Memorias para revivir


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Hoy, hace un año, hice el mejor viaje de toda mi vida. Hoy, después de casi un año – y por primera vez – puedo leer el diario que me acompañó y revivir.

Reencontrarme con ese momento ha sido duro y de pronto parece que ha pasado mucho tiempo, a veces no puedo recordar los detalles que quisiera.

Fue un domingo 8 de septiembre del 2013. No cabía más miedo en mi cuerpo. Hacía mucho frío y tardé mucho en asimilar que – a estas alturas de mi vida – los viajes inesperados a lugares desconocidos y sin ningún acompañante, eran parte del nuevo menú de mujer adulta e independiente.

Una semana lejos de casa y la oficina, un vuelo corto en avión y una maleta con medio guardarropa porque nadie me sabía decir a dónde ni a qué iba. Todo se redujo a un ‘no llevarás nada que te mantenga en contacto con el mundo’. En cualquier día de vacaciones, eso hubiera sido perfecto, pero no sonaba nada congruente si se supone que era un viaje de trabajo.

Recuerdo que el primer día todo salió mal y empecé a dudar de mi en todo momento. Yo no debía estar ahí, era lo único que pensaba. Y 7 días después, dejé de creer en las casualidades.

De repente me vi ahí, haciendo yoga a las 5 am, bajo el ruido de la selva y el silencio humano, con un montón de apegos y cosas que tenía que dejar atrás si quería sobrevivir la próxima semana.

Era Chalanté, una hermosa hacienda a 40 minutos de Cancún, entre la selva, en donde lo más cercano es Izamal; un pueblito de 2 colonias y muy amarillo. ¡Una belleza de lugar!

Huertas, hortalizas, granjas, nacimientos de agua, un par de albercas, algunas habitaciones en forma de cabañas y pequeñas casitas en donde vivían los que trabajaban la tierra y atendían el lugar. Muchas flores en campos enormes y árboles frutales sobre caminos empedrados que llevaban a varios salones de meditación y de trabajo. Todo estaba ahí para mi.

Fueron los 8 días más espeluznantes y locos de mi vida. Una especie de renacimiento y reencuentros con partes de mi olvidadas. En 8 días recordé de lo que estoy hecha y de dónde vengo, la tierra de ese lugar y su gente me conectaron con este planeta, el yoga de madrugada me dio tiempo de aclararme y presentarme con mi niña interior, las largas pláticas, las criaturas salvajes del lugar, los senotes y temazcales de horas fueron una cosa de locos.

Amé la comida del lugar, y más al saber que todo crecía y se cosechaba en esa tierra, con esas manos. Era gente que te abrazaba con el corazón sin conocerte.

La sutil manera en la que Chalanté me hizo olvidar la rutina, la superficialidad y banalidades, despertaron una nueva forma de ver la vida y sentirla. Los mensajes del Universo se volvieron más claros, y lo que antes parecía indiferente, ahora era importante.

De pronto, una parte de mi ya no quería regresar, y recordé el verdadero significado de alejarse de las cosas y las personas. A veces necesitas salirte de la burbuja, o mejor aún, intentar no meterte en ella.

Todavía revivo el olor de mi cabaña y el sabor de todas las lágrimas que lloré por estar lejos de mi casa y mi rutina. Llegué al aeropuerto con muchos temores de perder: tiempo y personas. Pero estando allá aprendí que ninguna de las 2 cosas me pertenecían. ¡Vaya shock!

El dolor, la frustración, la nostalgia y el coraje que sentí fue inversamente proporcional a toda la basura que traía adentro. Estaba sumamente intoxicada de pensamientos negativos, prejuicios, rencores, inseguridades, complejos y  malas compañías. Físicamente, tampoco estaba muy sana; tenía los nervios hechos bola y partes del cuerpo inútiles.

Hoy tengo súper claro que ese viaje no me arregló la vida, pero me dio muchísimas herramientas para enfrentarla. Me recordó lo fácil que es sentirse solo, perdido y triste, pero que es todavía más fácil sonreír y contagiar felicidad. Aprendí que mi cuerpo es un templo que tiene la suficiente energía para controlar y transformar.cualquier emoción y dirección.

Descubrí el inmenso poder de la mente, y que es algo que nos debemos tomar muy enserio. Me enseñaron que la respiración es el origen y la cura de cualquier molestia.

Entendí, de la forma más humana, que los apegos son y serán siempre necesarios solo cuando te conviertan en una mejor persona y puedas dejarlos ir sin resentimientos cuando así lo decidan.

Lo que puedo resumir después de mi aventura es que no hay nada que deba darte menos miedo que el deseo de descubrir, de soltar para mejorar y de conocerte.

Eres, soy, una luz que vive para ser y estar encendida. El chiste de la vida y todas sus experiencias es encontrar la manera de mantener el ‘switch’ arriba.

‘Suerte’, dirán algunos. Yo creo que son – más bien – oportunidades que llegan todos los días a manera de bendiciones…o viajes de trabajo. Y no me quiero apagar.

Gracias por ser, estar y compartir.

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Maria Melier
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