Mi vida sin ediciones


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Diciembre son esos 31 días en los que uno reflexiona sobre como ha vivido y pasado doce meses. Para mí, diciembre se convirtió en una lección de vida el año pasado. Tengo PTI, una enfermedad de la sangre que se me ha venido agudizando con el tiempo. En diciembre de 2012 atravesaba una recaída más y llevaba hospitalizada ya varios días; me tenían en tratamiento agresivo y fue la época en la que nada de lo que me pusieran salvo a eso servía para mantenerme estable y aunque yo siempre me había caracterizado por mi buen ánimo ante todo lo que conllevó mi entorno hasta ese entonces, la vida se las ideó para encontrar mi punto de ruptura.

Llegó un momento en el que me deprimí en tan mal estado que ya no me importó si la libraba o no; lloraba todos los días a todas horas por todo y tener una habitación en el hospital con ventana hacia la calle no ayudaba en nada. Recuerdo que a diario veía a un señor subir a su azotea y calentarse con el sol mañanero. Casi siempre salía con una chamarra roja y un gorro gris y yo me preguntaba si realmente hacía tanto frío afuera o solo era su edad. Mi entorno se volvió monótono: despertaba, comía, me bañaban, me vestían y mi única tarea productiva era poner los brazos para cuando me sacaban sangre o canalizaban. No hablaba, no sonreía y mi familia lo notó pero yo no podía hacer más que llorar cuando iban a hacerme compañía. Era un vegetal.

Comencé a desgastarme no solo física sino emocionalmente hasta el punto en que ya no sabía cuando me quedaba dormida. Ya no pensaba en mucho y mis doctores intentaron animarme con la posibilidad de nuevos tratamientos pero yo ya no veía nada claro. Todo me dolía, el cuerpo entero lo tenía tan lastimado que solo veía moretones aquí, moretones allá; canalizaciones en mis “venas buenas” y un maldito reposo absoluto que me impedía ponerme de pie no solo por el riesgo de caídas pero también por que ya no podía sostenerme sola.

El último día que recuerdo bien fue cuando me hicieron un aspirado de médula en el esternón. Eran como las siete pm y vi y escuché todo gracias a la anestesia local. Recuerdo los instrumentos que usaron; el tamaño grosero de las agujas con las que me atravesaron; el frío de las sustancias con las que me limpiaron; el sonido del taladro y el crack que hizo mi hueso cuando se quebró. Luego, para la succión de la médula se me pidió que aguantara un poco la respiración y que intentara relajarme. Sentí como el líquido por dentro se me iba del cuerpo hacia una jeringa enorme que mi doctora sostenía y que se llenó de color rojo oscuro luego de varios intentos porque mi cuerpo no parecía cooperar.

Al final ni siquiera pensé en el dolor. Cuando todo terminó, mi mamá entró y me hizo compañía hasta que me quedé dormida. Y ahí le puse fin a todo: Le dije que la amaba y le di las gracias por luchar conmigo, me acomodé en la cama, vi por la ventana la ciudad en luces y me quedé dormida esperando ya no despertar porque simplemente ya no quería despertar. No tuve miedo y no tuve remordimiento por nada que no hubiera dicho o hecho antes de eso; estaba tan tranquila al cerrar los ojos y dejarme llevar que lo deseé aún más. Me dije “ya no despiertes, Laura. Ya no lo hagas. Duerme”. Y eso fue todo.

Una luz me pegó en los ojos. Era brillante, cálida, cegante. Me lastimaba cuando al fin pude parpadear de a poco y todo me pareció borroso. Escuché un bip constante a lo lejos y sentí un dolor en el pecho. Visualicé todo después de unos momentos y mi sorpresa fue hallarme en mi habitación del hospital. El sol me estaba pegando directamente a un lado y el bip que oía era el electrocardiógrafo que llevaba mi ritmo cardiaco. El dolor en mi pecho se debía al aspirado de médula y entonces me asusté: había despertado. Volteé a mi alrededor, estaba sola y comencé a llorar. Yo, quien había deseado morir, estaba viva. Respiraba, mi corazón emitía latidos; el oxígeno me llegaba al cerebro, la sangre aunque enferma corría por mis venas; me salían lágrimas por los ojos y podía sentir emociones.

Los días siguientes fueron una especie de reflexión y razonamiento internos muy cabrones. El aspirado de médula no había arrojado nada nuevo y mis médicos decidieron optar por más tratamiento agresivo… Pero me negué.

Esa mañana del 17 de diciembre jamás se me olvidará. Estaba sentada en mi cama, pensativa pero decidida. Mi mamá ya había llegado a acompañarme y le platiqué lo que había estado pensando. Se sorprendió y al principio no me dijo nada pero apoyó mi decisión. Cuando mis médicos comenzaron a hacer rondas poco antes de las nueve am fue cuando realmente me puse nerviosa. No sabía como lo tomarían; ellos que habían estado manteniéndome con vida durante el año que pasó hasta entonces, sobre todo por Fausto, quien más allá de ser solo mi hematólogo, había sido un amigo y una buena compañía, pero sabía que era mi vida y tenía que comenzar a pensar en mi..

