Ciudades que abrazan


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Algunas ciudades fueron hechas para vivirse, con sus amplias calles, sus múltiples servicios, su tener todo tan cerca, tan a la mano. Son monstruos del modernismo y la comodidad, que nos ofrecen toda su complejidad para solucionar, eficazmente, nuestras prioridades diarias.

Algunas otras ciudades, más pequeñas en tamaño y población, se han desarrollado para vivirnos. Digamos, son sitios en los que se puede caminar con cierta pausa, en las que encontramos un poco más de lo necesario para la vida cotidiana, con su propia música y ritmos.

Hay otras –éstas son las más escasas–, que nos abren los brazos como un refugio, que nos envuelven en sí mismas y nos permiten soltarnos de todo lo que somos. No son un destino definido, ni se encuentran en la sección amarilla, con anuncio a colores de media página y slogan publicitario; éstos remansos son de uso personal e intransferible, y no sirven para otros como para uno mismo, cuando finalmente se ha llegado a ellos.

Mi bahía no tiene mar ni bosque, pero sí andadores en los que las parejas se besan sin que nadie se atreva a interrumpirlos con el ruido de los pasos. Aquí cae el sol de filo sobre las casas de color claro y las calles son suficientemente asimétricas como para encontrarse sin haberse perdido.

Acá el silencio es de otro color, de uno que va vaciando –nunca de golpe- todas esas cosas de las que se va llenando la vida. Mi refugio es una ciudad que se ve mejor de noche, donde los días alcanzan para llorar todo lo necesario, sin espasmos ni lágrimas.

Será que nunca me he enamorado en esta latitud, pero esta tierra es el amor más sincero que conozco.

M.

Post original en La cueva virtual, publicado el 20 de agosto de 2011
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Mercedes Alvarado
Me llamo Mercedes // Vivo el gastroexilio // Aquí se siente en mexicano

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