La vida cotidiana


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Me gusta sentarme en algún lugar soleado de la calle y ver a la multitud pasar. Me gusta porque significa que no soy parte de aquel tumulto incansable del cual, más veces de las que me gustaría admitir, soy parte.

Cuando uno es espectador, la vida toma un tinte distinto, hay algo diferente que emerge de las calles y de la gente: pierden su carácter efímero y cobran relieve. A menudo, cuando no puedo quedarme en una banca a ver la vida transcurrir, se me pierde el mar de gente y se me olvida que cada persona con la que me atravieso también viene de su casa, desvelados, incluso ansiosa por llegar a algún lugar. Se vuelven estorbos y pierdo de vista que también aman, a pesar del odio que más de uno me muestra en el transporte público.

Esto es todos los días, muy a mi pesar. Aunque hay pequeños refugios que compensan el ajetreo del que me vuelvo parte: las caras que voy reconociendo en el camino cotidiano, alguna muestra de humanidad, un cielo anaranjado en el alba o el ocaso, cualquier cosa que me despierte del letargo diario que es transportarse del departamento al trabajo y viceversa.

A veces me encuentro a las mismas caras que, con el tiempo, sonríen, y eso está bien. Me dan una razón para levantarme, ver a esa señora de la esquina, al muchacho de los tamales, a la chica del metrobús y pensar que ellos también tuvieron problemas para despertar, que van con el estómago lleno, que preferirían no estar solos.

Así puedo acercarme a hacer lo que sólo logro bien cuando observo: encontrar algo de que asirme en este constante zumbido de autos y gritos al que fuimos arrojados y posar los ojos en lo que es importante: lo sutil de la vida, incluso en el ajetreo.

Pero hay días en los que sí puedo sentarme y ver a la gente pasar. Olvidarme de que hay que llegar a algún lugar y ver a las parejas pasar, a los oficinistas correr, los coches pitar y a los vendedores ambulantes gritar. Entonces es cuando recuerdo que todo esto me intriga, que el mundo sigue siendo tan misterioso para mí que cuando era un niño, que sigo descubriendo cosas que me parecen increíbles, por absurdas o maravillosas. Recuerdo en esos momentos que no está tan mal vivir aquí, que vale la pena hacer un poco de esfuerzo para despertar y soportar el tedio de la rutina diaria en la oficina, en los camiones, en la vida cotidiana.

Luego sonrío, me levanto y sigo con mi día.

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Andrés Borchácalas

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