No creo en el matrimonio, dije


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*Después de leer el post “Matrimonio y otras historias de terror” de mi querida y muy admirada Priscila Sánchez empecé a escribir un comentario que terminó convirtiéndose en un texto de casi tres páginas. Esta es mi primera colaboración. Muchas gracias por invitarme.

Hace varios años estaba firmemente convencida de que no quería casarme. Para qué, pensaba. Siempre consideré que las bodas son el súmmum de lo kitsch y la cursilería. No entendía –y aún no entiendo- cómo la gente es capaz de gastar hasta lo que no tienen en un evento social de unas cuantas horas de duración.
El día que encuentre a la persona que ame, no necesitaré de validar mi relación ante un altar o registro civil. Esa era mi respuesta cuando me preguntaban si quería casarme (en su mayoría tías metiches y alguna que otra amistad de mis padres). Viviremos en unión libre y seremos felices sin casarnos, decía con un aire rebelde. ¿Y si tu pareja es quien quiere casarse? ¿Qué harías en ese caso? Pues si de verdad me ama y quiere estar conmigo, le bastará con que vivamos juntos. Yo no me pienso casar, subrayaba con un tono tiránico.

Bien dicen que nunca hay que decir nunca; que un hablador cae más rápido que un cojo y que nunca hay que decir de esa agua no beberé y así sucesivamente.

A mis 22 años me enamoré como una idiota de un español. Él me convenció de que me mudara a Madrid con él para “ser felices por siempre”. En medio de nuestro idilio –o mejor dicho, por idiotas-, nos olvidamos de los trámites migratorios y caímos en la cuenta de que no podía quedarme en España como turista para siempre. Bueno, me dijo él, pues lo podemos solucionar muy fácil: Nos casamos. Me quedé helada. Vamos temprano un día al registro civil, nos casamos y luego hacemos una “fiestuquis” aquí en casa–cito textual- para celebrarlo. Sonreímos ante la idea, pero la verdad es que, por dentro, no estaba nada segura de querer casarme así. En ese entonces, éramos felices y nos queríamos, pero el pensar en casarme con él, más que hacerme sentir realizada, feliz y completa; me parecía más bien como una divertida travesura. Mis padres odiaron a mi novio español desde un principio y siempre supieron que esa relación no iba a llegar a ningún lado, pero en ese entonces yo estaba dispuesta a hacer todo lo que fuera necesario para demostrarles que estaban equivocados.

La intuición de mis padres no falló y un año después regresé a México con la cola entre las patas y una depresión gigante. Afortunadamente no me casé con el español, no sólo por las famosas diferencias irreconciliables, sino también porque habría sido una pesadilla divorciarse por el papeleo y demás.

Después de eso, juré que jamás iba a enamorarme otra vez. Mis planes eran muy simples: después de terminar la carrera voy a estudiar una maestría, voy a ser una chingona en mi campo y no necesitaré de ninguna relación –y mucho menos matrimonio- para ser feliz. Ajá.

Dos años pasaron. Yo ya estaba en la maestría y después de una clase en la mañana, me fui a desayunar a mi lugar favorito, situado convenientemente a una cuadra de la universidad. Y mientras yo me encontraba muy concentrada devorando mi desayuno, noté a un hombre alto, con lentes de sol. Qué guapo, pensé. Él se sentó en una mesa cercana a la mía, pidió un espresso doble con un español claro, pero con fuerte acento extranjero. Me puse nerviosa, y tuve la certeza absoluta de que él iba a voltear y hablar conmigo. Do you speak English? Me preguntó luego de unos 5 minutos en los que yo sentía que no paraba de observarme. Yes, I do; le contesté, sonrojada. Me dijo que era polaco, pero que llevaba varios años viviendo en Sídney. Fue amor a primera vista.

Al poco tiempo de conocernos, mi adorado polaco me preguntó que qué pensaba del matrimonio. No creo en el matrimonio. Siempre he pensado que vivir en unión libre es más que suficiente. En su cara noté un atisbo de perplejidad. Yo no lo descarto, me dijo. Y no volvimos a tocar el tema.

