Mi mamá contra los cursos de verano


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Era verano, pero no estaba inscrita en ningún curso. Mi mamá no me inscribía, decía que eso lo hacían los papás flojos para zafarse de los hijos en vacaciones.

 A mi me hubiera gustado estar en uno de pintura. Cuando tenía esa clase en la primaria, nos pedían llevar una camisa vieja para no ensuciarnos. Yo quería un atuendo de pintor Florentino. No sabía que era Florentino, solo se lo escuché decir a ella, le gustaba el arte. La hice buscar por toda la casa pero no encontraba nada que a mi me pareciera el atuendo de un verdadero pintor.

Buscó por todos los clósets. De uno sacó una bata de laboratorio de mis hermanos y le dije que no. Trató de convencerme diciéndome que así pintaban los mejores pintores del mundo. Volví a decir que no, que tenía que ser como la de Florentino. Me respondió que Florentino no era una persona y que así pintaban los pintores del renacimiento. Yo no me podía quitar la idea de que Florentino era el mejor pintor de mundo y quería una bata como la de el. Punto. No Raphael, Donatello o Miguel Ángel. Florentino y nadie más.

Era fácil que ella se pusiera de mal humor y ya le estaba agotando la paciencia cuando en uno de los closets vi una camisa que me gustó mucho. Era verde hoja claro con rayas blancas y sin mangas. Le dije que quería esa. Respondió que estaba mas loca que una cabra y que eso no tenía nada que ver con una bata de pintor. Ya era muy tarde y añadió: “No voy a ir a comprar una bata carísima a Arte y Material con niñas que traen el chaleco sucio y además le rezongan a su mamá”.

Me puse un poco triste. La camisa que me gustaba era nueva y si algo era intocable para mi mamá, era su ropa. Al borde de la desesperación, me gritó que era una latosa, tomó la camisa, le quitó las etiquetas y me la puso. No recuerdo haber visto a otro niño mas feliz que yo con su bata nueva, sin mangas.

Me enternecía esa bata, no se porqué. Me gustaba como se me veía. Me sentía buena y amable cuando la usaba. Tal vez fue la ternura con la que mi madre me miró al dármela. Se llamaba Hilda.

Al día siguiente, yo esperaba ansiosamente la clase de pintura. Llegamos a la escuela e Hilda se enojó porque me puse la falda al revés y me puse un chaleco viejo. Hizo un esfuerzo sobrehumano por tranquilizarse y mientras me la arreglaba me dijo que el verdadero nombre de Florentino era Leonardo Da Vinci.

Empezó la clase y lo único diferente era que teníamos pinturas marca Vinci. No había caballete, ni godetes ni nada. Solo tenía mis pinceles de la papelería (también marca Vinci). Me los compro el día anterior a la última hora porque se me olvidó que había perdido los que tenía. Para que no se enojara mas, le dije que mejor pediría unos prestados. No le gustaba que le pidiéramos nada a nadie, era muy estricta con eso. Le dije que entonces me reprobarían y me expulsarían de la escuela y del país como siempre. Porque eso decía ella cada que sacaba menos de nueve en cualquier materia.

Llego la hora de la clase. Nos habían pedido una cartulina y nos hicieron forrar la banca con periódico. No se porqué, si ya las habíamos forrado con nuestros recortes de revista favoritos o papel para regalo. Además tenían hule cristal.

En fin, me desilusioné al saber que nuestro lienzo, alias la cartulina, iba a estar sobre la banca, en posición horizontal. Toda la noche soñé con que estaría en posición vertical en un caballete, como había visto en los libros. ¿Porqué le hacen eso a los niños?. Me preguntaba si la maestra era pintora de verdad además de enseñarnos matemáticas, español y todo eso. Yo me sentía Leonardo Da Vinci, con mis pinturas y pinceles Vinci.

Leonardo y todos los pintores del ”Reader’s Digest” tenían sus batas sucias. Yo empecé mi dibujo y no se me ensuciaba. Me desesperé y me la empecé a ensuciar yo misma hasta que los otros niños y la maestra me admiraran. Y resultó. Era “Andy la Pintora”. Al menos en mi cabeza.

