Puentes que (no) son


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20150919_120446Al final del Bósforo, tras haber recorrido en barco ése estrecho que divide Europa de Asia, habiendo ido del Mar Mármara hacia el Negro, llegué a un puente que no tenía medio. Tenía principio y final, pero no medio.

Es decir, uno podía empezar a irse, pero nunca irse del todo. O bien podía empezar a volver –si es que se nos ocurriera que tal hazaña es posible–, según desde dónde se mire el ir o el venir.

También podría una caminar hacia la mitad –que vendría siendo más bien una especie de punto final– y brincar.

Viéndolo bien, no es una mala propuesta: brincar hacia lo que siga, hacia los caminos que estarán más allá de la línea en que los puentes parecen terminar.

De cualquier forma, yo nunca sé si estoy dando un brincote o sobreviviéndole al día. Y no creo, sinceramente, que un solo ser humano haya sido capaz de reconocer cuando su acción individual sentó precedente en la historia humana.

Newton se dejó la vida observando las cosas caer. Quizá su madre, o algún amigo, le habrá dicho más de una vez que dedicarse a tirar objetos, a seguir la trayectoria de aquello que va en camino a romperse, que quedarse mirando y calculando la velocidad con que una sola cosa se aproxima a su madrazo final, no era –por decirlo de algún modo- una perspectiva optimista para un hombre como él.

Afortunadamente, a Newton le gustaban las cosas en su caída.

Más afortunadamente, hay puentes que no cruzan continentes pero que abren y cierran abismos para una.

M.

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Mercedes Alvarado
Me llamo Mercedes // No estoy enojada, así hablo // Aquí se siente en mexicano. //
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