Batallón 1910


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Cuando terminamos parecíamos un par de soldados heridos. Nuestra relación quedó reducida a una polvorienta y mugrosa zona de guerra en donde se había gestado la más cruda de las batallas.

Nuestros recuerdos se esparcían por el piso cual armas descargadas, los reproches y reclamos eran las esquirlas y las balas que se arremolinaban por donde quiera que la vista alcanzaba. Las heridas provocadas en los últimos meses de tensión se proclamaban victoriosas reclamando su poderío sobre nuestros cuerpos mal heridos.

Ahí, frente a mí, estaba la mujer de mi vida. Y estaba hecha trizas. Nos habíamos hecho tanto daño que no parecía que en el fondo nos amaramos tanto, porque nos amábamos todavía y probablemente lo seguiríamos haciendo por el resto de lo que durara la vida.

Entonces, ¿Qué paso?, ¿Qué salió mal o qué fue lo que falló?, honestamente no he podido encontrar una respuesta lógica que ahuyente a todos los fantasmas que se regodean con mi tristeza. Ella era el aire y yo el fuego. Yo la llenaba de calor y energía, a cambio ella me mantenia con vida. Fuimos la combustión perfecta pero como en toda reacción química, un desajuste de los elementos y todo se consumió.

Ardimos tan a prisa que ni tiempo nos dio de hacer las maletas. Todo fue tan fugaz que cuando quisimos reaccionar ya sólo éramos cenizas. Cuando terminamos el cielo pareció notarlo. Un monton de nubes cerradisimas nos escoltaban hasta la que sería la última vez que la vería. No dijo nada, nada que su sonrisa apagada y vacía no me hubiese alertado con varias semanas de anticipación. Donde antes había complicidad y deseo sólo quedaba la sensación amarga de vacío. Sus gestos ya no me parecían tan familiares, sus manías no me llenaban de ternura y su voz ya no me mimaba como antes lo hacía.

Cuando pronunció mi nombre aquella noche, supe que nos acercábamos a la cornisa. Arrastró las palabras, sentí el coraje y la amargura en cada sílaba. Nunca había detestado tanto mi nombre como cuando lo escuche de su boca aquella noche. Teníamos sueños y esperanzas. Un futuro en común. Nos amábamos y mejor aún, nos entendíamos a la perfección. Ella podía fácilmente terminar mis frases y saber hacía donde divagaba mi mente cuando no le prestaba por completo atención. Yo por mi parte, era capaz de interpretar cada arruga de su frente, sus más mínimos coqueteos y su curiosa forma de arrastrarme a la locura al acomodarse de costado su cabello.

Ella era mía. Mía como ninguna. Tan mía que le dolía. Cuando terminamos no fue como lo cuentan en las películas. No hubo un eterno silencio y miradas perdidas, en realidad no recuerdo haberla mirado a la cara. Cualquier movimiento en falso y ahí estaría yo, rogándole de rodillas que no me dejara, y ahí estaría ella, besándome en la frente y aguardando a que me levantara. No podía orillarla a tanto, no después de todo aquello por lo que habíamos pasado.

Merecíamos un final digno, uno que no doliera tanto con el correr de los años. ¿Llorarle? No, no podía y no se confundan, le iba a llorar muy probablemente toda la vida; Pero no ahora, no con su mirada indescifrable clavada sobre la mía. Odiarla no cabe dentro de mis posibilidades.

No logro imaginar un escenario en el que evocar su sonrisa no me inunde de inmensa calma. Pero siento rabia. Me siento inútil al ver como aquella mujer se me resbala y como si de agua se tratara, no poder contenerla entre mis manos.

Cuando terminamos no pudimos despedirnos. No exagero, se los juro. No pudimos pronunciar un “adiós” o un “hasta luego” que sonara medianamente digno. Ella tomó la iniciativa y me envolvió en un tímido abrazo y un beso en la mejilla. Yo no pude reaccionar, quería robarle un beso o dos. Ya como mínimo acariciar su rostro como si con ello me aferrara a la vida. Fue patético. Exacto, así como lo están pensando. Como perfectos desconocidos que se conocen de memoria y que son lo suficientemente idiotas como para soltarse una vez más.

¿Hicimos lo correcto? No tengo idea y trato de no pensar en ello, aun cuando algunos días son muy buenos y hasta llego a sentir que por fin la estoy dejando ir, luego aparecen los días terriblemente malos en donde me sorprendo frente a su casa esperando que la luz de su recamara se apague para dormir. Cuando terminamos comencé a morir. Todavía lo hago de a poquito aunque ya no se siente como al principio. Ya no me calan los huesos al recordar sus abrazos, ya no siento sus besos en mi cuello, tampoco la escucho cuando contesto el teléfono ni veo su rostro al cerrar los ojos. Pero la busco. Sigo buscando su sonrisa de infinito en cada calle que transito.

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Lo que pensamos es un proyecto que inicia con un grupo de amigas, sus ganas de escribir y mostrar al mundo lo que tienen en el borrador.

Te invitamos a leer el perfil de las colaboradoras, que estarán escribiendo *cada semana*, a menos que un grupo de alienígenas ancestrales las secuestren y les impidan contarles sus aventuras hasta que regresen.

@_loquepensamos

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