Crónicas Nocturnas


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Otro sábado por la noche sentada en este bar. Hoy decidí no tomar y le pido al mesero un tonic. Apenas son las 9 pero el lugar no tarda en llenarse.

Mientras espero mi vodka, veo cómo el tipo de al lado busca mi mirada. Son de esos güeyes solitarios que se paran en la barra y cotorrean con las meseras, de esos que abordaría a cualquiera con un ligero toque de acoso. Sé cómo manejarlos, son mi especialidad.

De momentos pienso en él. En lo que leí unas horas antes al hacer ese stalkeo asqueroso que acostumbro. ¿Cómo es que a menos de 3 meses puede dedicarle las mismas palabras que a mi a su nueva “novia”? No noto más que hipocresía o una enfermiza necesidad de “amar” y ser amado.

Ya quisiera yo llegar a ese bajo nivel de autoestima para poder enamorarme de ese, su amigo traicionero, que no deja de mensajearme desde nuestro rompimiento. Y en verdad quisiera, sería una salida fácil a no encontrarme sola con mis pensamientos cada que apago las luces antes de dormir.

Le doy un sorbo al vodka como si estuviera tomando un refresco. Dejé de fumar hace mucho tiempo y necesito sustituir esa pose interesante con algo más.

Mis pensamientos son interrumpidos por Renata. Nos saludamos con un gran abrazo, hoy celebramos su cumpleaños con una noche de salsa.

No sé bailar bien. Tampoco hago el intento pero siempre consigo quien me saque a bailar. No sé cuáles sean sus razones pero yo no soportaría a una torpe con 3 pies izquierdos que se apendeja en las vueltas.

Nos instalamos. Hoy es noche de 2×1 en shots y en menos de 5 minutos se rompe la promesa de no tomar tanto esta noche. Viendo a nuestro alrededor, encuentro caras conocidas de la semana pasada. A un lado veo al chico que me enseñó a bailar y me sonríe. Me daba pena que me volviera a sacar a bailar porque sentía que lo había hecho sufrir mucho.

La banda comienza a tocar. Esta música es más movida que la vez pasada y en menos de dos segundos, el chico extiende sus manos en señal de invitación. Desde que llegué no tenía ganas de bailar, pero mis ideas y ese shot de Jagger me dieron el valor para intentarlo una vez más.

Esta vez fue diferente. Esta vez baile con el corazón embriagado, baile al ritmo de la música y me dejé llevar. Tal vez sea porque las canciones que tocaron esta vez eran las mismas que acostumbro bailar en las bodas, pero ya no pisé (tanto) a mi compañero de baile.

La noche siguió tranquila entre mucho baile y un shot más. Al terminar de tocar la banda comenzó la música de “chavos” y ese fue la señal de partida. Nuestra idea era regresar temprano a nuestras casas pero antes pasar a tomar un “último algo”. Tal vez ir por algo de cenar después y ya.

Decidimos ir por un mezcal a La Clandestina, sólo Renata y yo. Ya estábamos por llegar cuando nos encontramos dos de sus amigos echándose un hot dog unas cuadras antes. Los saludamos. Ellos se veían bastante enfiestados y los invitamos a acompañarnos por ese “último algo” antes de irnos a nuestras respectivas casas.

Sí, un último algo. Ese último algo se convirtió en una jarra de clericot de vino blanco y unos shots de Vodka. Ese “último algo” se convirtió en una llamada a mi casa avisando que no iba a llegar a dormir. Se convirtió en una hilarante caminata a mi auto para ir a seguirla en casa de Ren.

Ya en su casa, llegaron más amigos y se convirtió en una fiesta muy rápido. Ahí conocí a “El Chenzo”. Sentados en la mesa, platicamos un buen rato hasta que llegó la hora en la que sacaron la pipa y la llenaron de mota. En un momento, Chenzo salió al balcón a fumar un cigarro, y al verme sola y somnolienta en la mesa de la cocina, decidí seguirlo.

Sinceramente no recuerdo de qué hablamos, solo recuerdo que en un momento nos acostamos en el piso a ver las estrellas. El las señalaba con su cigarro en la mano y podía ver como el humo dibujaba círculos en el aire. Tampoco recuerdo como fue que lo tomé de la mano y nos fuimos a acostar a la sala, sólo recuerdo que me tomó fuerte entre sus brazos y nos reíamos de cosas cuando lo interrumpí con un “por qué no mejor me besas”.

El quería, yo también y sucedió.

En un momento él se levantó al baño. Yo estaba exhausta, me levanté y fui al cuarto de invitados de mi amiga. Me quité las botas, los pantalones y me metí entre las sábanas. Cinco minutos después escuché unos pasos, era “El Chenzo”. Le dije que moría de sueño y sin más, se metió entre las sábanas conmigo. Pasaron muchas cosas esa noche, rompí muchas promesas como suelo hacerlo y creo que siempre lo haré.

En ese momento vuelvo a pensar en él, vuelvo a pensar en lo que había visto unas horas antes en uno de mis asquerosos stalkeos. Luego veo la ventana y en cómo el cielo empieza a aclarar, eran ya las 5:30 am.

Volteo a mi lado izquierdo y observo al Chenzo. Lo abrazo y recuesto mi cabeza en su hombro, él me acaricia el rostro y me da un beso en la frente.

Cerré los ojos, le dije buenas noches, y nos quedamos dormidos.

Comentarios
Anónimo

Lo que pensamos es un proyecto que inicia con un grupo de amigas, sus ganas de escribir y mostrar al mundo lo que tienen en el borrador.


Te invitamos a leer el perfil de las colaboradoras, que estarán escribiendo *cada semana*, a menos que un grupo de alienígenas ancestrales las secuestren y les impidan contarles sus aventuras hasta que regresen.


@_loquepensamos


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