Cambié la Boda por la Luna de Miel


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En los temas del amor es imposible generalizar. Para algunas mujeres el sueño de su vida, desde niñas, según la tradición, es llegar de la mano de su padre y vestidas de blanco al altar; para otras poco más atrevidas o menos puristas, las ceremonias no importan, pues prefieren una luna de miel que dure mucho más tiempo de lo que dura una fiesta de una noche.

Las dos ideas suenan escalofriantes, o al menos a mí me erizan la piel nada más de pensar. Entre las dos opciones hay dos grandes diferencias. Cuando decides casarte lo haces decidida a compartir los días con tu pareja, aunque al final las horas de convivencia cuerpo a cuerpo no son tantas como suponías.

En el vaivén de los días cada quien tiene actividades, más si se vive en una gran ciudad. Hay que trabajar y disfrutar también en lo individual (bueno si estamos hablando de parejas “normales”) sino es así omitan este post. Pero alguna vez se imaginaron pasar la vida 24/7 al lado de su amorcito. Es un arma de dos filos.

La historia va así. Para mí no era hit salir de casa vestida de blanco de la mano de papá (aunque a él le rompí el corazón porque siendo la única mujer de tres hermanos, salí medio anti cursi en ese sentido). Tomé la decisión junto con mi pareja que en vez de gastarnos ese dinero en una fiesta que durara ocho horas, donde disfrutaríamos poco o nada, por estar preocupados porque todos se la pasaran bien, o cuidando la borrachera que se pondrían nuestra familia y amigos, pensamos que lo ideal era invertir esa “lana” en una luna de miel que durará un año.

Dibujar la idea fue espectacular, hasta salían corazones volando por todos lados, pero la neta jamás imaginamos lo difícil que sería la prueba.

Un año por Sudamérica

El día que tomamos el avión con dirección al Sur íbamos tranquilos, pero con más preguntas que respuestas, se notaba que cada uno imaginaba una historia. Realmente íbamos a descubrir quiénes éramos en territorio neutro como pareja (a pesar de que seis años ya nos avalaban como relación). Un año suena poco, pero 365 días son un montón.

El primer mes fue miel sobre hojuelas, visitamos ciudades encantadoras y playas hermosas; el tercero comprobamos que lo nuestro era estar juntos, y la Copa Mundial de Futbol fue testigo de ello; al sexto mes ya que habíamos cruzado medio continente, fue cuando dijimos nadie nos destruye. Estamos por cumplir nuestro año de viaje y ya planeamos regresar a México, seguros que somos para siempre.

Acabamos de cumplir siete años y dicen “las malas lenguas” que este año en particular es de crisis, pero les firmo que si superamos este año sabático nada podrá separarnos.

Les cuento que hubo días que tanto él como yo amanecimos de malas, o que sin hablarnos y con las miradas nos entendíamos que nos queríamos, pero que era ya demasiado tiempo compartido. Hubo discusiones, claro, sino que chiste tendría este viaje, este examen de conciencia de demostrarnos que viajar en pareja tanto tiempo es posible.

En este tiempo los sentimientos se maximizaron, estuvieron a flor de piel, pues sólo estábamos él, yo y América del Sur como testigo. No teníamos a donde ir sino era con nuestra soledad o con nosotros mismos.

Hicimos amigos, muchos, viajeros con los que compartimos como si los conociera de la infancia, pero las despedidas se hicieron frecuentes, y cada dos o tres días tuvimos que despedirnos con la idea clara de que el show debía continuar.

El viaje fue una maestría de vida, de supervivencia y de amor. Superamos muchos miedos juntos, comí lo que jamás había imaginado, conocí lugares que atesoro en lo más profundo de mí. Compartimos nuestros días desde que abríamos los ojos hasta que los cerrábamos, fuimos compañeros, no sólo de cama, sino de experiencias buenas y no tan gratas, también de extremas y románticas.

Cuando la gente nos conoce lo primero que preguntan es ¿Cuánto tiempo llevan viajando? Inmediatamente después “¿Cómo se han aguantado?” Creo que yo preguntaría lo mismo si conociera a un par de locos mochilas al hombro.

Esto no es de aguante, es de compromiso, tal y como lo preguntaría un sacerdote a la novia frente al altar, la diferencia es que aquí no hay ningún papel, no hay anillos ni ropa elegante, sólo la convicción de entregarte al amor de tu vida y de construir un mismo sueño.

Después de todo lo aprendido durante este largo andar de arriba para abajo, les puedo asegurar que viajar es una forma de vida muy divertida, pero que si se hace en pareja, se disfruta al doble.

– Mónica Mateos
Puedes leer todas las aventuras de su año en Sudamerica en 2Fugado2 por Ámerica Latina

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Lo que pensamos es un proyecto que inicia con un grupo de amigas, sus ganas de escribir y mostrar al mundo lo que tienen en el borrador.

Te invitamos a leer el perfil de las colaboradoras, que estarán escribiendo *cada semana*, a menos que un grupo de alienígenas ancestrales las secuestren y les impidan contarles sus aventuras hasta que regresen.

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