su cuerpo está ahí metido en una cajita?!)

Regresaron las pesadillas. Me invaden las nostalgias y el no-entendimiento.

Y ahora me invade una cosa más: tengo una necesidad extraordinaria de escribir. Escribir algo, un suspiro. No sé qué, ni sé si  alguna vez tenga un rumbo.  Pero así es como llegué aquí, obedeciendo al impulso de no enterrar en mí lo que no entiendo.

Ese impulso que nació el día me quedé un poco coja y que, en una de esas, me volví un poco “darks”.

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Sofia Mora
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