De las cartas que nunca se envían…


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Para Y.

Es curioso cómo funcionan las señales del destino. O del universo. O de ese lenguaje encriptado al que llamamos Dios. La cosa es que hoy me acordé muchísimo de ti. O me hicieron acordarme mucho de ti los detalles que parecen nimios pero son como pequeños golpecitos en el hombro para que voltees y te des cuenta de cosas realmente grandes. Porque sí, ahí están los secretos del mundo: en lo simple, en lo pequeño, en los mensajes enanos. Pero no reparamos en ello en el día a día, porque estamos distraídos en los grandes eventos, dada nuestra inherente megalomanía. Total, hoy leía uno de mis libros favoritos y, al terminar un pasaje del mismo, tu recuerdo aterrizó preciso sobre mi mente. Sentí un escalofrío. Después sonreí pues me acordé de un sinfín de cosas.

¿Alguna vez, cuando limpias o algo parecido, has encontrado alguna caja con viejos papeles, cartas, fotos, etcétera? Pues eso me pasó: abrí una parte del cofre de mi alma, de mi corazón y ahí estabas tú. Recuerdo que fuiste la primer mujer que me dejó maravillado: eras regordeta, tenías una nariz precisa y preciosa, el cabello lacio y largo, unas manos paradójicamente flacas y elegantes, unos labios delgados y guasonescos, unos senos gigantes. Íbamos en la preparatoria y desde ese momento, hasta hoy, eres el arquetipo de la mujer ideal para todo este amasijo de confusiones que soy yo. Y es que, supongo, desde el principio me diste algo que alimentó muchas pasiones (pasadas, presentes y futuras): el sabor de lo incierto, el poder de no saber si estabas o no estabas. Ahí empezó el desorden: eres la reina de todo el caos (bendito caos, maravilloso caos, puto caos) que es mi vida. Y no había reparado en todo eso hasta hoy. Recuerdo cuando nos dimos nuestro primer beso (mi primer beso real, con todo el cuerpo, con las ansias del deseo adolescente): estábamos en la cama de un amigo mutuo, en su pequeña habitación con olor a cigarro y caguamas (así deben o deberían oler todos los encuentros púberes), después de confesarte lo mucho que me gustabas y entonces te resististe pues tenías novio y éramos amigos y no querías arruinar nuestra amistad y eso no iba a funcionar y…nada, el argumento se acabó cuando nos dimos ese beso, esas primeras caricias, esas primeras mordidas en el cuello, esas manos en partes femeninas hasta ese momento desconocidas y prácticamente inalcanzables para mí. Fuiste la primer batalla que realmente tuve ganas de pelear y ganar. Después, vino una época de montaña rusa: altos y bajos: estabas conmigo o estabas con él, con aquél otro que me ganaba en experiencia, en guapura, en tamaño, en cercanía contigo, en el sexo. Sobre todo en el sexo.

Él fue tu primera vez. Tú la mía. Así que, en cierto sentido, él también me desvirgó. Pero no en lo físico, sino en el ego: hoy me doy cuenta que ese fue el primero de muchos llamados al ring con todo en mi contra. Y yo aún no conocía a Muhammad Ali y por ende no comprendía aún que asumir la derrota es la mejor herramienta para salir victorioso. Sin sabiduría, sin lecciones, sin héroes, sin años recorridos, llegó lo inevitable: perdí.

