¿Confiar o no confiar en la gente?


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Entre mis grandes conclusiones que parecían epifanías provocadas por osmosis en mi viaje a Europa hace ya un año y medio, concluí que la gente siempre es más buena que mala. Siempre. Creo mucho en confiar en la gente, en todos. Claro que hay un riesgo, pero eso es porque siempre los hay, en absolutamente todo. El sábado por la noche recordé lo bien que se siente salir, bailar, divertirse, ser joven, aprovecharlo y disfrutarlo.

Después de que alcancé a Mirna en Garibaldi, donde casi corrí para encontrarme con ella pues el ambiente se siente sumamente pesado a las once de la noche, viajamos un rato más en el Party Bus que había alquilado una compañera de su trabajo a propósito de su cumpleaños. Cuando el paseo finalizó fuimos al Pata Negra pues nos pareció que la noche aún era muy joven. Aunque siempre me ha parecido que el lugar está excesivamente lleno, el ambiente es bueno. Llegamos y había una fila larguísima para entrar al lugar.

Le dije a Mirna que le preguntáramos a los de la entrada cuánto tiempo aproximadamente tardaríamos en entrar pero antes de llegar con los guardias del lugar, sin pensarlo volteé a preguntarle a un chico que estaba solo en la fila cuánto tiempo llevaba esperando él. Nos respondió que unos veinticinco minutos. Sin que nosotras se lo pidiéramos y dado que solamente éramos nosotras dos, nos propuso meternos a la fila con él para que no esperáramos tanto.

Comenzamos a platicar, de esas pláticas burdas que le haces a cualquier extraño. Hasta que le pregunté a qué se dedicaba y respondió que es pintor. Él y yo platicamos más que los tres en conjunto. Finalmente entramos al establecimiento y nos separamos. Me tomó un par de minutos darme cuenta sobre la fuerte atracción que me había provocado el encuentro con ese extraño y le confesé a Mirna que el sujeto en cuestión me había gustado mucho. No por su atractivo físico del que carece en demasía según los estándares de nuestra sociedad, sino por su condición de artista. Y es que, si algo me puede derretir de sobremanera es poder entablar una buena conversación. Llámese filósofo, psicoanalista o pintor (por mencionar las profesiones de los más recientes hombres en mi vida), de todos ellos me he enamorado en una hora.

Corrí a buscar a Gerardo con la esperanza de que no se hubiera ido del lugar. No lo encontré. Pensé en mil maneras de buscarlo a través de internet en base a la información que tenía sobre él. Esa mínima conversación con él en la fila me había provocado unas inmensas ganas por conocerlo. Minutos después Mirna lo vio y lo señaló. Sin pensarlo corrí a perseguirlo y sin estar segura de qué decirle le dije que si podíamos ser amigos.

Él se suponía que tenía a dos amigos esperándolo adentro que nunca aparecieron y quienes deducimos se habían ido del lugar; en ese momento fue cuando me explicó que le habían robado su celular por lo que no tenía manera de llamarles por teléfono para contactarlos.

Retomamos la plática donde le conté sobre mi pasión por el cine y él me contó que fue arquitecto antes de ser pintor. Me contó de sus viajes por el mundo y yo de los míos. Y no dejó de repetirme sobre lo guapa que soy. Desde el principio notó que tengo rasgos de otro lado y -me gusta creer- eso es señal de alguien culto.

Me dijo que soy muy hermosa y me explicó que la figura mejor moldeada no es forzosamente sinónimo de belleza, pero que yo sí lo era. Me dijo que hay algo en mi mirada que es muy atractiva. Además de que la cantidad de gente en el Pata Negra tampoco te da mucha opción de tener tu propio espacio personal, seguimos conversando cada vez más juntos. Nos besamos. Nos besamos por tiempo indefinido que pareció una deliciosa eternidad. Cerré los ojos y me encontré a solas con él.

Podría incluso jurar que el resto de la multitud había desaparecido y el ruido de la música se convirtió en un silencio estático. No dejó de mencionar sobre lo bien que beso. Cuando suceden este tipo de acontecimientos la dualidad del tiempo es muy grande porque todo sucede tan rápido como despacio a la vez.

De repente sus manos estaban debajo de mi blusa y me tocaba intensamente la espalda baja, abrazándome.  Cuando el contacto de sus manos tocaban mi piel es que el tiempo disminuía su velocidad. Incluso hoy, dos días después, no dejo de sentir sus manos tocándome. Qué sensación tan más bella. Y también, cuando menos cuenta me di, pude notar la sensación de humedad en mi sexo que me provocaba el besarlo. De la manera más elocuente y elegantemente posible le susurré al oído que ojalá me la estuviera metiendo en ese momento. Me respondió que yo lo dije y él lo pensó. Luego me platicó que tiene 35 años y yo sólo pensé en la ironía de lo cotidiano que es que me atraiga alguien de mucha más edad que yo. Y así la noche hasta que Mirna quiso irse. Y nos fuimos.

Cuando me despedí de él no mostró mucho interés ni en ir a otro lugar ni en pedirme mi celular o cualquier manera de contacto, pero yo insistí un poco con tal de hacerle ver que quería volverlo a ver. Me dijo que se memorizaría mi correo electrónico y me dio el de él.

Pasó el domingo y cada que recibía la notificación de un nuevo correo electrónico en mi celular me emocionaba de ilusionarme con que sería él. Nunca fue él. Decidí escribirle yo bajo la posibilidad de que pudo haber olvidado mi correo electrónico porque, después de todo, mi nombre no es muy sencillo ni de recordar ni de saber escribir.

Después de repasar ene cantidad de veces lo que le había redactado, recordé bien la popular filosofía de vida ‘YOLO’ (you only live once) y le puse enviar.

Así como le puse enviar al mensaje así me devolvió el mail con el anuncio de que esa dirección electrónica no existe. Qué tristeza. No me sorprendí a mi misma cuando noté que me había lastimado lo ocurrido. Y es que, cuando tocamos el tema de los viajes, los dos coincidimos con esta idea de confiar en los demás. La gente es más buena que mala, siempre. Sí, sí lo es, estoy convencida, pero eso no implica que haya exclusiones en mi hipótesis de vida.

Cuando el trabajo no me distraía lo suficiente no dejé de atormentarme a mi misma con preguntarme si todo lo que sucedió ese día fue igual de falso como su correo electrónico. Ya sé que es cliché, ya sé que soy cliché, pero me rehúso a creer que sus palabras no fueron auténticas. Elijo creer que eso es algo que se siente, pero, quizás (y solamente quizás), tales son mis ganas por tener a alguien que me abrace constantemente que en más de una ocasión se torna borroso cuando una atracción es auténtica, cuando una conexión es real y cuando no…

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Carime Esquiliano