Dio la hora de la salida. Llegó mi madre a recogerme y solo me dijo: “Mírala, ya estas toda sucia, ¿Cómo te fue?”. Sonreía. La verdad es que todo aquello me parecía inusual, ella casi siempre se enojaba si me ensuciaba mucho, pero ese día no. Ni siquiera porque ensucié el chaleco debajo de la bata.

Ella tenía un vestido que me gustaba mucho. Era negro con estampado verde agua oscuro, acinturado con un olancito que llegaba a la cadera solo en la parte de atrás. Sentía que se veía guapa al entrar a jalarme de la puertita en donde se supone que ningún papá entra y mucho menos a jalar a su hijo.

Los adultos solían mencionar cuan elegante, inteligente y bien vestida era mi madre. Yo no entendía que era ser elegante ni mucho menos el buen vestir.

Un día, todos los niños estaban hablando de sus papás. Que si su mamá era muy bonita, que si su papá era muy amigable, que si su mamá sonreía mucho. ¡Pues yo no me quede callada y dije que mi mama era muy elegante y que se vestía muy bien!

El día siguiente nos llevo a la escuela, desmañanada, sin bañar y en pants. Casi siempre se cepillaba, pero ese día en particular no le dio tiempo porque “siempre era tardísimo” y el mundo se caería si no llegábamos al cuarto para las ocho aunque la entrada fuera a las ocho en punto.

 Usualmente iba manejando sin precaución y echándole la culpa a los otros carros. Si alguien se le metía, hacia signo de cuernito por el retrovisor y gritaba “para guey no se estudia”. Nunca he visto a nadie mas utilizar el signo de cuernito para despistar al enemigo.

Siempre trataba de bajarnos lo mas cercano a la entrada. Yo tenía ganas de que algún día nos dejara en la esquina y camináramos. Mas que porque me diera vergüenza, porque me sonaba como aventura, como algo que solo hacen niños audaces.

Ese día, nuestra llegada fue magistral. Teníamos una camioneta Dodge, de esas blancas con calcomanía tipo madera en las puertas. Era muy elegante.

 Se subió a la banqueta, en la mera entrada. Puso reversa y al mismo tiempo se puso a sacar algo de su bolsa. El coche se iba para atrás y no agarro el volante porque tenía que encontrar lo que buscaba. Si chocaba era lo de menos. No encontró lo que quería y mal estacionada, se bajo del carro sin apagarlo, abrió la cajuela no se para que, maldijo a alguien y fue a la puerta a preguntarle algo al director.

Recuerdo sus pants grises y su “olor a cama”. No importaba si era tu cumpleaños, domingo o día festivo. Si no te bañabas diario el olor a cama te perseguiría el resto de tu días.

En el recreo, volvió la platica acerca de los padres. Que si sus mamás les dejaban invitar a la amiga a comer, que si el papá les daba permiso de quedarse a dormir, que si esto, que si aquello. ¡Pues yo no me quede callada y dije que mi mamá era muy inteligente, que se vestía muy bien y que era muy elegante! Una niña dijo: “pero si la vi en pants toda despeinada”. Todos los niños se rieron.

A la salida, le pedí que al día siguiente fuera arreglada a llevarme a la escuela. Le extraño y me dijo que no tenía tiempo.

* * * * * * * * *

Pasaron algunas semanas. El verano estaba por llegar y los festivales y ceremonias de fin de cursos empezaron. Los papás tenían que ir elegantes a ver sus hijos. Yo le dije a mi mamá que me gustaba mucho ese vestido verde y que se lo pusiera.

Me dieron la medalla al primer lugar, la verdad no tanto gracias a mi. Se la deberían de haber colgado a ella por encarcelarme hasta ganar el premio Pullitzer Infantil por el mejor poema a la bandera.

Llego el esperado día. Pondría a mi Papá a tomarme miles de fotos, me llevaría a comer un helado “Peach Melva” de la paletería Fratti y tal vez me diera permiso de no bañarme.

