Lo que perdí en la mudanza.


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Las mudanzas se tratan, primordialmente, de cálculo y logística.

Vamos a ver, una debe calcular: cuántas cajas harán falta, por cuántos días guardar el periódico, las horas diarias que podemos invertir en separar lo que dejaremos, el costo y tamaño del camión, el número de amigos que vendrán a ayudarnos, la cantidad de “esto al final porque lo estoy usando” que podemos permitirnos…. Vamos, hay que calcular incluso cuánta comida comprar durante las semanas anteriores a la acción mudancera, para no ir cargando con frascos y botellas que chorrean, bisteces a medio descongelar y bolsas de pan que siempre llega aplastado.
Yo, sinceramente, soy buena para estos cálculos.
O era.
O volveré a serlo en algún otra mudanza, en algún futuro, en alguna de ésas ocasiones en que una se muda felizmente, con planes y sonrisas y amigos que te ayudan al ritmo de Calamaro.
Hubo una mudanza en la que perdí una bolsa -de las negras grandes, de basura- llena de ropa. Y era ropa chida, que usaba un montón. La busqué incluso en los contenedores de basura del edificio por si en un infortunado error la hubiéramos tirado. Y nada.
Ahí dentro estaban mis medias de lana tejidas, mi vestido negro de manga larga que ajustaba tan bien en los hombros, un par de blusas que usé mucho mientras las tuve; un montón de cosas que me “hicieron falta” en los meses siguientes, hasta que me acostumbré a no tenerlas.
Yo siempre fui buena para mudarme, de verdad. No porque sea un talento nato, más bien una técnica aprendida -y aprehendida- por mera repetición.
Hace 28 días hice mi mudanza 19. No perdí nada. O no lo sé todavía, porque las pocas cosas que ahora tengo siguen en cajas, en un ático, esperando a que llegue septiembre y con sus lluvias vengan las llaves del veinteavo hogar, y el middletime se acabe sin acabarme.
Yo no sé, entonces, si perdí algo. A ciencia cierta no sé muy bien ni qué tengo. Acá vine con dos maletas llenas de “ropa de frío” y un montón de expectativas. Ninguna de las dos me sirvieron para esta vida nórdica, tan particular como indecible. Puede, incluso, que no necesite ninguna de las cosas que no traje porque -hasta ahora- he sido capaz de sobrevivir sin ellas.
No sé ni qué dejé ni qué me traje.
Yo no empaqué.
Yo no cargué las cajas.
Yo no salí de su casa.
No.
Yo no me fui.
Todavía.
M.
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Mercedes Alvarado

Me llamo Mercedes // No estoy enojada, así hablo // Aquí se siente en mexicano. //


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