Lo que la Roma fue para mí antes de ese 19 de septiembre


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Casi 10 años tenía yo y, como siempre, mucha suerte: No perdí a nadie de mi familia y no perdí mi casa; pero el miedo, la paranoia, la desesperanza, la muerte se respiraban.

Mi hogar: la colonia Roma. Mi casa estaba en la calle de Chiapas entre Monterrey y Tonalá, cerca de un Sumesa que ¡¡¡todavía existe!!! Conocí en mi infancia el cine Estadio, donde después estuvo el Teatro Silvia Pinal y hoy es un extraño lugar de culto protestante, creo. Los viernes mi jefe iba a echar tacos con mis hermanos con el buen Agapito (yo no tengo la culpa, así se llamaba) en la Calle de Yucatán, a dónde yo nunca iba ya que mi mamá y yo estábamos convencidas de que comiendo en dicho lugar mugroso nos enfermaríamos de tifo o algo así.

Cuando podía convencer a mi papá, cambiábamos esos tacos por los del Tlaquepaque, afuera del cine ya mencionado o, en todo caso, nos íbamos a los del Jarocho, hoy famosísimos y que están en la calle de Manzanillo, cerquita del Sears de Insurgentes, que antes abarcaba toooooda la manzana, antes de que le construyeran una plaza alrededor. Y si de comida hablamos, los hombres de mi familia no perdonaban las tortas de la Gaset, panadería que se encontraba en la esquina de Medellín y Chiapas, donde hoy hay un simple edificio de departamentos.

Así, mi infancia transcurrió entre paseos en bici por el Parque México y por el Parque España, visitas a Miguelito para comprar leotardos, zapatillas y demás elementos que usaba en mis múltiples clases de danza, idas al Danesa 33 que estaba en la esquina de la casa donde el guapo (según recuerdo) que atendía a veces me daba doble ración de helado aunque pagara una sencilla nomás porque le caía yo bien, supongo; viernes en la noche de ir al Restaurant Las Rejas (sobre Monterrey) para ver el espectáculo de tablao español o la peña de la glorieta insurgentes.

Antes de llegar al club deportivo, pasábamos por los multifamiliares Juárez y, para comer algunos domingos, frecuentábamos un lugarcito árabe en la calle de Córdoba, donde luego de esa soleada mañana las casas se habían dado la vuelta, literalmente, sobre las calles trazadas en el Porfiriato.

Todo iba bien, hasta esa mañana del 19 de septiembre. Fue la primera vez que pude ver de cerca lo poderoso de la destrucción, lo ineficiente del gobierno priísta, lo solidario del pueblo mexicano en momentos de desgracia, lo frágil de la vida, lo suertuda que era mi familia y lo solos que estamos los humanos sin alguien que realmente nos cuide o escuche nuestras plegarias. Sin embargo, dentro de ese horror, conocí historias maravillosas de lo que la gente hace con el corazón, no con el cuerpo.

Una de estas historias la protagonizó mi abuelito. Él, asustado por lo que habría sucedido, sin haber ningún tipo de comunicación, caminó desde su casa, en la Colonia San Simón, atrás de Tlatelolco hasta la Colonia Roma para cerciorarse que estábamos bien. Como no estábamos en casa, si no en la escuela, mi abuelito, suponiéndolo, caminó hasta la escuela que,  hasta la fecha, está en la Calle de Nicolás San Juan en la Colonia del Valle. Cuando llegó, ya no estábamos ahí. Mi mamá ya había pasado por nosotros. Así que tuvo que regresarse, caminando de nuevo, hasta su casa. Aún en esos momentos, en que yo estaba ida por lo que había sucedido (en el radio iban pasando la información de todos los edificios que se habían caído), reconocí en mi abuelito al gran héroe y protector que siempre ha sido para mí.

En la casa no había luz, teléfono, agua y además, las cuatro primeras casas del condominio horizontal en que vivíamos se habían caído, por lo que tuvimos que salirnos 1 mes para vivir en casa de mis abuelitos. Nada grave. Sin embargo, sí conocí gente que perdió familia cercana o perdió sus bienes o la esperanza.

Pero salimos adelante. Nadie se detuvo, todos aprendimos a superar esos momentos y avanzar. Este es solo un recuerdo y pretende ser un homenaje para todos los que murieron esa mañana del 19 de septiembre de 1985 y para todos los héroes y heroínas anónimas que lucharon por salvar vidas, por salvar ánimos, por salvar historias. Hay quienes no los olvidamos. Gracias.

 

 

 

 

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Luna
Radical. Sectaria. Atea. Inconforme. Rebelde e incansable. Amo los cambios, pero me enamoro para siempre.Creo muchos requieren protección de sí mismos y los demás deberíamos de huirles. Feminista; harta de andar explicando que se busca la igualdad y que el feminismo también defiende los derechos de los hombres a romper estereotipos. Amo el México que se construyó por siglos, pero que los mexicanos de hoy estamos destruyendo, así que mi anhelo es irme lejos. Trabajo arduamente, aunque ellos hacen como que me pagan. Aun así, soy feliz. Despierto a diario junto a alguien que disculpa todos mis defectos y que me hace sonreír solo con respirar. Nunca me haré millonaria; pero, rica, ya soy.
Luna

Radical. Sectaria. Atea. Inconforme. Rebelde e incansable. Amo los cambios, pero me enamoro para siempre.Creo muchos requieren protección de sí mismos y los demás deberíamos de huirles. Feminista; harta de andar explicando que se busca la igualdad y que el feminismo también defiende los derechos de los hombres a romper estereotipos. Amo el México que se construyó por siglos, pero que los mexicanos de hoy estamos destruyendo, así que mi anhelo es irme lejos. Trabajo arduamente, aunque ellos hacen como que me pagan. Aun así, soy feliz. Despierto a diario junto a alguien que disculpa todos mis defectos y que me hace sonreír solo con respirar. Nunca me haré millonaria; pero, rica, ya soy.