Seis días (casi) desperdiciados


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Martes. Día cero.

Toda historia comienza cuando menos la esperas. Empecemos con un día común de trabajo, corrigiendo un texto, el sol entra por el vidrio y empieza a quemarte y a hacer pesado el aire por falta de ventana. De la nada, violentos estornudos. Achú, uno, achú, dos, achú, tres, achú, cuatro, achú, cinco, achú, seis, achú, siete, achú, ocho, ¿cuándo va a acabar? Nariz tapada. Salgo y me sueno la nariz. Regreso a la oficina y otra vez achú-achú-achú-achú-achú-… Demonios, me acabo de limpiar la nariz.

Salimos a comer, los estornudos desaparecen por unos minutos, hasta que es hora de regresar a la oficina. Empiezo a sospechar del perfume de alguna de mis compañeras, pero no digo nada hasta no estar seguro. Varios ataque más de estornudos, varios viajes más al baño para sonarme, los oídos los tengo ya tapados y la nariz me escurre ahora incluso sin estornudar. Termina el día. Salgo. Dejo de estornudar, pero ahora tengo un poco de frío. Es normal, fue una semana fría, pero fue la peor semana para que hiciera viento así.

Antes de ir a casa paso a la tienda de celulares a quejarme de que no me han portado mi número. Me dicen que el día siguiente ya estará listo. Regreso contento. En mi casa, la nariz me sigue escurriendo, y los escalofríos siguen existiendo. No le hago caso.

Cuando me voy a dormir, lo hago muy cansado.

Miércoles. Día uno.

Despierto varias veces en la madrugada con frío y comezón en la garganta. Cuando suena la alarma, siento la cabeza pesada, la nariz despejada, no así la frente y los oídos, la boca seca y el cuerpo más cansado que cuando me fui a dormir. Hay que ir al trabajo, de cualquier modo. Me baño, desayuno, me visto, tomo un paliacate y me cubro la boca para ir en bicicleta. Llego al trabajo sintiéndome un poco mejor, pero es pura farsa. En menos de dos horas siento el cuerpo peor de cortado, la garganta como lija, la boca pastosa, los ojos vidriosos, escalofríos y, finalmente, fiebre. No digo nada y sigo trabajando.

En la oficina nadie dice nada serio, sólo comentan que me veo cansado, con los ojos rojos. Les contesto que estoy bien, que no es nada, que sólo es un poco de febrícula. En realidad, estoy seguro que es fiebre porque así lo siento. Voy cada media hora o una hora al baño a poner las manos en agua fría y es lo más delicioso que he sentido en todo el día. Después de cada viaje regreso un poco repuesto, pero no dura más de media hora. Sobrevivo así hasta la hora de comida.

Paso al supermercado de la esquina y compro vitamina C, pañuelos desechables, pastillas para la garganta y comida para el resto de la semana, que es este día y el que sigue. Regreso a la oficina y me tomo un sobre de vitamina, preparo de comer y regreso rápido a mi trabajo: hace unas horas me dijeron que debo entregar a más tardar al día siguiente, jueves.

El resto del día pasa lento. Corrijo todo lo mejor que puedo con esta sensación de ojos calientes y cuerpo frío que de todos modos arde. Da la hora de salida y tomo la bicicleta a duras penas. Paso a la farmacia y compro un antihistamínico para alergias, creyendo que tengo una muy fuerte. Paso lentamente los empedrados de la calle para que no me duela más la cabeza con el traqueteo que hace la bicicleta al circular. Escucho la campanilla sonar un par de veces sin que yo jale la palanquita.

Llego milagrosamente a mi casa, preparo un té de jengibre, eucalipto, gordolobo y miel para tomar antes de dormir. Caigo muerto a las siete de la noche y no me despierto en toda la noche sino para ir al baño una vez.

Jueves. Día dos.

Sudé toda la noche, pero sospecho que ya no tengo fiebre. De cualquier modo, ahora me encuentro muy cansado. Ahora sí tengo la nariz por completo congestionada. Al menos ya no siento el cuerpo cortado, pero la garganta me empieza a lastimar más. La reviso con una lámpara de mano: no hay puntos blancos y sólo se ve ligeramente inflamada. Me baño, desayuno, salgo al trabajo. Camino, no es posible que me lleve la bicicleta y no tengo dinero para el metrobús.

