Sudor ajeno


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Antes de empezar, creo que debo hacer una advertencia: Si nunca has padecido ansiedad, tal vez esto no tenga sentido para ti. 
Esto *vomita*

Esto *vomita*

Estoy pasada de tamales. Sí. Lo acepto. Negarlo no me hace menos gorda, ni menos propensa a hipertensión, diabetes y todas esas cosas negativas que provoca el sobrepeso.

Así que… tengo qué hacer algo al respecto. Por salud, por la boda, por todo. Me inscribí al gimnasio más cercano a casa, junto con mi marido y empezamos a ir (también vamos al nutriólogo, pero eso de la comida es para otro momento)

Y debo decir que ir al gimnasio es una absoluta tortura para mí. He aquí las razones:

1. No soporto la idea de sudar donde otros han sudado. Desconocidos. Cuyos hábitos de higiene desconozco. Todos sudando en el mismo lugar. Tocando las mismas cosas, escurriendo… Ese olor particular a gimnasio, entre sudor añejo y cloro, digno de mis peores pesadillas. Hay un maldito trapo y una madre desinfectante junto a cada zona de aparatos. ¿No se les ocurre que por algo están ahí?

2. Ver too much de la gente. ¿Qué pedo con los que se cambian AFUERA de los vestidores? O las señoras que se encueran y caminan por todo el vestidor. O todos los que van a entrenar casi casi en ropa interior.

3. Los chatty. No te conozco y estoy intentado hacer cardio. De lo último que tengo ganas es de quitarme los audífonos y poner atención en otra cosa que no sea NO caerme de la elíptica. Eres un extraño sudando, neta no me hables.

4. El área de pesas. Tengo que pasar por ahí para ir al vestidor de mujeres. No saben el pánico que me da. No tengo una razón específica. Creo que me dan miedo/asco las personas llenas de bolas de músculo. Es algo irracional y estúpido, pero me pone muy mal. Y si están “cargando” a la mitad del paso y tengo que esquivarlos me pone peor. No me gusta que haya la posibilidad de que nos toquemos, no-no.

5. No saber si lo que hago está bien, pero no querer que me ayuden. Sí, así de incoherente. No, señor instructor en shorcitos-fluorecentes-todo-mamado, no. No se me quede viendo con cara de horror y venga a hablarme. No. Traigo mis audífonos y si me los quito probablemente me de un ataque de ansiedad. No me hable. Y usted, señora, deje de asomarse a mi máquina.

6. Todo el desmadre de llevar ropa en una maleta, cambiarme, sudar, cambiarme para no enfriarme, que la ropa sudada toque mi maleta, etc. Cambiarme en un micro espacio con otras ocho desconocidas, las cuales ocupan cualquier superficie disponible para sentarse o recargar mis cosas. Soy la antisocial que se mete a cambiar al baño o a las regaderas. Deja de verme, perra.

Para evitar que rompa en llanto o golpee a alguien con mi botella de agua, mi marido me acompaña, todas las tardes. Me explica con paciencia como hacer las cosas. Porque su sudor no me importa, porque no es un desconocido. Porque es algo que me motiva y me calma en medio de ese caos ruidoso lleno de extraños.
A él no se le olvida, como pasa con otros, que estoy enferma. No es que sea chillona o mamona. Estoy enferma y al igual que la gripa o la diabetes, no se quita “mejorando mi actitud” o “siendo más positiva”. Sé que algunas cosas de las que me quejo no tienen sentido. Pero no lo puedo evitar. Incluso hay cosas que me gustaría hacer, como entrar a una clase de, no sé, Zumba, sin tener miedo a caerme sobre alguien y que me llene de su sudor o a que la gente me vea (?)

No quiero regresar a tomar ansiolíticos,  ya funciono muy bien en la vida diaria sin ellos. Creo que me va a tomar un tiempo, pero lograré aplicar todos esos pequeños rituales que me hacen soportar otras situaciones cotidianas que me causaban ataques de ansiedad. Y quién sabe, igual y hasta podría disfrutarlo.

A él, muchas gracias. A ustedes, sean conscientes de sus fluidos corporales en espacios públicos.

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Steph Reg on Twitter
Steph Reg
Experta en dejar las cosas a medias.
Treintona, diseñadora que no diseña, le gustan perros y gatos.
Todo lo que dice su Tinder es verdad.

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