Tinitus: El achaque.


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Ya se acercan los festivales de primavera en el que toda la chaviza sale a lucir sus mejores looks hipstersillos, con coronas de flores, RayBan y Dr. Martens, pero están olvidando un accesorio que debería ser imprescindible para cualquier concierto: los tapones para oídos.

Y como estoy de amargada porque este año mis labores de madre recién parida me impedirán gozar de Incubus en Cumbre Tajín, decidí escribir sobre un tema que afecta a todos los que disfrutamos escuchando un concierto en vivo o ya de perdis la música a todo volumen, porque ¿quién no ha escuchado ese hermoso zumbido al salir de un concierto?

Bueno, pues ese zumbido tiene nombre. Les presento a Tinitus. Este se define como “ la percepción de un sonido en la ausencia de sonidos externos” y es básicamente un daño en las terminaciones nerviosas del oído interno. En personas jóvenes, en su mayoría se manifiesta por la exposición a ruidos intensos que, si son muy frecuentes puede desencadenar una pérdida de audición gradual. Pero no te pierdes ningún festival ni concierto ¿verdad?

Cuando tenemos una conversación, el nivel de intensidad del sonido es de 40 decibeles, mientras que en un concierto es de 110 decibeles, es decir, en proporción, el ruido es 30 veces más intenso que el de una plática normal. Osea que al mismo tiempo que incrementas la percepción de tus sentidos con sustancias (i)legales, disminuyes el precioso sentido que te hace disfrutar de tus bandas favoritas.

“Juventud, divino tesoro, ¡Ya te vas para no volver!” y con esa juventud se van muchas cosas, incluido el sentido del oído del que no te preocupaste mientras veías a los Foo Fighters hasta adelante.

Y como dice el viejo refrán, “no hay peor sordo que el que no quiere oír”, así que no seas necio y antes de salir a cualquier concierto, mete en tu cartera un par de taponcitos, a menos que seas muy fan de Tinutus.

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Cezwethink
Veintiséis años. Mamá de dos. Formación de historiadora gracias a la ENAH. Amante de los roedores y la leche con chocolate.

Veintiséis años. Mamá de dos. Formación de historiadora gracias a la ENAH. Amante de los roedores y la leche con chocolate.

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