Cruzando la frontera.


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Algo que disfruto como nada es salir a beber con amigos que no he visto en mucho tiempo. Más allá del trago, sus anécdotas y la plática en sí misma me encanta. Satisface mi espíritu curioso/chismoso además de que, usualmente, me deja perpleja del aprendizaje que puedo obtener a partir de sus experiencias.

Así fue como me reconecté con mi amiga Malena, quien regresó a México después de 6 años de vivir en Estados Unidos. En Louisville, específicamente.

La encontré regia, preciosa. Malena es una chava que impacta; mide 1.70, tiene el pelo a la cintura, tan negro que puede intimidar. Recientemente se tatuó uno de sus brazos y era inevitable que la gente a nuestro al rededor la observara por lo guapa, por su tatuaje chingonsérrimo y porque es de las chicas que te detienes a mirar en la calle.

frontera

Ya con unas chelas encima, le pregunté cómo fue su experiencia al cruzar la frontera sin papeles. Malena vivió como indocumentada todo el tiempo que estuvo lejos. Para mi es extraño toparme con amigos que se vayan así, a la verdadera aventura. En mi mundo burgués, la gente que se muda a otro país lo hace por razones escolares, de trabajo, hasta por amor, pero siempre con papeles en la mano, siempre. Y es que, en mi cabeza, la legalidad da seguridad, por lo menos en teoría.

Me contó que la cruzada duró, en total, unas dos semanas… ¡DOS SEMANAS! Se fue a la frontera y de ahí la pasaron por el desierto (obvio polleros). La cosa es que en la correteadera de la migra, Malena se perdió. Afortunadamente traía un celular donde pudo contactar a su papá (también viviendo en E.U. de manera ilegal) para que pudiera ayudarla y resolver juntos la odisea.

Pudo ver luces de lo que imaginaba era una ciudad
-no sabía muy bien dónde estaba- y caminó toda la noche hasta llegar a una carretera donde se quedó dormida de cansancio hasta que unos gringos encargados de la limpieza de las calles le preguntaron si necesitaba algo, si estaba bien.

-Güey, ¿No te cagabas del miedo?
-Obviamente. Pero ya estaba ahí, ya había hecho todo ese viaje y por supuesto que no iba a renunciar.

Los gringos la llevaron en camioneta a un McDonalds. Uno de ellos le dijo que si necesitaba cualquier cosa, que por favor le llamara y le dio su número telefónico. El gringo le contó que su hija había desaparecido y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para asegurarse que por lo menos ella llegara con bien a su destino (Por cierto, Malena se inventó que había peleado con el novio, que la había dejado en la carretera y que no tenía dinero para regresar a su casa !!!). Ya en el restaurante se enteró que estaba en Tucson, pidió cargar su teléfono y pudo contactar, de nuevo, a su papá.

De ahí la llevaron a otra casa, una de seguridad, donde había mucha gente esperando ser llevada a su destino final. Ahí estuvo una semana, más o menos.

-¿Cómo era la casa?
-Pues estaba en obra negra. Nos tenían en dos recámaras, una para mujeres y otra para hombres. La de hombres estaba atascada y mejor me fui con las chavas, algunas de ellas habían cruzado la frontera conmigo. Lo horrible era que, para ir al baño, teníamos que ir a la habitación llena de monos horrendos. Te juro que pensé que me iban a violar, ya estaba mentalizada a que eso pasaría. En el baño había revistas porno y madre y media. Como si estos pendejos esperaran que eso nos calentara y salieramos dispuestas a cojer…

Llegó a Lousville en avión. Yo pensaba que necesitabas VISA para vuelos nacionales, pero su pasaporte fue suficiente. Aún dentro de la nave, aún en el aire, Malena sentía que podrían deportarla.

-Yo pensaba: “Hasta que vea a mi papá, hasta que esté en Louisville, voy a estar segura.”

Cuando puso pie en tierra, pudo respirar tranquila. Ya con su familia, llegó la vida relativamente normal.

