El día en que Karla murió.


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El primero de abril fue un día triste, un día de confusión y de completa vulnerabilidad en el que las preguntas y las dudas, han dado vueltas en mi cabeza desde entonces. Recibí la llamada de Andrea, me extrañó su insistencia y el hecho de que, por muy amigas que somos  desde la universidad, nunca acostumbramos marcarnos.

– ¡Hola Andy! ¿Qué pasa amiga, cómo estás?

– Lol, no estoy bien, no estoy nada bien.

Su voz sonaba particularmente entrecortada y ronca, como si llevara más de diez horas en llanto. Sabía que algo terrible le había pasado pero no tenía idea de qué.

– No sé qué pedo y no sé cómo decirte esto, no sé qué pedo, no sé cómo sucedió: Karla falleció hoy a la una de la tarde.

Mis oídos se cerraron en ese momento, escuchaba vagamente su voz del otro lado del teléfono, tuvo qué repetirlo más de 5 veces porque no alcanzaba a entender lo que decía. No quería entender lo que decía. No sabía qué contestar a lo que decía. Lo repetía  en mi cabeza como para tratar de entender y  solo veía todos esos momentos que compartí con Karla en la universidad y saliendo de esta. El nudo en el estómago y las ganas de vomitar se hicieron presentes. Colgué. No salí del baño sino muchos minutos después. Tal vez una hora, no sé. No podía parar de llorar, el sabor a bilis no me dejaba decir palabra alguna y solo podía desear que fuera una broma de pésimo gusto.

Cuando eres joven, te sientes invencible a los designios del universo. Puedes hacer lo que quieras, nada te pasará, la muerte es para los viejos, para los enfermos, para los desahuciados, es el cliclo de la vida, enterrar a los viejos.  Dentro de este ciclo existen variantes tan tristes como la de Karla, como la de tantos jóvenes que mueren sin razón alguna o trágicamente antes de siquiera, cumplir los 30.

Hay una realidad absoluta, estamos muy lejos de ser invencibles. Somos tan humanos que el solo hecho de asimilarlo, irrita, jode y lastima. Los seres invencibles solo existen en los cómics, en el cine y en los libros de ficción.

No se puede vivir de ficción toda la vida.

Ignoramos que el tiempo es relativo y que los relojes  siguen funcionando, escuchamos el tic tac de éstos pero los ignoramos porque según nuestro ego, tenemos tiempo de sobra.

Estuve por primera vez en el funeral de una amiga, de mi amiga de la universidad, con la que platicaba de sexo y decidíamos alargar la plática volándonos la interesantísima clase de Geopolítica y en lugar de dormirnos en ella, comíamos chilaquiles en la cafetería del colegio. Se nos iba el tiempo platicando del novio en turno, del Cosmos, de las pinturas de Alex Grey de quien ella era fan from hell y de cómo la vida está llena de preguntas sin respuestas.

Karla estuvo en el funeral de mi madre, sus padres estuvieron ahí y me dieron las palabras de aliento que tanto necesitaba.

¿Cómo chingados los iba a ver en el funeral de mi amiga? ¿Qué palabras de aliento se dan cuando un hijo muere? Esas palabras no existen, porque me enseñaron que ese no es el ciclo natural de la vida. El único refugio para resistir el golpe de perder a un hijo debe ser la locura, o con mucha fuerza, tratar de coexistir un día a la vez.

Andrea, Iván y yo nos reunimos antes del funeral. Compramos un par de botellas de whisky y las bebimos como si fueran agua, hablamos de ella toda la tarde, de la última vez que la vimos en mi fiesta de cumpleaños, de las chelas que careamos esa noche y de la promesa de vernos otra vez. Los cigarros se terminaron y era la hora de cambiar la locación.

Leí en algún lugar que los funerales son para los vivos, no hay interpretación más correcta que esta. Mis compañeros de la universidad, a los que no veía hace tiempo parecían zombies, caminando sin rumbo y con los ojos rojos y sin saber qué.

La mamá de Karla estaba ahí, dudaba mucho que recordara mi cara y mi nombre.

-Gracias por ser su amiga, Lol Béh, gracias por hacerla reír todo el tiempo, gracias por enseñarle a jugar al hula hula en ese restaurante. Me enseñó el video. Qué locas están.

Las palabras que siempre me vienen a la mente, no llegaron en esa ocasión, solo pude soltarme a llorar y la abracé por un rato.

-Ella me dio mucho más a mí. Esté segura de eso, señora.

Gente que todavía no sabía la noticia, se ha hecho trizas y lo ha dado a conocer en su muro de Facebook durante este tiempo, posteando fotografías y palabras desgarradoras para alguien que ya no está en esta dimensión. -Qué distinto esto de morir en épocas de Facebook, el día que a mi me pase, dejaré la contraseña en algún lugar para que alguien escriba status de mal gusto de vez en cuando, “Les dije que me sentía mal culeros”, “Qué puto calor hace aquí”, “Hace mucho nadie me manda un toque”.-

La vida es corta, pero nunca lo tomamos en cuenta. Han pasado 28 días desde que Karla ya no está. Duele hablar de alguien en pasado estando tan presente. La sensación de perder a un amigo por primera vez es extraña, un brutal golpe de realidad.

Estamos vivos, tenemos oportunidad de decidir nuestros sueños, tenemos la oportunidad de decidir cómo queremos vivir nuestra vida, Karla la vivió chingón, la vivió como nadie, un día a la vez, decía. Un día a la puta vez. El mundo es menos maravilloso cuando alguien maravilloso deja de estar en éste…

La  vida es bella. La vida de los que me rodean es bella.

El duelo nos obliga a estar alerta a nuestra propia vulnerabilidad. El duelo no es otra cosa que una bofetada en la cara, un balde de agua fría como manifestación de la realidad. Es ese lapso en donde perdemos la ilusión de que somos invencibles y entonces comenzamos a amar a los que nos rodean un poco más,  porque nos damos cuenta de que, en cualquier momento, podríamos perder esa opción para siempre.

Te pienso aquí y ahora, en donde ya no estás.

Por ti, un día a la puta vez.

 

kylo

Comentarios
Lol Béh Vargas
No soy buena para las biografías.

Me gustan los chistes crueles, los tacos al pastor y dormir con mi perra de 43 kilos cuando hace frío.
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Lol Béh Vargas

No soy buena para las biografías. Me gustan los chistes crueles, los tacos al pastor y dormir con mi perra de 43 kilos cuando hace frío.