No tirar la toalla


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Regreso de un día estresante del trabajo, uno parecido a los otros tantos que he tenido en las últimas semanas o meses, ya perdí la cuenta. Vengo de una oficina, de leer todo el día, de estar sentado en una oficina sin ventilación. Es una situación difícil, me digo a veces. Hay días en los que me gustaría ir más allá de lo que hago, de correr tras mis ambiciones. Y lo hago, poco a poco.

Hay días en los que deseo renunciar, dejar el lugar y salirme a pasear, a contemplar la vida y dormir. Pero no lo hago, pues sé que las cosas deben ir despacio, que la voluntad debe prevalecer de cierto modo para que los planes sigan su curso. No puedo irme porque necesito seguir avanzando, y, sobre todo, necesito pagar la renta. No es fácil malabarear dos o tres proyectos y a la vez tener un trabajo de nueve horas y media (¡nueve y media!) de oficina, pero la comida no se paga sola.

Hay veces que se deben hacer pequeños sacrificios de comodidades, como la de dormir dos horas más o despertarse sin alarma alguna más que la luz del sol; se debe mantener la necedad cuando llega la pequeña voz molesta que viene a decirme que voy a fracasar en mis empresas, que están prontos a despedirme, que no vale nada de lo que hago. Ahogo la voz lo más que puedo y sigo con lo mío, busco lo que necesito, hago el esfuerzo de lo que quiero, porque nadie me dijo jamás que las cosas iban a ser sencillas.

El otro día platicaba con una amiga y le decía justo esto: tener la emoción de que aquello que deseas ya está en movimiento, lento o rápido, pero la inseguridad inherente a la incertidumbre del futuro y no tener por cierto que aquello que quieres vaya a funcionar o a suceder. Ella me contesta que lo mejor que se puede hace es justo lo que hago, seguir paso a paso, porque lo estático es lo que nos prepara para el fracaso y el autosabotaje; no hacerle caso a la vocecilla y apostarle todo a las cartas que tenemos. “Mostrar las cartas al mundo para que él te muestre las suyas. Es un acto de fe ciega.”

Así que, con los ánimos alicaídos, llego a mi casa y me pongo a hacer lo que tenga que hacer, aunque tenga que necear bastante o tenga que moverme poco a poco. Llego a buscar cosas por internet en vez de dormirme, a leer documentos, a escribir cartas, a hacer papeleo, a investigar y espiar a aquéllos que hacen justo lo que yo quiero hacer. Pienso en lo pesado que es despertar a las seis de la madrugada, pero enseguida me recuerdo que es algo necesario para poder llevar a cabo todo lo que necesito hacer.

Nadie dijo que, para obtener lo que queremos, el camino iba a ser fácil.

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Andrés Borchácalas

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