Llego milagrosamente sin saber cómo. Aunque llego veinte minutos tarde. Mis jefas me ven con sorpresa, pero no dicen lo que creo que piensan: se alegran de que no haya faltado, porque estaban seguras de que lo haría. Me siento a trabajar y seguir corrigiendo y pasando correcciones en limpio. Hago esto todo el día, casi en automático. No pienso demasiado en nada, lo único que quiero es regresar a dormir a casa, poder respirar y que la garganta deje de arderme.

Así pasa todo el día. En la hora de comida apenas si toco lo que he calentado, me sabe mal y tiro dos de las seis croquetas de pescado. En menos de media hora estoy de regreso en la computadora incorporando correcciones.

Mando mis avances conforme voy liberando el trabajo. No sé bien qué estoy haciendo, pero lo hago medio dormido.

Da la hora de salir y no me importa no haber terminado. Me voy aunque sólo me falten diez cuartillas de correcciones por integrar. Regreso caminando y llego de puro milagro a mi casa. Mi madre me pregunta cómo estoy, que si estoy enfermo. Le contesto que es alergia y me manda los datos del médico. Lo ignoro por ahora, no lo creo necesario. De todos modos, no pienso gastar dinero. Vuelvo a preparar mi té y me vuelvo a quedar dormido a las siete. Tampoco despierto.

Viernes. Día tres.

Despierto, sudado. Pesadillas, pero no recuerdo cuales. Dormí mal, eso sí recuerdo bien. La garganta empeora y ahora no sólo está inflamada, sino al rojo vivo. No encuentro puntos blancos ni verdes ni amarillos. Siento un triste alivio. Al menos sigo sin estar enfermo, intento decirme, no tendré que gastar en médico, me aseguro. La nariz sigue congestionada. Me baño, desayuno y salgo caminando. El aire frío me lastima la garganta y no tengo con qué cubrirme. Camino los cuatro kilómetros que separan mi casa del trabajo con la mano sobre la boca y la nariz, lo cual alivia la sensación filosa en el fondo de la boca.

Llego tarde, nuevamente. No tenía dinero para el metrobús otra vez. Tengo que sacar algo para depositar en mi tarjeta, me digo. Termino el trabajo del día anterior en menos de dos horas y me asignan más trabajo. Intento llenar un reporte y no logro concentrarme. Me dan otro texto para corregir y me tardo en imprimirlo. En lo que resta del día sólo logro leer nueve cuartillas. Mi cabeza apenas si puede sostenerse en su lugar y yo sólo quiero regresar a casa a dormir. Lo bueno es que salgo temprano. Lo malo es que debo ir a la universidad a tramitar papeles.

Termina el día y salgo deprimido hacia el cajero automático. Espero media hora porque la gente no sabe utilizar las máquinas y se toma todo el tiempo que cree necesario para revisar todas sus cuentas bancarias. Estoy demasiado cansado para enojarme, así que sólo espero.

Consigo mi dinero y me encamino a la universidad, hago poco tiempo, pero debo caminar. El frío me sigue lastimando y el viento se ha vuelto más fuerte. Parece incluso que lloverá, pero no lo hace, no todavía.

Me dirijo a las cajas y pago por el trámite. Veo la hora. Las ventanillas de la facultad todavía estarán cerradas por media hora. Me refugio en la librería que está junto a las cajas y espero. Cualquier lugar es mejor que estar en el frío. Reviso mi celular. Ninguna llamada.

Da la hora y voy a las ventanillas, que tardan lo que me parece una eternidad en abrir. Entrego mis documentos y el señor que me atiende me recibe todo sin preguntarme nada ni pedirme identificación. Se acuerda de esto hasta que ya está por darme mis comprobantes. Le enseño mi credencial con indiferencia, como si fuera algo gracioso. Sella mis papeles y me dice que de cinco a ocho días hábiles puedo recoger mis documentos.

Tardo media hora en regresar caminando a mi casa bajo el sol y el viento. No soporto mi garganta. La reviso al llegar y veo sangre y un punto blanco en el fondo de la boca. Intento descansar. No lo logro. Me resigno a que tendré que gastar el dinero que ya no tengo en el mes y le pido información sobre el médico por mensaje a mi madre. Le marco para pedir cita el domingo temprano y me entero que mi número no es mi número cuando la secretaria quiere marcarme para confirmar la cita que mi madre sacó en paralelo para el sábado.

