La primavera de las palabras


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Las palabras se me escapan, me rehuyen y esconden sus cabecitas en el piso, dejando ver sólo los piececillos flotando en el aire. Y corro tras de ellas e intento sacarlas, suavemente, primero, con furia, después, de su lugar para obligarlas a hacer lo que diga. Pero son más fuertes y se enraízan en el suelo, se vuelven inamovibles árboles que no se dejan ni podar.

Así han pasado más de dos meses en los que me he visto abandonado por ellas. Cuando intento visitarlas se niegan en la puerta. Me dicen a coro que no están, que regrese días después. Luego les digo que las puedo escuchar con sus risitas, que ahí detrás del armario que se ve por la ventana se asoma la falda de una de ellas, pero me contestan, de nuevo a coro, que es sólo el reflejo de quien pasa. Y yo volteo a ver la calle de este lado de la ventana y, en efecto, veo pasar a las mujeres y agacho la cabeza, y me muevo mientras las escucho cantar del otro lado.

La lluvia tampoco ayuda, porque hace difícil sacarlas a pasear, asolearlas, y se enmohecen. No les gusta estar en casa, y cuando las invito a pasar, me rechazan, diciendo que sólo me quedaré viendo películas mientras ellas se aburren. Y luego las veo chapotear en los charcos que ha dejado la tormenta, ensuciándose, tiritando. Yo desvío con dolor la mirada y regreso a refugiarme bajo una cobija, pues los pies se me han enfriado y la garganta se me cierra con la humedad. Enciendo la televisión y veo una película.

Hubo un día en que vinieron a visitarme y fui yo quien, por desdén, no contesté siquiera la puerta. ¿Por qué ellas habrían de negarse y yo no? Y me quedé ahí, con orgullo, la única que me visita tres veces a la semana, pero que es inútil para hablarle a las demás. Las escuché retozar durante horas frente a la puerta, haciendo escándalo. Le dije a orgullo que se encargara de ellas, pero no se movió de su lugar, siempre digna. Después de mucho rato, se cansaron y se hizo el silencio. Ahora ya no podía dormir. La única que se había quedado era insomnio, y orgullo se había ido con la multitud. Intenté convencerla de que también me dejara, pero se acomodó muy bien en mi cama, queriendo platicar de cosas que me recordaban a ansias.

Es probable que ahora me huyan porque he apretado demasiado los dientes, y por eso intento relajar la mandíbula. Creo con certeza que en algún momento regresarán si la quijada se me afloja y un día logren volver a retozar en la lengua, los labios y se cuelguen de los dientes. Es bien sabido que ellas le rehuyen a la presión, a ser aplastadas, entre dientes o entre las manos. Por eso también le digo a mano que intente hacer el esfuerzo por relajarse y volverse más activa, pero me ve con pereza, se da la vuelta y regresa a dormir, cerrándose como capullo. En días como esos la desprecio y quisiera arrancarla, si tan sólo no la necesitara para llamarles a ellas.

Mis amigos me han dejado de hablar, pues dicen que ya no digo nada, pero la verdad es que entiendo ya poco de lo que dicen. He olvidado ya varios sonidos y me cuesta trabajo encontrarle sentido a lo que dicen. Muchas veces aparecen vocablos que me suenan familiares, pero que no comprendo, o que recuerdo su significado, pero que juntas no tienen coherencia alguna. Los veo con tristeza porque ya no sé distinguir si ríen o lloran, pues a ratos confundo los quejidos con palabras, y respondo con otro quejido creyendo que estoy articulando un inteligentísimo discurso. Veo después en sus caras la confusión, y vuelvo a escuchar balbuceos ininteligibles. No saben que las palabras me han declarado la guerra, que cuando me ven se mezclan entre ellas para no hacerse notar y que no comprendo ya nada.

He también dejado de explorar la ciudad, pues ellas me huyen y se esconden entre los matorrales de los parques cuando quiero leer algún mapa o la cartulina de algún camión. Se cuelan en las coladeras, por las rendijas de casas abandonadas, el los bolsos de gordas y neuróticas señoras, en los pantalones entallados de los jóvenes; toman taxis que vienen llenos, camiones que las alejan de su destino, se suben a los árboles, dejan que los perros las coman, que los gatos las arañen, que los niños las ensucien, y de pronto me veo sólo en la avenida, sin que ninguna me acompañe, con la boca seca, sin nada que decir, sólo me quedan las imágenes de lo que pienso y no tengo manera de comunicarme con nadie para pedirle indicaciones. Entonces regreso triste a casa, otra vez, sin nada más que mis pensamientos en fotografías obscuras sin descripción.

Hace más de dos meses que las palabras se burlan de mí.

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Andrés Borchácalas
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