Quiérete poquito primero.


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Siempre he pensado que el cambio de año NO debería representar un punto de partida en la vida de nadie. Uno debería poder (re)construirse cada que le sea necesario y sin necesidad de iniciar una vuelta más al sol pero, para poder reconstruir algo, se necesita destruirlo primero y hablando de uno, a veces puede ser un proceso inconsciente y doloroso.

Hace no mucho terminaba una relación al mismo tiempo que entraba a la licenciatura. En ese momento yo era un mar de emociones contradictorias porque acababa de pasar mi cumpleaños y me sentía feliz por mi festejo y triste por la forma en que se dio la ruptura con mi entonces pareja. Sin embargo, la tristeza no me duró mucho pues de inmediato, casi como un acto derivado de la obsolescencia programada en el que un ‘amor’ deja de funcionar y me veo en la ‘falsa necesidad’ de adquirir uno nuevo, me interesé en una persona que recién conocía.

Empecé mal, confundí admiración con amor y lo convertí en un capricho. Me hice daño a nombre de otro sólo para tratar de comprobarme que podía querer de una forma bien bonita sin ‘cagarla’y,  sin darme cuenta, caí en la trampa del amor idílico y la alimenté con inseguridad y el propio capricho.

¿Los resultados? todo el tiempo estuve tratando de quedar bien a través de regalitos, poniendo en oferta mi cariño de manera inconsciente; terminé por arrojarme al alcohol para poder mandar mensajes desesperados con la seguridad de que se justificarían mis acciones por la cantidad de ‘sustancias nocivas para la salud en mi cuerpo’ y mi juventud, porque claro, la persona de la que hablo tiene 21 años más que yo y seguramente alguna vez vivió lo mismo, pensaba.

Empecé a destruirme y no lo sabía, pero sí sentí el dolor que provocaba. Toqué fondo o aterricé, no sé cómo llamarle pero me di cuenta de mi autosabotaje cuando le envié demasiados (demasiado, según Luis Morales, es más de lo necesario) mensajes el 14 de febrero del año en curso, suplicando una pizca de cariño; ¿cómo me atrevía a implorar algo que ni yo misma me estaba dando? En un principio los mensajes fueron atendidos con amabilidad y después ignorados, ¡estaba convirtiéndome en una acosadora!

No quería eso para mí y, como por arte de magia, mi mente trajo a ella la imagen del primer regalo que le hice: un cactus. Aquel que dejó morir en vacaciones por fin de año dentro del baño del sitio en que trabajamos; eso fue lo primero que vi al reanudar labores en enero y al recordar lo triste que me sentí, decidí terminar de destruirme pero lento, de manera consciente y con el cuidado necesario para dejar de dañarme en el camino. Quise avanzar hacia mi reconstrucción y rehacer el pacto conmigo misma y con mi cuerpo de querernos, de quererme y no sólo poquito sino lo necesario.

Claro que duele deshacerte de todas las ideas que el amor idílico te mete en la cabeza, y seguramente me abriré paso con nostalgia ante el siguiente encuentro ‘amoroso’ que tenga/llegue/construya pero con la seguridad que me provoca saber que la idealización debe ser superada para disfrutar de lo real, en donde siempre deberá existir un gran, bonito, sincero y saludable amor por mí misma.

En mi caso, enero no fue mi punto de partida, tampoco febrero y menos los mensajes, esos fueron el detonante. Mi punto de partida fue la memoria.

 

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Lo que pensamos es un proyecto que inicia con un grupo de amigas, sus ganas de escribir y mostrar al mundo lo que tienen en el borrador.

Te invitamos a leer el perfil de las colaboradoras, que estarán escribiendo *cada semana*, a menos que un grupo de alienígenas ancestrales las secuestren y les impidan contarles sus aventuras hasta que regresen.

@_loquepensamos

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