Las dos abuelas


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Hace algunos años les contaba que vengo de una familia muy grande, en La familia no es para siempre.
Mi mamá es la menor de 8 hermanos, así que mi infancia estuvo siempre llena de reuniones enormes, mucha comida y muchos primos.
En aquellos entonces era parte de la generación de primos más pequeños, así que nos juntábamos lejos de los primos más grandes y de los adultos, a inventar nuestros propios juegos. En general, eran eventos muy felices y los disfrutaba muchísimo. Creía que éramos la mejor familia y que todos nos queríamos mucho.
Cuando llegué a la adolescencia, la idea que tenía sobre mi familia fue cambiando; cuando dejé de estar jugando por todos lados en las reuniones familiares, pude convivir con  los adultos y darme cuenta de lo que realmente éramos.
 Escuché lo que pensaban mi mamá y mis tías sobre algunas de mis primas, cómo se quejaban todas de sus maridos, las críticas y burlas hacia las cuñadas y críticas verdaderamente hirientes. Todo a la espalda de todos. Me di cuenta que mucho de ese cariño era de dientes para afuera y que no podía creer todo lo que me contaban.
Fue un proceso doloroso en el que la conclusión fue que yo no tenía cabida dentro de ese círculo y ambas partes nos hicimos a un lado. Pasaron muchos años sin que yo supiera nada de ellos, hasta el año pasado que mi abuela enfermó.
Había tantas cosas en medio, tantos secretos y daño infligido a propósito, que por un momento pensé que no quería verla, ni a todos los demás que venían incluidos en el paquete. Mi hermano me hizo recordar un tiempo en el que no éramos conscientes de los problemas adultos, dónde la abuela significaba hogar, amor, refugio.
Recordé a mi abue, con la que pasaba los veranos jugando en su oficina,  pintando con barnices de uñas obras de arte que adornarían todas las oficinas, la que me llevaba a escondidas a comer quesadillas y galletas a granel.
También recordé los días en su casa, dónde me quedaba a dormir en su cama y me contaba historias para dormir. Cuándo me bañaba le preguntaba por qué no tenía ombligo y por qué su piel estaba arrugadita. Recuerdo su sopa de fideo mágica, que curaba todos los males de la infancia y casi puedo saborearla de nuevo.
Es la abuela que elegí recordar, porque así, no duele tanto.
Murió un día después de la última vez que la vi. Pude hacer las paces con ella, con el papel que jugó en mi vida y pude rescatar esos bonitos recuerdos de toda la maraña de resentimiento.
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Steph Reg

Experta en dejar las cosas a medias.

Treintona, diseñadora que no diseña, le gustan perros y gatos.

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