-¿Tuviste pedos con la ley? ¿Cómo le hacías para salir, para trabajar?
-Eso estuvo feo… al principio no podía hacer nada, hasta que me consiguieron una identificación falsa. Ya así podía manejar, pero iba del bar donde trabajaba a mi casa y punto. Una vez me detuvieron a mi y a una chica con la que estaba saliendo. Esta morra estaba bien borracha, me tocó manejar. Hice un “pullover” para que vomitara, para llamar a mi papá, no me acuerdo bien, y en eso llegó una patrulla. Me cagué.
-No mames, ¿Qué le dijiste al poli?
-Me inventé que esta vieja me había llamado para que pasara por ella, que el coche era suyo, que me salí rapidísimo de casa y no traía nada de papeles. En eso, la pendeja le entrega al poli mi ID falsa. En su pedez pensó que era la suya. Quería matarla, pensé que todo valdría madres cuando el tipo la revisó. En el momento que me la devolvió junto con una multa por pararme en un lugar no permitido, le agradecí a todos los santos y me largué en chinga con la borracha al lado.

Muchas cosas pueden suceder en 6 años… A su papá lo deportaron, Malena se enfermó terriblemente de los ojos y ya no pudo trabajar.

-Ya no veía nada. Obviamente dejé de manejar y dejar de manejar allá es como morir un poco… No podía ni llevar a mis mascotas al veterinario, no salía de casa. Me deprimí como un año hasta que me operaron, pero sigo enferma y ningún doctor me ha podio dar un diagnóstico exacto. Espero encontrar un buen doctor en México porque allá todo mi tratamiento me salió en un dineral y fue medio por debajo del agua.

-¿Regresarías?
-Jamás güey, jamás. Me duele porque mis hermanos chiquitos están allá, amigos muy queridos también. La cosa es que vivir con miedo está cabrón, nunca me sentí segura ni en mi hogar.

-Y a todo esto, ¿Para qué te fuiste?
-La neta, me fui porque la vida aquí me daba hueva. Me fui para encontrar algo nuevo, hacer algo diferente, juntar dinero, regresar a México y poder estudiar. Yo no pensaba quedarme allá más de un año, tal vez dos, pero mi papá me dijo que no chingara, que me había costado a mi, y a él, mucho trabajo y mucha paz, el haber cruzado como para estar tan poco tiempo. Por eso me quedé 6 años.

-¿Cuál fue tu peor momento allá?
-Cuando me perdí en el desierto y se le acabó la pila al teléfono. Ahí sí me sentí sola, desamparada. Mi conexión con el mundo se había perdido igual que yo. Realmente pensé en entregarme a la migra, pero ya veía las luces de la ciudad, ya estaba muy cerca. No me derrotaría a mi misma así. Al carajo, si no me habían agarrado aún era porque yo debía de llegar. Me aguanté el miedo, me aguanté todo y seguí.

-¿Te arrepientes?
-Para nada. La verdad es que cuando veo hacia atrás y pienso en lo que me pasó si me sorprende, hasta me abruma. Por eso no lo recuerdo demasiado, hasta que lo hago, me hago consciente de todo lo que sucedió. Al final del día gracias a eso estoy aquí, bebiendo contigo, pasándola increíble, 6 años después.

Después de la charla nos fuimos a bailar. La seguimos pasando increíble aunque para mi, Malena había cambiado. Ahora, además de quererla hondamente, la admiraba más que nunca. En ese ratito me cuestioné muchas cosas; mi razón de existir, si podría ser tan fuerte como ella, si acaso mi profesión y actuar es constante y coherente, como el suyo.

Es impresionante atestiguar las experiencias ajenas y convertirlas en propias. Este es un ejemplo cotidiano de lo que realmente significa crecer y salirse de la zona de confort de la manera más intensa posible. A veces damos por sentadas demasiadas cosas y empezamos a crear conceptos y etiquetas sobre los inmigrantes que poco tienen que ver con lo que realmente viven mientras están lejos.

El testimonio de Male es uno entre millones. Uno que tal vez pueda cambiar nuestras ideas y nos ayude a realizar un ejercicio de empatía para con las personas que cruzan la frontera.

Comentarios
Jádisha Déciga
Psicoterapeuta humanista.
Fan de las cosas bonitas, de todas ellas.
Jádisha

Psicoterapeuta humanista. Fan de las cosas bonitas, de todas ellas.

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