Mi obsesivo virtual…


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“No puedo casarme hasta que hayas estado conmigo por lo menos una vez. (…) Quiero cumplirte todas tus fantasías, porque tú eres la mía”, me dijo y no era la primera vez; de hecho me tenía preocupada un poco el hecho de cómo lo decía. ¿Hasta dónde llegaría? ¿Sería una fantasía realmente o más bien una obsesión?

Durante nuestra estadía en la Universidad jamás nos habíamos hablado realmente, aunque sí llegó a llamarme la atención en alguna ocasión. Me hizo reír algunas veces con sus interpretaciones en alguna clase de teatro o TV y también me di cuenta entonces de que no era tan hueco como sus amigos, sí era inteligente, pero era sólo en el escenario donde brillaba y podía desenvolverse.

Después de un tiempo de haber egresado, comenzó a escribirme, me parece que primero fue el Messenger, después se convirtieron en las redes sociales. Nuestro contacto era cordial al principio y poco a poco pasamos a temas de mayor confianza.

Me aprendí entonces que él era hijo de una madre soltera, que vivía con su mamá y su abuelita, quien llegó a ser lo máximo para él; que tenía una novia más pequeña que él, por lo que no se atrevía a hacer nada con ella. Tal vez por el hecho de ser hijo de una madre soltera, respetaba mucho los límites que las mujeres le marcaran, tal vez demasiado. Nunca fue un ligador experto, a pesar de que a mí me parecía atractivo.

El hecho es que las barreras comenzaron a caerse entre nosotros. No voy a justificarme diciendo que él fue quien me obligó o me incitó a comenzar el “sexting” o el “sexo cibernético”, porque no sé ni siquiera cómo surgió, pero fue con mucha naturalidad.  Quizás yo estaba en una época en la que descubrí a penas eso y, como decimos los jóvenes: “se me hizo fácil”. La realidad de las cosas es que era muy seguro: yo no tenía webcam y no nos veíamos fuera de nuestro mundo virtual, lo cual estaba bastante bien para mí. Obviamente, (y como tip), todas las fotos que le enviaba, eran sin que saliera mi cara o algo que pudiese delatar mi identidad, aunque aprendí a confiar en él.

La intensidad subía. En realidad fue una época ni tan breve, ni tan larga. No lo hacíamos a diario, quizás ni siquiera cada semana.

Alimentábamos nuestros encuentros “textuales” de fantasías, preguntas, respuestas, confesiones, narraciones de aquello que deseábamos hacer juntos…

Confesó que desde la universidad me admiraba, porque era inteligente y diferente, y le encantaba sentarse detrás de mí para verme más de cerca (yo la verdad es que nunca me percaté de muchas cosas).

El problema fue que comencé a asustarme cuando me llamaba borracho, cuando quería que lo viera a fuerzas, cuando quería que lo llamara “mi amor”, cuando se enojaba cada vez que no le contestaba… Comenzó quizás a verme como “suya”, como una posesión, como alguien que no podía ser de nadie más.

En alguna ocasión, me gritó de groserías por no responderle el teléfono, se volvió loco, y le grité de vuelta: jamás permitiría que nadie, ni siquiera mi pareja o incluso mi padre, me trataran así. Quería dejar de saber de él por un tiempo, tenía que “bajarle a su desmadre”, aprender a tratarme bien y quizás podríamos volver a hablarnos, pero ya nunca sería como antes. Él entristeció, pero lo aceptó.

Pasado tiempo, me enamoré de otra persona y él intentó buscarme. Durante varios meses o años, aún con su vida y sus compromisos, yo era materia aparte, un escape para él; pero yo no era igual que él, yo soy fiel y leal a mis parejas, ni siquiera virtualmente podía seguir con la comunicación.

Por mucho tiempo me escribió, “entendiendo”, manteniendo un trato cordial, pero nunca comprendió realmente por qué dejé de ser aquélla mujer de sus fantasías (pues es que era tan simple como que: las personas cambian y ya, las personas dejan de tener el mismo significado para uno, al menos para mí, ¿qué otra explicación quería?). Siempre me lo reclamaba delicadamente, dramatizaba en ocasiones, decía que yo ya no quería saber de él, que le dijera si realmente quería bloquearlo o algo por el estilo. La verdad era que me caía muy bien, hasta que se ponía así. Era lindo tener con quién hablar, que te escuchara y procurara con tanta dedicación, que quisiera saber todo detalle de cada cosa que te ocurría, aunque a veces le contaba todo muy escuetamente, pues no tenía tiempo.

Cuando terminé con mi novio de aquel entonces, él fue por mí a una fiesta, ya había bebido, me dijo que él haría lo que fuera por mí, que yo era la única con quien él mantendría el tipo de comunicación como la que habíamos tenido hace tiempo, que aunque hubiera tenido oportunidades, no quería hacerlo, porque lo nuestro era único. Me regañó también: “¿Lo ves? Te lo dije, lo veía yo en tus fotos de las redes sociales, que ese tipo no te iba a hacer feliz, nunca entendiste que él sólo quería jugar contigo”. Palabras duras, de un hombre… ¿celoso?

