Qué sí es y qué no es la depresión – Parte VII – Las medicinas


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Hace tres años y medio que tomo varios chochos. El primero fue Epival (Valproato Semisódico, 500 mg).  No saben el miedo que me dio tomarme esa primera pastilla.

Me acordé de cuando en la casa donde vivía con mi madre y algunas de mis hermanas, arriba del microscópico refrigerador, había un plato con diferentes medicinas, Tafil, Tegretol… Un día mi mamá me dio una que porque me hacía falta. Yo sólo había visto a mi hermana la mayor tomar medicinas y no me gustaba el resultado. Hice como que me la tragué y la escupí en cuanto pude.

Epival. Rosita. Huele a dulces confitados. Me lo mandaron porque tras un electroencefalograma descubrieron que tengo disritmia permanente en el lóbulo parietal frontal izquierdo. Vaya, un cuarto de mi cerebro saca chispas.

Me lo tomé. Me fui al sillón de la tele. Durante muchos años mientras veía la tele le preguntaba a quien me estuviera acompañando: ¿Oyes eso? ¿Ese piiiiiiiiiip bajito como zumbido? Nadie lo oía más que yo.

Pasaron un par de horas y de repente dejé de oir… o tal vez comencé a oir todo con claridad. El ruido detrás de mis pensamientos se había ido, ese ruido gris como zumbido.

A las pocas semanas dejé de tener pesadillas, y poco poco dejé de ver cosas que nadie más veía (hablo de luces y sombras, no de un sargento del FBI que me obliga a encontrar códigos en los periódicos locales).

Desde mi última recaída he tenido que tomar más chochos y en dosis más altas. La semana pasada en jueves podrían haberme declarado zombie. Traía encima 1 mg de Rivotril, 50 de Seroquel, 750 de Epival y los 40 de Prozac la neta no daban competencia.

Era un bulto. “Lupita, ¿tengo las piernas hinchadas verdad?” Creo que pregunté eso unas cinco veces. Mi jefe me mandó a la casa. Yo había previsto dos días de vacaciones después de la visita el lunes al psiquiatra pensando en que me cambiarían los medicamentos y habría un ajuste y no quería que en la oficina me padecieran. Sin embargo dos días fueron muy pocos. El jueves no podía ni caminar, mi querida LaPla me llevó a casa en su coche… Paréntesis importante.

Viajar en coche es una de las cosas que emocionalmente más me cura. Cuando no estaba diagnosticada y simplemente me soltaba llorando o me sentía a punto de morir, le pedía a mi marido que saliéramos a manejar. Teníamos una GEO Tracker amarilla a la que llamábamos El Pollo. Y con la camioneta descapotada nos íbamos a darle vueltas a Interlomas, a Santa Fe… yo lloraba o cantaba pero mientras me iba paseando me iba componiendo. Menos mal que mi marido prueba coches for a living…

Ese jueves llegué a casa me metí a la cama y me perdí. Al día siguiente Lupita y mi marido me vieron en calidad de zombie y para el sábado ya estaba un poco más recuperada.

Hoy lunes estoy no zombie. El Prozac está haciendo su efecto y poquito a poco, me están quitando el Rivotril.

Muchas cosas están cambiando en mi vida, muchas muchas muchas, pero las medicinas y mi familia son constantes. De hecho mi vida por fin tiene constancia por culpa de las medicinas y de mi familia. Huevo y gallina que se persiguen eternamente.

Lo único que lamento de estar drogada es que los demás tienen que soportarme, y eso consume un chorro de energía y hace que la vida de los demás se vuelva la vida de uno. Uno es el protagonista de la vida de los demás simplemente porque no da espacio a nada.

Dios es Woody Allen, se los juro. En este guión hace todo irónico e irrecompensable nomás por hacernos sufrir… para poder tocar jazz.

 

Publicado originalmente en Echar Chal el 23 de abril de 2012
Comentarios
Maríaisabel Mota
Content Creator. Vivo en eterno Social (Media) Rehab. Creo en la Revolución Fiscal. Surfeo el caos. Investigo usando @ComamosPalabras. Estoy escribiendo @ElDepreBook
MariaisabelMota

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