Fui a ver a Jamie XX y todo ésto fue lo que pasó.


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Jamie XX

Los boletos en reventa estaban en $3000. Me quise dar un tiro de lo triste que salí. Esposo dijo que mejor los hubiéramos vendido y comprado el Wii que tanto necesitamos en la casa.

Recordé la primera vez que fui a un concierto de rock. Tenía 12 años cuando vi a mi hermana volar por los aries del Vive Latino, impulsada por manos alocadas que habían arrancado la protección del campo de beisbol convirtiéndola en trampolín. Me acuerdo que en un momento dado me solté de la mano de Zuli y corrí durísimo para poder ver a Kinky desde un lugar decente. Cuando escuché “Sound da mi primer amor” algo hizo click en mi cabeza y me contecté con la música, con mi cuerpo y bailé tanto que al otro día me ardían las piernas.

Jamás olvidaré el despertar a ese mundo nuevo que me hacía revuelo en la panza y que también me daba una extraña sensación de rebeldía y pertenencia. La música me acompaña en la búsqueda de mi misma y los conciertos son la mejor manera de experimentar la conexión que mantengo con el mundo. Por eso es que los aprecio tanto.

Cada que voy a un concierto, festival o cualquier presentación donde habrá música, espero alimentarme justamente de la interrelación entre lo que escucho y lo que soy.

Hace poquito fui a ver a Jamie XX. Estaba bien emocionada porque iría con mis mejores amigos a bailar, a crear memorias chingonas juntos, a descubrir nuevas sensaciones. Aún no olvido lo que sentí a los 12, cosa que posiblemente genere expectativas grandes. Tal vez mi relación con la música es tan íntima que igualar o superar esa primera vez es más bien algo complejo de lograr.

Fue curioso entrar a SALA y ver, primeramente, a gente preciosa. Divinidades de la Roma y cercanos bajando al mundo para degustar con la plebe. La mayor parte de los asistentes ni sabían quién era Jamie. Me di cuenta por que cuando salió al escenario se esuchó un “UH!” más bien adormilado. Lo que la gente sí sabía es que era el aniversario de Sicario goeeeei… Que iba a tocar un Dj súper chingón goeeeei y entonces hay que atascarnos de drogas porque sólo así se disfruta la vida goeeeei.

Por supuesto que esta vez no llegué hasta adelante y por supuesto que tampoco bailé hasta arder porque las niñas borrachas de las Lomas llenaron el piso de vómito. Sólo podía ver cabezas medio hablando, dizque moviéndose, y cuerpos empujando el mío al rito me algo sin alma.

He notado que estos eventos se inunda de gente que no va a disfrutar de la música, a escuchar, a compartir y degustar de la experiencia que genera la comunidad. Se está llenando de superficialidad, de vacíos. Es como cuando estaba viendo en el Corona del año pasado a Damon Albarn con los ojos llenos de lágrimas y el pendejo que estaba junto a mí fantocheaba con sus amigas “hablándoles” en alemán (tenía cara de huaunzontle, el animal).

Yo no soy nadie para juzgar si está bien o mal, simplemente es algo que sucede y personalmente me llena de tristeza.

No aguanté mucho tiempo en la fiesta Sicario. Hubo un momento en el que mis amigos y yo nos miramos, compartiendo el mismo mensaje: No pertenecemos aquí.

De cualquier manera no pierdo la esperanza. La moneda siempre tiene dos caras y hay también mucha pasión y corazón en la industria musical. Ya les he platicado de las joyas que he descubierto recientemente.

Se que aún encontraré esos momentos en los que tenga 12 años otra vez, cuando todo haga click en mi cabeza y pueda bailar y cantar junto con mis compañeros de viaje sonoro hasta saber que mañana el cuerpo me dolerá de felicidad.

 

Comentarios
Jádisha Déciga
Psicoterapeuta humanista.
Fan de las cosas bonitas, de todas ellas.
Jádisha

Psicoterapeuta humanista. Fan de las cosas bonitas, de todas ellas.

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