Así es como se siente ser huérfana.


Estando con un par de amigos en una de esas reuniones donde después algunos tragos salen las verdades a flote, alguien preguntó:  “¿Si pudieran cambiar algo de sus vidas, qué cambiarían?”

Todos contestaron que nada, que todo ha sido una experiencia que los ha hecho crecer como personas, que de los errores se aprende, que lo que no te mata te hace más fuerte, blablabla, al parecer todos habían escuchado a Toño Esquinca esa mañana… o habían estado leyendo libros de superación personal.

Yo contesté que si pudiera cambiar algo de mi vida, sería tener una mamá por algunos años más. No sé, una mamá que viera graduarme de la universidad, que me ayudara a hacer mis maletas cuando decidí salirme de casa para ser una señorita respetable e independiente, que conociera a mis hijos y los llevara al parque a enlodarse con ella jugando a las escondidillas, que conociera a mis novios en turno y les contara esa historia en donde ella, estando sentada en la silla de la estética, fue mutilada por una niña de escasos 5 años con dotes de estilista punk mientras tomaba una siesta esperando a que terminara de cuajar el tinte borgoña que usó hasta sus últimos días.

Ya sé, Disney nos facilitó la idea de no tener una madre, ya que en todas sus dulces películas, la madre no aparece en escena o la matan en los primeros 10 minutos de la historia. Pues bien, eso, aunque cursi, me facilitó un poco las cosas porque de alguna manera, he podido continuar siendo una mujer promedio, con días hormonales y días como hoy en donde me siento más motherless que nunca.

Jamás había escrito algo sobre ella. Siempre que intentaba pronunciar su nombre se me hacía un nudo en la garganta y no dejaba de llorar. Supongo que es normal, el dolor de la pérdida de una madre nunca se va, no insistan.  Solo se aprende a vivir con él por el resto de los días y cada día se hace más ¿cotidiano? No lo sé.

Mi madre no era una de esas madres que odian los 10 de Mayo, a ella le gustaba, le gustaban todas las fechas, le gustaba su cumpleaños, ponerse bonita y salir de viaje cada que podía, le gustaba viajar sola, ser independiente aún con un matrimonio de casi 40 años, le gustaba hacerme reír y recostarse conmigo para hacer nada mientras escuchábamos a Yann Tiersen toda la tarde, le gustaba bailar conmigo, yo arriba de la cama y ella tarareando el vals de la Bella Durmiente. Le gustaba reír, le fastidiaba mi humor negro pero lo aceptaba, supongo que por eso no le molestaría que durante estos años me he dedicado a hacer chistes crueles sobre su ausencia.

Era creyente, jamás fue de su agrado que yo no lo fuera pero me aceptaba, me daba consejos, me hacía ser mejor persona todos los días, me alimentaba el alma con delicias yucatecas. Me abrazaba, el único contacto físico que me gustaba hasta etonces eran sus manos haciéndome piojito o la manera en la que me hacía taquito con las sábanas antes de dormir aún teniendo poquito más de 20 años.

Me hizo la mujer que soy, ya sé, es un cliché pero es la verdad. Me preparó para las demás pérdidas que vendrían y que dolerían menos pero dolerían y pasarían después.

La extraño siempre, creo que nunca dejaré de hacerlo y menos cada que me veo al espejo y veo que físicamente, me estoy convirtiendo en la belleza que fue.

Hace seis años me hice un primer tatuaje  “c’es la vie” -así es la vida- en el idioma que amaba. Y sí, así es la vida y a mí me tocó vivir el resto de la mía sin ella.

 

Lol Béh Vargas
No soy buena para las biografías.

Me gustan los chistes crueles, los tacos al pastor y dormir con mi perra de 43 kilos cuando hace frío.
Lol Béh Vargas

No soy buena para las biografías. Me gustan los chistes crueles, los tacos al pastor y dormir con mi perra de 43 kilos cuando hace frío.

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