Por las que no sabemos nada del amor.


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Somos seres amorosos de nacimiento. La emoción que se transforma en las diversas ideas del amor que cada uno de nosotros tenemos, comienza desde que somos niños, se van esculpiendo en nuestro cerebro y detonan parte de nuestras acciones futuras. De esto depende que después de un par de citas con algún pasajero, acabemos con nuestro espíritu devastado; incluso con el bolsillo lastimado. Y quizá, sucede lo contrario, de pronto recibimos la bendición de conectarnos espiritualmente con alguien que nos inspira a ser mejor persona, aunque el destino de toda dicha amorosa generalmente nos lleve a la fatalidad. Porque el amor muchas veces se despide por la puerta trasera. Pero vale la pena alcanzar la gloria, ¿cierto?

Me cuenta mi amigo J, quien es científico del cerebro y sensible artista, que todos tenemos dos amígdalas en el cerebro, las cuales determinan cómo vemos a la otra persona; es decir, a nuestra pareja o a nuestro amante, por ejemplo. Tan pequeñitas amígdalas que son responsables de caer en la perdición del amor.

¿Podemos controlar esas amígdalas? No sé. ¿Quizá alimentarse con más pepinos, comer cada mañana la pulpa del mangostán cultivada en las Islas de la Sonda, bajarle a los tacos al pastor o comer el doble de chocolate?, qué se yo.
La respuesta es No. Lo que sí podemos hacer es aprender a comprender cómo nos afecta. Las amígdalas solo tienen 300,000 neuronas cada una. Las pequeñuelas han sido esculpidas cada una con nuestras propias historias, sobre cómo nuestros padres nos han cuidado, lo cual suele ser imperfecto, así que no debe extrañarnos la cadena de errores que hemos cometido hasta ahora. Enamorarnos de la persona equivocada.
Y es que cuando una persona entra en una relación, lo hace fincando  sus propias esperanzas, sueños, necesidades y deseos. Cada uno de nosotros tenemos nuestras propias necesidades. Algo que también me contaba mi amigo J es que cuando dos almas entran en contacto íntimo, entran en escena diferentes moléculas complejas, y rara vez forman una unión segura y estable; el amor es un suceso milagroso.
Sabemos que cambiamos todo el tiempo, ¿correcto?. Siempre estamos en movimiento, y nuestras necesidades cambian con el tiempo también. Si nos ponemos atentas a esto y lo recordamos cada vez que tenemos alguna cita o comenzamos una relación con alguien, considerar que si cumplimos biológicamente con las necesidades del otro y logramos establecer la confianza íntima, entonces puede surgir el hermoso milagro del amor; esto implica la decisión de acomplarnos o adaptarnos mutuamente, entonces decidimos que queremos amar y cambiar, juntos. Eso es hermoso.

Pero establecer esa confianza íntima requiere que cada uno comprenda y acepte plenamente nuestras necesidades más íntimas y privadas. Debe existir una reciprocidad.
Voy a ser más clara.  No podemos esperar que el acompañante frente a nosotros, con quien estamos pasando una estupendo día porque reimos a carcajadas, por ser el hombro sobre el que te apoyas mientras ven una película cursilona, quien es la misma persona que te susurra al oído que eres la más guapa y la más inteligente. Aunque me presumas que follan como si no hubiese mañana y que además te prepara el desayuno al día siguiente o te lleva el café en la oficina -aún con todo eso te diré-, que es probable que esa persona no se quede a tu lado, porque él y sus amígdalas cerebrales decidieron que tú no eres la indicada.
Para enfrentarse al histórico dilema de las relaciones amorosas en épocas modernas, podríamos comenzar por aceptar que cada quien tiene deseos y necesidades muy diferentes. Toparse con el compañero de tus días es un suceso realmente complejo así que tampoco se vale autoflajelarse y que andes por la vida  al grito de “soy mucha mujer para tan poco gusano” o algo como “yo no nací para amar, nadie nació para mí”. Mejor, ten paciencia.
Quien desea estar contigo es porque ha decidido que tú eres la acompañante de sus días, sus moléculas revolotearon y se sienten felices con las tuyas.  Sabe quien eres, esta consiente que no te gusta bañarte los sábados o que corres desnuda por la casa con las ventanas abiertas, que pesas 40 kilos o eres talla 15. Esa persona sabe todo eso, pero a sus amígdalas no les importa, vamos, qué tal si de pronto él mismo se anima a correr desnudo con las ventanas abiertas de su casa, nomás por el puro placer de acompañarte, de acoplarse a ti, porque le hace feliz tal como eres, con tus retos, tus aspiraciones, tus miedos, tus conquistas. Eres humano, no eres perfecto y esa persona tampoco, pero se encantan, se desean, se enamoran. Eso se nota.
*El arte que adorna la portada de este artículo es de Randy Mora. Bogotá, Colombia.
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Karla Cerecero

Antropóloga y mercadóloga. Exploradora de la vida y cositas del más allá.


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