Carta de presentación


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Una de las partes más bonitas de escribir, es esa oportunidad de verte en las hojas. Puede ser sumamente placentero, pero a veces asusta, por eso no lo he hecho a profundidad. Siempre escribo cosas para alguien más, sobre una situación específica, pero nunca he escrito sobre mi vida, mi familia, lo que soy y lo que no soy. Siento que es justo en ese momento cuando salen todos mis demonios y empiezan a caminar por mis manos dándome una sensación muy extraña.

Y es irónico porque llevo meses caminando una y otra vez sola y descalza en la soledad de mi casa sin nadie que me diga cómo ni por qué hacer las cosas. Supongo que a estas alturas ya debería conocerme lo suficiente como para asimilar todos mis lados.

La realidad es que, cuando hago un recorrido por mi vida para tratar de presentarme lo más rápida y completamente posible, entiendo que no puedo. Necesitaría escribir 30 entradas como esta y seguramente los que me leen se aburrirían de tanto. Pero quizá puedo engancharlos diciéndoles que he tenido una vida inmejorable, llena de cosas que a veces no he entendido por qué me han pasado a mi y eso me hace sentirme profundamente agradecida con el Universo por la forma en la que me ha puesto aquí en este momento.

El hecho de tener un blog es una gran pista de lo que soy; me encanta escribir, amo la sensación de saber que alguien detrás de la pantalla me invita a su mundo y comparte mis locuras, pero la realidad es que la escritura y las letras se convirtieron en mis mejores amigas cuando, por primera vez, no tuve a quién hablarle sin miedo. La primera cosa que escribí con el corazón, es decir, que surgió en un espacio con toda mi concentración y conciencia de por medio, nació cuando tenía apenas 7 años. Mi mamá asistía a una especie de ‘club de literatura’ en donde conocí a gente maravillosa de la que tengo vagos recuerdos, pero que me llevaron a un mundo poco explorado y lleno de fantasía con sus letras y sus historias. Hoy agradezco infinitamente esas paredes de cantera entre las que me sentaba para escuchar y de repente, con el ánimo del grupo – y de mi mamá – me atreví a escribir uno que otro verso por ahí.

En ese momento descubrí mi enorme sensibilidad por las palabras y todo lo que se encierra en ellas; quién las dice, cómo las dice y lo que me transmiten. Y empecé a escuchar al mundo con más atención, y hablar con más profundidad cada vez. Empecé a usar palabras rebuscadas y ‘de grandes’. Mis amigos siempre fueron más grandes que yo, mucho más grandes, y casi todos ellos con alguna habilidad artística que me hacía conectarme de una manera inusual. Bailarinas, escritores, pintores, artistas plásticos, y (claro) los músicos.

Esta es otra parte de mi vida, la que le debo a mi papá, el hombre que me enseño que la música es lo que surge cuando las palabras ya no alcanzan. Y también exploré ese mundo, de mil maneras. Mi familia descubrió que yo tenía el ‘don’ cuando apenas tenía 5 años. Me recuerdo perfecto sentada en las piernas de mi papá, él con su guitarra, tocando mientras yo lo acompañaba tarareando canciones que mi a mi mamá le encantaban. Tantas veces vi ese cuadro, que entendí que esa era la forma más pura y sensible de decirle a alguien ‘te amo’: con la música.

Y entonces crecí, pero siempre de la mano de las letras y las partituras. Lo mío nunca fue exponencial. La verdad tenía pánico escénico para eso de cantar y recitar, pero tuve al mejor público del mundo: mis padres. Hoy nos reímos recordando todas las noches que les hice pasar con mis ideas repentinas de conciertos en casa y cuando escribía algo, ellos eran mis mejores jueces. Me aplaudían y a veces hasta lloraban. Creo que era algo complicado para ellos concebir que una criatura tan pequeña y sin experiencia pudiera tener tanto adentro, tanto que le explotaba el corazón.

Sí, toda mi vida he sido una persona exagerada en sus emociones, porque me he rodeado de gente que me ha contagiado de su locura por lo que no se puede percibir cuando los ves. Gracias a eso puedo leer a la gente fácilmente; con su energía, su vibra y sus intenciones. El fantástico mundo de la sensibilidad me ha llevado a los extremos en la pasión, en el deseo y en las ganas de aferrarme a cosas imposibles.

Hoy, a mis 25 años (casi nada en tiempo, toda una vida en el alma), por primera vez estoy viviendo a flor de piel cada una de las emociones que tanto me costaban trabajo explorar de niña. La  repentina necesidad de crecer me puso en contextos nada deseables para ese entonces, pero fueron los mismos que me hicieron desarrollar rápidamente mis antenas de alerta y descubrir la dualidad del mundo y de las personas; saber que las hadas no están solas en los cuentos, que también existen los villanos, que no soy una princesa, ni estoy indefensa, ni que necesito un anillo de compromiso para sentir que tengo un lugar en la vida de alguien más.

Soy una mujer descubriéndose todos los días en todas las cosas. Idealizo la felicidad, pero lucho todo el tiempo por mantenerla en mi sonrisa, en mi esencia y en mi mundo. Mi tarea es contagiarle al mundo las ganas y darle un voto de confianza a la humanidad. Trato de mantenerme sorprendida de los detalles, de las cosas que llegan a mi vida sin querer. Mientras llega el hombre con el que desee amanecer, el café es mi mejor ‘buenos días’. Los libros son mis viajes infinitos, mi familia es lo más, mi compañero un cómplice, mi trabajo una prueba constante, mi soledad una amiga, mis amigos una colección de sonrisas y momentos.

Soy para el mundo un montón de átomos que están porque tienen que estar, soy para la gente un corazón que se suma, soy para el Universo un instrumento y soy de mi cuaderno un espejo. A veces no entiendo cómo funciona el cosmos y suelo aislarme para procesar cosas en mi soledad, luego regreso lista para seguir compartiendo.

Y bueno, así podría ir resumiendo pequeñas partes de lo que ha construido a esta mujer. Sigo en búsqueda de la parte buena de todo; mía, tuya. Pero mientras, esto es un pedacito que espero disfruten.

Gracias por ser, estar y compartir.

M. Melier.

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Maria Melier
Amante del café, los besos largos y las palabras; los silencios compartidos y los detalles simples. La vida es un manjar.

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