Lo tengo muy fresco: un día entre semana cualquiera, te apareciste por mi casa. Estábamos solos y entramos a mi habitación. Besos y faje como siempre. Aún hoy se me hincha el pecho de orgullo al recordar cómo me decías que yo era el que mejor fajaba de todos. Más besos, más mordidas, más manos, más pasión, menos ropa. Llegaba el momento, ese para el que me había preparado desde siempre: tener sexo, hacer el amor, coger, follar, etcétera. Yo pensaba más en la segunda opción listada: estoy con esta mujer perfecta, con la dueña de todos mis días y mis noches y tardes y sueños y poemas y canciones, así que haremos el amor, el amor, el amor. Accediste. Me levanté y por algún extraño impulso coloqué en el reproductor de CD’s (así de viejos somos) el disco Kid A de Radiohead. Avancé en los tracks. Llegué al número 8. Idioteque. Puse el botón de repetir. Idioteque. Idioteque. Idioteque. Me acerqué a ti y lo hicimos. O empezamos a hacerlo. Thom Yorke me decía que los niños y las mujeres primero. Que vendría la era de hielo. Yo terminé en menos de 5 minutos. No supe qué hacer. Idioteque. (Todo era una señal de lo que vendría después: años de frustración sexual, de deseo reprimido, de inseguridad frente a las mujeres, de miedo, de llanto, de querer hacer vida con lo que nació muerto). Tras terminar, te fuiste de mi casa. Yo me sentía más culpable que satisfecho, más decepcionado que feliz. Y no por ti, sino por mis evidentes carencias. Nuestra relación se diluyó a partir de ese momento: se hizo cada vez más complicada, más frustrada, más extraña. Te fuiste con él. Luego con un amigo en común. Luego me sentí el más imbécil del mundo por haberte amado. Te odié. Me alucinaste. Llegamos al punto de no dirigirnos la palabra, de no saber nada el uno del otro.

Y así de fugaz como mi primera precocidad, te fuiste. Pero también me marcaste muchísimo, como nos marca a todos la primera vez que tenemos sexo y que confundimos (de manera estúpida, tarada y, a pesar de todo, inocente y pura) con amor.

Apenas hoy soy capaz de notar todo lo que dejaste en mí. Y sé que puedo parecer el idiota del que hablaba Thom Yorke cuando me desvirgaste, pero no es eso: simplemente el destino y yo somos impuntuales el uno con el otro. Hoy sé que fuiste quien comenzó todo este incendio. Fuiste mi primer gran amor. Fuiste la pasión primigenia, el primer objeto del deseo. Y por eso me gustan las mujeres altas y por eso me gustan regordetas y por eso me gustan pasionales y por eso me gusta que me besen con aroma a cerveza y cigarros y por eso me gustan las mujeres que hacen todo como quieren y por eso me gustan las inalcanzables y por eso idealizo a toda mujer que me da un poco de la atención que tú me diste por ratos y por eso me gustan las narices bellas y los ojos grandes más que cualquier parte del cuerpo.

Pero también por eso sufrí mucho tiempo y por eso me sentía más enano de lo que soy frente a cualquier fémina y por eso me deprimí y casi me meto un tiro y por eso era tan inseguro en lo sexual y por eso sentía que todo lo que amaba se iría una y otra vez y por eso y por eso y por eso y por eso…

Llego al trabajo y me pongo a escribir esto mientras escucho la discografía de Radiohead por internet. Es chistoso cómo se cierran los círculos que jamás pensamos se cerrarían o, peor aún, no nos dábamos cuenta que estaban tan abiertos. Suena The Tourist justo en este momento. La última frase me golpea, me machaca, me pulveriza: “hey, hombre, más despacio, más despacio, IDIOTA, más despacio, más despacio”.

Idiota. Idioteca. Más despacio. Te amé mucho. Por eso hoy te dejo ir. Más despacio, más despacio. Cierra la puerta por fuera. Tira la llave. Pero hazlo despacio. Más despacio. Idiota, más despacio. Idiota. Adiós.

Desde hoy, nunca más tuyo, X.

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Anónimo
Lo que pensamos es un proyecto que inicia con un grupo de amigas, sus ganas de escribir y mostrar al mundo lo que tienen en el borrador.

Te invitamos a leer el perfil de las colaboradoras, que estarán escribiendo *cada semana*, a menos que un grupo de alienígenas ancestrales las secuestren y les impidan contarles sus aventuras hasta que regresen.

@_loquepensamos

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