Ésto también.


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Las macetas compradas en un día larguísimo en Xochimilco; las matas de fresas que retoñan desde la primavera -cuatro o cinco piezas por semana- y que son suficiente para el desayuno doble de los sábados; la franja de sol que cae sobre al patio, pegadita a la barda color de azul donde colgué los pájaros de porcelana que parecen siempre estarse yendo; la hamaca de algodón blanco que cargué desde el desierto, ancha y cómoda para las tardes en que el silencio es el único sonido soportable.

El fresco del agua que se vierte de la jarra de talavera; el olor a trópico de la carretera que cruza rumbo al Pacífico; las marcas dentro de las sandalias con las que caminaste quince ciudades en el mismo país; el rayón en el lente de la cámara que se cayó entre las rocas de una montaña al norte del mundo; los talones de los pases de abordar que fui guardando por reflejo; las playlist con las que matábamos el ocio en el tránsito de la ciudad.

Las sábanas en que dormimos las primeras noches en ése nuevo departamento; las marcas de los corchos del champán en el techo de la sala; los cojines bordados que llevamos por medio mundo para apoyar la cabeza al ver la tele; la colección de alebrijes que custodiaba el marco de la puerta.

Ah sí, y el par de libros que estás pidiendo. Eso también te lo puedes llevar.

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Mercedes Alvarado
Me llamo Mercedes // No estoy enojada, así hablo // Aquí se siente en mexicano. //
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