Cuando mis médicos entraron los dejé hacer su ronda de rutina y al final me preguntaron si tenía alguna duda. Me armé de valor como pude porque hacía bastante que no tenía que buscarlo hasta esa mañana y les pregunté que si decidía irme ese mismo día, cuánto tardarían en arreglar mi alta y mis papeles. Hasta hoy siento sus miradas fijas y sorprendidas sobre mi. Fausto me cuestionó porqué preguntaba eso y era fácil: Yo ya no quería estar en el hospital; si me iba a pasar algo, debía pasar, no importaba si era ahí o afuera. Quería tiempo de calidad con los míos; quería estar en mi hogar, ver a mis amigos, comer comida real… Mis médicos, todos se negaron a dejarme ir. Me dijeron que era muy riesgoso, que tenían que mantenerme hospitalizada con vigilancia y medicamentos 24/7 pero les dije que no, que eso no era lo que quería y hasta les mencioné que no podían retenerme ahí si yo no lo aprobaba como paciente. Miré a Fausto y se lo pedí por favor, que me dejara ir. Y me puse a llorar porque sentía que iba perdiendo el encuentro con ellos.

Mi otra hematóloga, la dra. Tejeda fue quien habló luego de ese silencio incómodo. Me dijo que tenían que poner en orden los papeles, hacer una hoja de alta y responsiva donde yo y mi mamá firmáramos de que me iba bajo mi responsabilidad y que dejaba cualquier tipo de tratamiento. Que todo eso más o menos tardaría unas tres horas porque tenían más cosas que hacer con otros pacientes. Le di las gracias. Fausto no me dijo nada y le pedí hablar con él a solas. Él es la clase de médico joven, humano para su profesión, con una paleta siempre en la boca, así que pude cotorreármelo un poco mientras le expliqué el porque de mi decisión. Y fue el único que supo de mis deseos de morir en secreto. Me preguntó porqué no le había dicho nada y mi respuesta fue directa: “Por que hasta ayer no sabía que quería”. Nos abrazamos y no me dijo más pero fue él quien arregló todo para mi alta.

Al final nos despedimos emotivamente; me pidió que me cuidara; me besó en la mejilla y me abrazó lo más fuerte que se lo permití por el dolor físico. Le di las gracias por todo, hasta por dejarme pelona, bromeé. Y abandoné el hospital. El primer rayo de sol en mi rostro después de no sé cuántos días fue delicioso.

Esa misma tarde me ingresaron de urgencia a lo que es mi hospital actual: La Raza. Estuve internada hasta media noche, cuando me dieron de alta con consultas, estudios, cuidados y medicamentos por delante. Camino a casa todo me dolía; tenía el cuerpo lleno de cicatrices, de parches, de moretones causados por el tratamiento, por las agujas, por mi enfermedad. Me sentía tan exhausta emocionalmente y mi aspecto facial dejaba mucho que desear pero por primera vez vi todo claro.

Tuve que tocar fondo para levantarme y pelear por sobrevivir. Y lo agradezco. Estoy agradecida por haberme deprimido y haber visto el lado más oscuro de la vida solo para despertar y recordarme de donde sacar fuerzas, ánimo y aguante.

Todos me llaman guerrera pero el 17 de diciembre de 2012 fue cuando me lo creí y decidí luchar por mi y para mi; fuera lo que fuera en el tamaño en que se me presentara, no me dejaría vencer, ya no perdería la esperanza, ya no dejaría de sonreír y si algo me tenía que suceder, no iba a ser a la fácil. La muerte me iba a encontrar peleando y me reté y reté a la vida.

Ese fue mi momento de respirar profundo, atarme bien el pantalón y hacerle frente porque sabía que si había despertado un día más, no era por coincidencia. Ahí decidí vivir.

Un año después, aquí estoy. Con más salud y planes con la vida de los que me hubiera imaginado. Obvio también 2013 ha sido de pruebas, mucho hospital y cirugías, pero lo he llevado bastante bien para todo lo que se presentó.

El otro día leí una frase que decía “Ojalá pudiera editar mi vida”, y ni siquiera lo pensé: Yo no editaría la mía, muchísimo menos los dos últimos años. Mi vida está bien así porque gracias a todo lo que ha pasado y al diciembre del año pasado, soy lo que soy ahora.

Y si me lo preguntan, sí: Yo me quedo con la versión larga de mi vida.

Yes I am prepared
To stay alive
Race, life’s a race
And I’m gonna win
Yes, I’m gonna win
And I choose to survive
Whatever it takes.

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lo que pensamos
Lo que pensamos es un proyecto que inicia con un grupo de amigas, sus ganas de escribir y mostrar al mundo lo que tienen en el borrador.

Te invitamos a leer el perfil de las colaboradoras, que estarán escribiendo *cada semana*, a menos que un grupo de alienígenas ancestrales las secuestren y les impidan contarles sus aventuras hasta que regresen.

@_loquepensamos

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