El derecho de no ser feliz


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Dice mi padre que toda la alegría me la gasté en la infancia, como si uno naciera con una cantidad predeterminada de humores y sentimientos que no tienen otro remedio más que agotarse. Le sonrío y pienso en la extraña visión que tiene de su hijo. No digo ser la encarnación de la felicidad, pero vuelvo a entender que no me comprende del todo, imagina que sigo creyendo, como cuando tenía tres años, que la felicidad es perpetua.

Me río un poco del tema, porque no son los únicos en decir que camino cabizbajo y con un tufo a melancolía mal llevada, con un sabor agridulce en todo lo que digo. No puedo evitar burlarme de lo indefendible, de lo que me parece absurdo, de la ridiculez de siempre ser feliz. Me imagino entonces a esas personas siempre motivadas, positivas, las que van día a día dándole con todo, felices por estar bendecidos con la vida que tienen, y me da un poco de asco pensar que hay quienes se niegan una visión objetiva de la realidad; no puedo sino ver con condescendencia a quien se niega a reconocer que el mundo va más allá de nuestras voluntades y que el azar juega un papel más activo de lo que creemos, que hay fuerzas externas que no podemos controlar y que van en contra de nuestro ímpetu. Imagino a la novia abusada que finge amar al imbécil que la sobaja, al oficinista explotado que cree que ama su trabajo, al ciudadano que cree que el gobierno no tiene nada que ver con la situación económica y de seguridad del país. Luego me río socarronamente porque no entiendo cómo puede ser la gente tan ciega para no darse cuenta que este asunto de vivir está muy lejos de ser el cuento rosa que se quieren inventar.

Claro que es cuestión de perspectiva, de saber disfrutar esos destellos que a veces se encuentran, pero hay ciertos límites.

Tal vez peco de posmoderno o pesimista, incluso de nihilista, porque hay días en los que despierto seguro de que nada tiene sentido, que todo lo que creemos no es más que lamernos la incertidumbre que no sabemos abordar; días en los que estoy seguro que, no importa lo que hagamos, todo es cuestión de valorizaciones humanas que, en cuanto dejemos de existir como especie, se perderán, y el resto del vacío que es el universo no se enterará.

No creo haber perdido la alegría, sino que no comparto el concepto común de felicidad que los demás tienen. Mi padre desearía que fuera feliz sin cuestionarme demasiado la vida, si trabajara en aquello que estudie, si ganara como ingeniero, si me casara y tuviera hijos que corrieran por el diminuto jardín de una diminuta casa en un diminuto pueblo, viviendo de una trasnacional; que disfrutara de un trabajo estable, de una familia común y corriente en un pueblo común y corriente. Lo sé porque me lo ha dicho. Pero, por más que lo pienso, no logro ver esa vida, que, irónicamente, va más de la mano con no trascender.

Sí, porque lo irónico aquí es que lo que hago de mi vida es porque tengo la firme creencia de que todo lo que hacemos importa, a pesar de creer que no importa realmente. Paradoja: para mí la felicidad es la ilusión de hacer algo trascendente, morir pensando que lo que hiciste afectó el gran esquema del universo. Efecto secundario: la depresión que surge cuando sabes que, aunque te reconozcan, nada realmente importará cuando el tiempo acabe. De ahí el cinismo de reírse de uno mismo y de lo muy sagrado.

Dice mi padre que perdí la alegría en la adolescencia. No se trata de que la alegría sea una bolsa de golosinas que se coma de un sentón o poco a poco, sino que empiezan a alegrarnos otras cosas. La felicidad no es un estado, es más bien aquello que viene cuando vemos realizarse algo que deseamos; cuando la voluntad propia se une con la externa y lo que queremos toma forma. La alegría es esa cosa rara que, si se vuelve permanente, enferma y desliga de la realidad, pero que en pequeñas dosis, aun intangibles para los otros, hacen tolerable este enorme e incierto vacío que vivimos todos los días, el rompimiento con el tedio cotidiano, lo inesperado.

No tendré esa alegría estúpida o de infancia, no estaré lleno de optimismo, pero mi pesimismo nace de esperar demasiado de esta realidad que da tan poco, siempre tan lejana a las expectativa; esta realidad que, a pesar de ser cruel, nos tira cable para que de ahí nos agarremos y sobrevivamos.

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Andrés Borchácalas