Recuerdo ese día. Era hermoso, soleado y divertido. Llegó a la entrega de premios entaconada con sus medias negras y el vestido verde. Eran las nueve y diez minutos y la ceremonia era a las diez. Eso era inusual porque ella siempre llegaba una hora exacta antes de cualquier evento. Decía que “los papás que llegan tarde a ver a sus hijos son unos desobligados”.

Se metió hasta el patio de recreo dónde aún no debería de haber papás. Entró a toda velocidad, se rió con algún maestro, se agacho a felicitarme por adelantado, me dijo que aunque yo fuera un borrico me amaría igual y me dio un beso en la frente. Ahí estaban todos los demás niños. Yo volteé a verlos muy orgullosa con mi mama elegante y cariñosa.

Desde ese entonces y aunque nos los use mucho, amo los zapatos de tacón, los vestidos y batas verdes, los pants grises elegantes, el olor a cama, el buen vestir despeinado, los gritos a las siete de la mañana y los encarcelamientos de escritores. Pero lo que mas amo, es ver a mi madre manejando como si fuera el fin del mundo, desafiando a cualquiera que se pusiera en su camino para darme lo mejor y moviendo el universo entero para hacerme feliz con una bata mejor que la de Leonardo.

 

mama

Comentarios
Andrea Velázquez
¡Hola! Yo soy el Conejo y me gusta la comida Etíope. En realidad soy Andrea y quiero ser tu amigo.

En la primaria me destaqué por pegarle a niños pequeños. En la secundaria tuve mi primer banda. Solo existió el logo. En la cena baile de graduación, bebí en exceso. Mi segunda banda se llamó “Las VírgeneSurgidas”. Tocábamos Hong Kong Garden. Cuando ya no estaba urgida, toqué en Violenta y usaba playera de Korn. A la gente le encantaba que le gritáramos “Piojo Bastardo”. Con “Vedette” grabé un disco y se concretaron algunas de mis convicciones musicales en un álbum con influencias new wave, shoegaze, electronica y punk.

Estudié Diseño Gráfico de la Comunicación Audiovisual en la UNAM para que fuera gratis por si la botaba. Afortunadamente me encantó y desde entonces me dedico a diseñar y programar páginas web, ser instructora, ilustrar un poco, escribir en mis tiempos libres e involucrarme en otras labores creativas como el joyfull coding. He considerado seriamente el espionaje.

Me encantan las mesitas de los aviones con su mini comida y opino que hay que seguir peleando por tener el lugar de la ventana. Disfruto caminar por el National Mall cuando la gente no anda disparándose, andar en bici y remar por el Potomac.

Actualmente vivo en Washington DC. Me apasiona el yoga y me gusta leer el Tarot.
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¡Hola! Yo soy el Conejo y me gusta la comida Etíope. En realidad soy Andrea y quiero ser tu amigo. En la primaria me destaqué por pegarle a niños pequeños. En la secundaria tuve mi primer banda. Solo existió el logo. En la cena baile de graduación, bebí en exceso. Mi segunda banda se llamó “Las VírgeneSurgidas”. Tocábamos Hong Kong Garden. Cuando ya no estaba urgida, toqué en Violenta y usaba playera de Korn. A la gente le encantaba que le gritáramos “Piojo Bastardo”. Con “Vedette” grabé un disco y se concretaron algunas de mis convicciones musicales en un álbum con influencias new wave, shoegaze, electronica y punk. Estudié Diseño Gráfico de la Comunicación Audiovisual en la UNAM para que fuera gratis por si la botaba. Afortunadamente me encantó y desde entonces me dedico a diseñar y programar páginas web, ser instructora, ilustrar un poco, escribir en mis tiempos libres e involucrarme en otras labores creativas como el joyfull coding. He considerado seriamente el espionaje. Me encantan las mesitas de los aviones con su mini comida y opino que hay que seguir peleando por tener el lugar de la ventana. Disfruto caminar por el National Mall cuando la gente no anda disparándose, andar en bici y remar por el Potomac. Actualmente vivo en Washington DC. Me apasiona el yoga y me gusta leer el Tarot.

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