Intentó retomar el mismo contacto que antes, en múltiples ocasiones después, pero siempre he sido clara, siempre le había dicho que ya no era yo la misma persona… Pero él no lo creía, quería nuevamente a la mujer de sus fantasías, a aquélla que fue la única en hacer que se desvistiera frente a una cámara… Aquélla que sería la única que podría darle órdenes y él las cumpliría todas al pie de la letra… Quizás me convirtió en una dominatríz en su mente. Aquélla mujer que podía sacar todo lo reprimido de él y le mostraba un mundo muy distinto a lo que estaba acostumbrado un “niño bien” como él: su familia, sus amigos desde niños, su misma novia siempre, la comodidad de un buen trabajo…

Yo soy su único secreto (según él). Nunca con nadie podría haber compartido nada, ¿por qué? Porque yo se lo pedí y porque así cuando menos esa yo que recordaba era sólo suya, no la compartiría con nadie…

La segunda vez que lo vi (¡ojo!: que de todos estos años que narro, sólo nos vimos dos veces y en ninguna de ellas llegamos a nada sexual en la vida real), él recordó todo, me dijo que quería que le modelara. Cuando le dije que me daba pena, me miró a los ojos y me dijo: “yo sé que tú no eres así, yo soy el único que te conoce” (¿el único que me conoce?)…

Me sorprendí, porque no, no era así. Él me confundía con la mujer de su mente… Esa no era yo, o al menos no la verdadera yo.

Me confesó que cayó rendido por mí en aquélla clase de teatro, cuando me vio participar en una pasarela. Comentó que se enamoró de mi forma de caminar… Y ahora, quería que caminara para él, que bailara para él, que le cumpliera todo aquello que le había dicho antes… Decía que recordaba cada palabra (yo no).

“De vez en cuando checo tus redes sociales, lo admito. Sólo para saber de ti, para verte, para saber que estás bien. No siempre te escribo, me detengo en muchas ocasiones, no quiero importunarte, pero lo veo todo, lo leo todo”…

Le cambié el tema, “stalker” totalmente. Hablamos de su familia, de su trabajo, de su novia, con quien decía que aún le faltaba para casarse, pero ahí fue cuando mencionó aquello de que no podía casarse hasta que yo no fuese “suya”. Le respondí que eso no podía saberlo… Yo no tenía ganas de estar con nadie después de mi última relación, así que si sucedería, sería en mucho tiempo, además de que yo no salía con personas comprometidas (es decir, con novia o algo así)…

No sé en qué momento de la noche, se arrodilló y me abrazó las piernas. Lo hice que se levantara, nos sentamos, tomé su rostro entre mis manos y le aseguré: “Yo sé que tú sientes que este espacio es sólo nuestro, que escapa de tu vida y tu realidad, pero no es así”.

“Jamás podría dejar de pensar en ti. No quiero que te vayas de mi vida, no quiero que te alejes de mí, si no quieres que pase nada entre nosotros en la vida real, no será así, pero permíteme que te siga escribiendo de vez en cuando para saber de ti. ¿Puedo? Te prometo que, si tú me lo pides, no volveré a mencionarlo”, propuso. Sonaba bien, porque a las primeras de cambio, lo bloquearía definitivamente, aunque sabía que él no haría nada que lo alejara de poder volver a verme. “Es todo lo que deseo ahora, mirarte”, susurró.

“Yo no soy esa mujer que tú te has inventado”, pensé.

¿Por qué acepté verlo? Pues porque para mí, el pasado es sólo eso. La gente cambia y a menudo quedan los recuerdos de cómo nos llevábamos, lo que vivimos con otras personas… Eso lo recordamos con cariño, pero no buscamos revivirlo, sino formar más recuerdos como esos.

En este caso, yo podía ya verlo como un amigo, alguien que estuvo ahí y que aún estaba, pero lo que él anhelaba era que yo nunca cambiara, quería que el recuerdo fuera de carne y hueso… Y eso no es posible. Pero me había ya dado cuenta tarde.

Él habría querido tenerme y no tenerme para siempre, que fuera su refugio y su escape, pero sólo suya, totalmente suya. Me habría tratado como una reina quizás, pero siempre habría vivido en las sombras, con reflectores sólo para él.

Tengo que confesar que me dio miedo, me aterré al pensar que tal vez, si estuviera o hubiera estado con ese hombre, que incluso me confesó que era muy posesivo, podría llegar a complicar mi vida a un nivel catastrófico. ¿Y por un hombre al que en realidad no amaba? No, no tenía por qué arriesgarme. ¿Y si escapando de sus represiones se le ocurría lastimarme? Ya alguna vez, cuando me gritó por teléfono, me había dado muestras de la violencia y desesperación que podía manejar. Además, no me encantaba cómo me llamaba “suya”… No, jamás lo fui…

También tuve más cuidado de con quién tenía este tipo de interacciones, en realidad creo que fue sólo él y quizás alguna otra persona, y párenle de contar (¿qué tal que me salía alguien igual o peor?).

Jamás me había tocado, sólo besado un par de veces, nunca pasamos de aquéllo… Y aún así, esa devoción, esa obsesión, esa liberación de su represión… Sí, pudo haber pasado que me creciera un poco el ego, pero en realidad también me daba miedo y me dolía pensar en él y en su chica.

En él, que añoraba a una mujer que no podría ser suya más que en su imaginación; en ella, a quien de verdad estaba engañando con un recuerdo que jamás volvería a ser yo…

 

Comentarios
Gin Caballero

Amante del arte en todas sus facetas, noctámbula, cafeinómana, enamorada del amor, emocional, inteligente, lógica y valemadrista… Viviendo el aquí y el ahora…


Azul de luna

Amante del arte en todas sus facetas, noctámbula, cafeinómana, enamorada del amor, emocional, inteligente, lógica y valemadrista... Viviendo el aquí y el ahora...