Las violaciones, no son como en las películas


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No siempre vas sola en una calle oscura, y alguien te intercepta a la mitad de la nada y te arrastra a un rincón y con violencia te golpea y te viola. A veces pasa en medio de tu rutina, en la cotidianidad de tu casa; y sólo te das cuenta que es una violación porque no querías tener sexo, porque te quedaste callada mientras la otra persona usaba tu cuerpo; porque te está tragando el coraje y no sabes si quieres llorar o golpear algo.

Porque las violaciones no son como en las películas, es importante que hablemos de cómo son. Muchas gracias a la autora de este texto por escribir y permitirnos compartir su historia. De parte de todo el equipo editorial de Lo Que Pensamos, recibe un abrazo enorme.

 

Yo era una de esas chicas que, si tenía enfrente un caso de acoso o violación, buscaba la manera en que la víctima denunciase. Que se encabronaba y quería romperle la cara al agresor. Que pensaba en que el hombre que tenía tan poca cordura como para cometer esos actos no tenía ni tantita educación ni consideración con la agredida. Era, hasta que me pasó.

Esta no es una historia de violación, pero por poco. Sucede que “dar entrada” a un hombre es llegar hasta las últimas consecuencias con él. No estoy generalizando, tomen la figura de un hombre cualquiera, uno que crean malo, indecente. ¿La tienen? Básense en ese hombre cuando mencione la palabra.

Bien, yo creía que no tenía a ningún hombre así en mi vida, todos mis amigos son respetables, nunca terminé mal con un exnovio y actualmente tengo pareja. Un chico que, a pesar de no ser perfecto, no me ve como un pedazo de carne. Esa es otra historia.

Un día, estaba en casa sin nada que hacer cuando llego él, el hombre, con unos amigos y unas chelas, no tuve problema. Ya antes había venido y no me sentía incómoda, incluso confiaba en él. Los tragos corrieron, luego fueron por una bebida más fuerte, todo típico a las borracheras de antes. No sospechaba que pasaría.

Ya entrada la noche yo estaba un poco borracha, pero aún tenía consciencia de mis actos. Recordamos viejos tiempos, por qué terminamos, qué pasó con nosotros. Diálogos de exes en la peda. Llegó un punto en que la nostalgia nos invadió y lo besé o me besó. No sé, pero nuestros labios se tocaron, luego de eso seguí bailando y siendo anfitriona de todos los invitados. En algún punto de la madrugada me separé del grupo y me metí al baño, las cervezas hacían su efecto.

Mientras me lavaba las manos, la puerta se abrió y entro el hombre, ya estaba más que borracho y me empezó a abrazar al tiempo que apagaba la luz. Yo trataba de salir de esa habitación, pero me seguía pidiendo que lo besara. ¡No! Pedía mientras luchaba por alcanzar la puerta. El forcejeo se hizo más evidente cuando el hombre sacó su pene esperando a que lo tocara. No pude evitar levantar las manos, tirarme al suelo hecha un ovillo, llorar. No creía que él podía ser un hombre de esos. Era mi ex, lo había conocido hace años, se suponía que ya éramos amigos. Lo empujé mientras decía que no era él a quien quería, que no era lo que quería. Encendió la luz pero no me dejó salir. Dijimos un par de cosas más, cosas de por qué ya no estamos juntos y como esta se sumaba a las razones. Al fin pude alcanzar la puerta e irme. Él llegó hasta mi habitación y se tumbó en la cama quedándose dormido. Yo no pude pegar ojo en toda la noche, me sentaba, iba y venía por el pasillo, llegó la mañana; me levanté, me metí a la ducha con dolores en el cuerpo y los invité a salir de mi casa.

Se preguntarán ¿Por qué no lo corrí en cuanto todo paso? Porque nunca esperas que sea verdad, que ese hombre en quien confiabas podía actuar así, porque te repites a ti misma “nada pasó, estás bien” mientras te duele el cuerpo y agradeces por no haber estado más borracha. Porque tu cerebro entra en conflicto entre el cariño que sentías (o sientes) por esa persona y el asco de sus actos.

Se fue, yo no sabía como reaccionar, no quería; no quiero broncas. Pero viene lo peor. Cuando ves moretones en tu cuerpo, cuando cada músculo te recuerda el forcejeo, cuando tienes que entrar en esa habitación completamente consiente de lo que pasó. Tienes que sacarlo.

Desconozco como otras chicas pueden guardárselo, comprendo el dolor y la angustia. Yo tenía que echarlo para afuera. Se lo conté a mi mejor amigo y, aunque suene a comercial, a quien más confianza le tengo. Esas dos personas me ayudaron a ver que no fue mi culpa, que no es no y que nada, ABSOLUTAMENTE nada puede provocar una situación así.

Que no es mi culpa, que un beso no significa nada más, que tú eres dueña de tu cuerpo y de que nadie puede acercarse sin tu permiso. Suena fácil, pero cuesta mucho asimilarlo.

No sé si ese hombre está consciente de lo que hizo y de cómo me hizo sentir, pero actúa como si nada hubiera pasado y es lo que más jode. ¡Me dañaste, imbécil! A mi, mi casa y mi entorno.

¿Ahora cómo se lo digo a mi novio? Porque merece saberlo, porque no es algo que no le afecte. Porque estoy distante y enojada, no con él ¡Con las circunstancias! Porque sabe que algo pasa y no obtiene respuesta.

No sé cómo va a reaccionar, mi mayor miedo es que me culpe. Porque, por momentos, hasta yo me siento culpable. ¿Ven cómo es difícil asimilarlo?

El acoso de este calibre provoca inseguridad, paranoia y culpa. Ahora imaginen todo el remolino de emociones que provoca una violación.

Hoy, soy una mujer que no emprende una cacería de brujas contra agresores. Hoy soy aquella que dice: te comprendo, no estás sola y no es tu culpa.

 

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Anónimo
Lo que pensamos es un proyecto que inicia con un grupo de amigas, sus ganas de escribir y mostrar al mundo lo que tienen en el borrador.

Te invitamos a leer el perfil de las colaboradoras, que estarán escribiendo *cada semana*, a menos que un grupo de alienígenas ancestrales las secuestren y les impidan contarles sus aventuras hasta que regresen.

@_loquepensamos

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