Siete meses después, me mudé con él a Sídney. Obviamente, batallé un poco con el miedo a que la historia se repitiera. Pero, afortunadamente hay diferencias abismales. Por ejemplo: a mis padres les cayó de maravilla desde el momento en el que lo conocieron y apoyaron mi decisión de irme al otro lado del mundo.

El año pasado nos fuimos a Tailandia a celebrar nuestros cumpleaños. Los dos cumplimos en Mayo. Y un día: Would you marry me? Me preguntó sonriendo y con lágrimas en los ojos. Le contesté que sí llorando de alegría.

Empezamos a planear nuestra boda. Inicialmente, queríamos hacerlo en México. Descartamos casarnos en Australia no sólo porque le queda lejos a todo el mundo sino también porque si de por sí es caro casarse, acá hay que añadirle varios ceros a todas las cifras. Como ninguno de los dos tiene experiencia en planear bodas, pensamos que era algo fácil. Error. Hay que pensar en la lista de invitados –lo cual es un dolor de cabeza en sí porque si no invitas a tal o cual se van a ofender o te ves forzado a invitar a familiares que ni siquiera conoces bien o te caen bien-; en alquilar un salón, terraza o jardín, decidir qué bebidas se van a servir, cuánto tiempo va a durar la recepción, si habrá canapés o banquete, de día o de noche, DJ o grupo, arreglos florales, etcétera, etcétera, etcétera. Ah, y en nuestro caso pagar boletos de avión y hospedaje a los amigos polacos y a la familia de mi novio. Después de ponerme en contacto con una amiga que se dedica a planear eventos, me explicó todas las cosas que hay que tomar en cuenta. Terminé con dolor de cabeza y estresada. Me pregunté cómo le hacen para planear estas cosas y más aún, pensé en esas ansias locas que le entran a la gente de echar la casa por la ventana y me dio vértigo. Le dije a mi novio que esto de planear bodas es mucho más complicado de lo que pensábamos. Discutimos las posibilidades y nos dimos cuenta de que hacer recepción y tal no es lo que realmente queremos. Es nuestro día, nosotros somos los que nos vamos a casar. ¿Realmente necesitamos de todo ese circo?

Nos amamos y queremos pasar el resto de nuestras vidas juntos. Eso lo hemos sabido desde el día que nos conocimos. Suena cursi y sé que quizá estoy torturando al cliché, pero así es.

Hemos cambiado los planes. Estamos considerando casarnos en Polonia en lugar de México. Queremos una ceremonia de lo más sencilla. Mis padres, mi suegra (mi suegro, murió hace varios años y desafortunadamente, no tuve el honor de conocerle); mi hermana, su esposo e hijas. Una lista de invitados muy corta, pero finalmente son ellos con quienes quisiéramos compartir ese momento. No es que no queramos festejar con nuestros amigos, es sólo que queremos que ese día sea nuestro, íntimo; junto a las personas con las que hemos crecido y que amamos y nos aman incondicionalmente. Ya habrá oportunidad de celebrar con nuestros amigos y ponernos una borrachera épica. Además, tendremos un gran pretexto para celebrar a lo grande en México, Polonia y Sídney.

Soy feliz y no tengo miedo o vergüenza a decir que sí, que casarme con el amor de mi vida me hace feliz. Pero no es el hecho de casarme en sí, sino de saber que he encontrado al amor de mi vida. La ceremonia es simbólica. Para nosotros, es como si ya estuviéramos casados.

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Lo que pensamos es un proyecto que inicia con un grupo de amigas, sus ganas de escribir y mostrar al mundo lo que tienen en el borrador.

Te invitamos a leer el perfil de las colaboradoras, que estarán escribiendo *cada semana*, a menos que un grupo de alienígenas ancestrales las secuestren y les impidan contarles sus aventuras hasta que regresen.

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