Qué bonito es el perro amor.


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Hace unos días vi por 4ª vez la película “Hachiko”; cada una de las veces que la he visto, lloro como si quisiera que toda el agua de mi cuerpo saliera en esos segundos de drama cinematográfico. Drama o catarsis total, como lo quieran llamar, pero esta vez, al berreo incontenible se le unió un mar de amor inmesurable. La causa: Waffle.

Sí, hace casi dos meses llegó un cachorro ojiazul de 4 meses a mi vida. Un perrito de raza única con una mirada tan tierna y llena de miedo a la vez, que me cambió la vida (y el sentimiento al ver una película que involucre a un perrito).

Los primeros paseos que dimos juntos por la calle y en el parque fueron una odisea. Cada que un perro o  persona, que se cruzaban en nuestro camino, quería interactuar con él, provocaban que con gran temor corriera a esconderse entre mis pies evitando cualquier contacto con ellos. Cada día involucraba paciencia y mucho amor para lograr que tuviera confianza en mi. Se hacía pipí cada que alguien de mi familia llegaba a la casa y lo saludaba, le ladraba a las sombras y a su reflejo. Cualquier cubeta era motivo de ladridos sin parar escondiéndose tras cualquier cosa que hubiera cerca. Le aterraba el auto, se estresaba mucho cuando veía que tenía que subirse a él, le latía el corazón velozmente y si el camino era de más de 10 minutos, vomitaba o salivaba excesivamente.

Lo llevé al veterinario, y ahí me hicieron saber que manifestaba características de un perrito sumiso, condición adquirida como resultado del maltrato que había sufrido en su anterior casa, por gente con paciencia escasa y que nunca pensó que tener un perrito implicaba tiempo, dedicación y amor. Su sumisión lo demostraba al orinarse cuando alguien que lo quería, lo acariciaba, pues para él, hacerse pipí era un gesto para agradar y ser aceptado. Cuando el doctor me dijo que el comportamiento de Waffle se debía a alguna especie de maltrato, sentí que se me apachurró el corazón pero decidí que lo haría el perro mas feliz del mundo.

Dos semanas en su nueva casa bastaron para que Waffle modificara su conducta. Aprendió a hacer sus necesidades fuera de casa y dejó de hacerse pipí cada que alguien llega a casa y le da afecto. Cada mañana solloza tras la puerta avisándome que quiere salir al baño y a dar su primer paseo; es un perrito más sociable y, aunque aún le dan miedo algunas personas y varios perros, ya juega con algunos y les da lengüetazos a otros. Ama los huesos de carnaza, la manzana y entrar corriendo a mi cuarto todas las mañanas para echarse a tomar el sol. La única vez que me ha escuchado llorar, se puso a sollozar como yo y a lamerme las manos cariñosamente.

Nunca podré entender qué tanto enojo puede tener una persona en su interior para pegarle o tratar mal a un ser que no puede defenderse, sin embargo, sí puedo entender cuánto amor provoca en uno esa mirada noble, el sollozo de cada mañana, esas lengüeteadas cariñosas y esa agitación de un lado a otro de la colita cuando te ve. Qué bonito es el perro amor.

Waffle

Comentarios
Val Flores
Amo los días soleados, sonreír y comer.
Soy adicta al chocolate, a buscar mi estrella en el cielo, a ver el conejo en la luna y a cocinar gorduras.
Creo firmemente que el amor es un estado del ser y, por tanto, contagioso. Soy muy feliz y diario agradezco mi tan fabulosa vida.
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Amo los días soleados, sonreír y comer. Soy adicta al chocolate, a buscar mi estrella en el cielo, a ver el conejo en la luna y a cocinar gorduras. Creo firmemente que el amor es un estado del ser y, por tanto, contagioso. Soy muy feliz y diario agradezco mi tan fabulosa vida.