Qué dirán


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Nos han mentido siempre. Desde chicos nos han dicho dos cosas contradictorias: no debe importarnos lo que los demás digan, pero que debemos guardar las apariencias. Luego por qué crecemos tan confundidos sobre qué hacer con nuestras vidas. La pregunta que a todos nos surge es a cuál de las dos debemos hacerle caso. Tal vez sea cuestión de criterio.

Empecemos con la primera declaración de verdad.

Es muy común que la gente me diga que me preocupo demasiado por lo que los demás digan, o al menos me lo digo yo. Afirman (o afirmo) que debería importarme menos, pero no puedo dejar de sentir cierta intranquilidad ante esta propuesta. ¿No somos acaso una especie gregaria cuyos individuos necesitan congregarse para sobrevivir? Nadie mueve solo un escritorio de madera de quince kilogramos y dos metros de largo, mucho menos hace una mudanza completa sin ayuda. Necesitamos del otro, y por eso mismo necesitamos que nos importe un poco lo que el otro dice.

No se trata de tomar la postura opuesta y sólo hacer lo que los demás dicen y dicten. Hay que tener un poquito de criterio propio (aunque sea muy difícil para muchos conseguir un poco). Hay matices, pues. Prestamos atención a lo que sabemos es una retroalimentación que podría ayudar a esa convivencia cotidiana. Pensemos por un momento en el trabajo. Es claro que nos importa lo que los compañeros y jefes piensen de nosotros. Por eso nos vestimos de tal modo, nos comportamos de tal forma. Se hace una especie de concesión para poder sobrevivir e incluso es importante saber qué opinión tienen los demás, aunque no por ello debamos cambiar todo lo que somos. También hay límites.

Es aquí donde entra el asunto de recato, que es de cierto modo el contrapunto: guiarnos sólo por lo que los demás irán a decir de uno y perder por completo la visión de que somos entes individuales que son de cierto modo independientes en elección. Claro, uno debe elegir los grupos donde se sienta más cómodo y de ahí partir para funcionar como grupo.

Intento pensar en el caos que podría surgir de que todos fuéramos por la vida sin interesarnos en lo que los demás piensen de nosotros. Tal vez es un tanto idílico, pero siempre tenemos alguien quién nos importa lo que pueda pensar, alguien de nuestro grupo. De otro modo, podríamos volvernos ermitaños porque corremos el riesgo de volvernos insensibles a los límites de los demás y empezar a traspasar barreras que pueden minar los derechos de otros.

No se trata de restringirnos por lo que los demás dicen, sino de tener un criterio propio sobre qué es aquello que puede servirnos como individuos de lo que los demás piensan y dicen, así como nosotros podemos ayudar a los demás. Es una retroalimentación que va en ambos sentidos.

Digamos que es un ejercicio de pensar en uno mismo y en la ética propia, no en la moral externa. Decidir qué es lo que para mí está bien y en qué puedo mejorar y cuales cosas puedo ignorar de lo que los otros dicen (porque, la verdad sea dicha, hay mucha gente imbécil allá afuera que siempre está diciendo a los demás qué hacer sin saber bien si al otro le funcionará o no). Después de todo, son pocos los que viven completamente solos.

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Andrés Borchácalas
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