El resto de la tarde me dedico a ver videos en internet antes de dormirme. No me entero de a qué hora sucede esto.

Sábado. Día cuatro.

Despierto temprano con dolor de cabeza, congestión y hambre. Apenas si me puedo mover a calentar verdura congelada para comer mientras veo anime y espero que de la hora. Veo que el día está frío. Le pido a mi madre ayuda para ir, porque con este clima no creo poder caminar más de dos cuadras. Acepta de buena gana. Me baño un par de horas entes de mi cita, pues volví a amanecer sudado.

Llega la hora y mi madre. Me marca a la casa, mi teléfono sigue sin funcionar. Vamos al médico, quien me atiendo bien y rápido. Una rinofaringitis, nada grave, pero la hemos diagnosticado a tiempo. Si supiera que llevo tres días sin respirar bien, tal vez no me diría eso. O me lo dice a pesar de yo haberle narrado todo el cuadro. A veces el optimismo está en todos lados. Salgo del consultorio y quiero pagar, pero no aceptan tarjeta. Mi madre se ofrece a pagar y le digo que luego le daré el dinero. Finge no escucharme.

Luego pasamos a corregir mi número a la tienda de celulares. El dependiente tose más que yo y me da un miedo tremendo de que me contagie a mí, que estoy más enfermo que él. Toma mi celular, me pide mis números y me asegura que en unas horas ya estará listo todo y me da una tarjeta por si no lo está. Me despido y nos dirigimos a la farmacia, donde compramos todo lo que me recetaron. Mi madre me ofrece cuidarme en su casa, pero prefiero estar en la mía, así que niego su oferta.

Regreso y lo primero que hago es tomarme todas las medicinas. Me dice mi compañera de cuarto que vendrán amigos. De sólo pensarlo me fatiga. Le digo que está bien, que me encerraré en mi cuarto y que alguien vendrá a verme y a cuidarme todo el fin de semana. Me sonríe y yo desaparezco en mi cuarto mientras ve más anime.

A las pocas horas empiezan a llegar todos y los escucho a través de mi puerta. Las voces y risas atraviesan todo y me siento afortunado de no querer dormir en ese momento, porque seguramente no lo lograría. Llega ella y entra directamente a mi cuarto. Yo salgo a saludar a la gente, que me excusa por estar enfermo. Regreso y nos tumbamos en cama a ver series tontas y bajar películas.

El resto de la tarde y la noche la pasamos así, viendo la computadora mientras dormito. A media noche o antes nos metemos a las cobijas y me quedo dormido sin siquiera pensarlo. Sólo me despierto para tomar mis medicinas.

Domingo. Día cinco.

Amanezco mejor, pero muy cansado todavía. Ella me prepara un jugo con naranja, fresa, kiwi y guayaba. Una bomba de vitamina C para cortar la gripe, me dice. Me tomo de buena gana un litro de la pasta que resulta. La garganta todavía la siento inflamada, pero ya no sangra. Mi rumi y su novio salen de la casa todo el día y nos dedicamos a ver películas hasta la medianoche. Durante todo el día sólo comemos y vemos películas acostados en el sillón.

Lunes. Día seis.

Dormimos cerca de doce horas y vuelve a prepararme la misma pasta del día anterior, pero con piña en vez del kiwi y la fresa. Tardo más en tomarlo, pero no está mal. Mi garganta ya se ve normal, aunque se siente un poco inflamada. Ya no me siento congestionado. Nos tomamos nuestro tiempo en desayunar.

Vemos otras dos películas y algunas series. A media tarde ya estamos hartos de ver películas y nos quedamos tumbados en el sillón, pensando en que no queremos que sea martes porque eso significaría tener que regresar al trabajo. Negamos nuestra realidad en el sillón sin decir demasiado. Se hace de noche y ella se tiene que ir. Nos despedimos y espero la hora de mi medicina para irme a dormir.

Martes. Día siete. El regreso.

Siento que no hubiera descansado nada, pero ya no me siento mal. Me levanto, me baño y voy a la oficina. Trabajo, aunque sé que preferiría seguir enfermo. Mi teléfono sigue sin funcionar. Parece que nada hubiera pasado. Me dedico a corregir.

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Andrés Borchácalas