To Tinder or not to Tinder


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Debo reconocer que envidiaba a la comunidad gay cuando les llegaron aplicaciones como el Grinder y el Scruff. La idea de tener un menú de hombres puestos y dispuestos a hacerte de todo (desde ir al cine hasta penetraciones no tan ortodoxas), en un radio determinado de kilómetros; me pareció no solo fascinante, sino bastante práctico.

Para una persona como yo, cuya profesión es la automatización de procesos, esto me sonó a  Navidad. Así que en el momento en que Tinder reemplazó a Candy Crush como la aplicación más adictiva, obvio le entré. Tinder toma unas cuantas de tus fotos de Facebook, tus amigos y gustos en común y luego te despliega un menú de studs disponibles en los alrededores –bajo la promesa que jamás le dirá a tus amigos de Facebook menos open mind de tu nueva actividad-.

Single and Ready to Mingle versión 2.0

Y la premisa es muy sencilla. Paso uno: decidir si la otra persona es hot or not. Paso dos: si la otra persona también te encuentra hot, bingo! Pueden chatear, acordar logística, tener una cita y en una de esas hasta encontrar el verdadero amor. Y no hay paso tres! Cuando se lo conté a mi mamá, le preocupó que todo el misterio y el encanto de un encuentro fortuito se perderían, al tratar a tu cita romántica como un paquete de Privalia. A lo que yo respondí: exacto!

Poco después de haberlo instalado, descubrí algunos atajos para hacer la selección natural más efectiva: El candidato recibía un NOPE inmediato si era retratado a un kilómetro de distancia. NOPE si la foto era tomada en el baño. SUPERNOPE si salia abrazado de uno o más amigos. FUCKNOPE si salía visiblemente borracho. YISUSFUCKNOPE si salía en la foto con alguien que bien podría ser su novia/esposa/concubina en turno.

Y mis amigas dicen que tengo estándares muy altos.

Eniwei, cuando menos me lo imaginé, ya había conocido a alguien muy simpático, guapetón, que leía los mismos libros que yo y que no parecía un posible predador sexual. Nos quedamos de ver y contra toda expectativa, la pasé muy bien. Bien del tipo, se me olvidaron inmediatamente todos mis pet peeves y deal breakers. El tipo del Tinder me bajo la luna y las estrellas, lo cual me hizo regalarle un vaso de leche fresca (metáfora alert!). Dentro de una serie de promesas que, en retrospectiva, sonaban como discurso del PRI, incluyó cosas como desayuno preparado en la cama, planes divertidos para los siguientes días feriados, y lo que sonaba como el principio de una relación bastante gratificante. Oh, how little did I know.

El tipo desapareció ese mismo día y antes del desayuno, argumentando algo un equivalente de “voy por cigarrillos”. El problema con Tinder en una ciudad como lo es México, es que los hombres siguen siendo mexicanos. Y aquí es donde entran dos consejos que pensé nunca necesitar en mi vida. Uno me lo dió mi abue. Cuando era joven, mi abue aventó a un tipo de un barranco porque le quiso agarrar la mano. Según ella -y cito- esas cosas son de prostitutas. Obviando la innecesaria violencia de mi antecesora, lo que entendí como moraleja es que si andas regalando leche fresca, y contrario a lo que dice Kelis, tus malteadas no atraerán a ningún chico a tu patio. El segundo consejo me lo dio mi papá a los dieciséis años. Detectando tintes de Daria en mi recién formada personalidad, mi papá –palabras más, palabras menos- me dijo que dejara de hacerme la lista y chistosa y solo asintiera con la cabeza en la presencia de un macho alfa. A ningún hombre le gusta una smarty pants.

Y aquí mi teoría: Entiendo que este tipo de herramientas crean expectativas falsas sobre la gente (porque let’s face it, nadie se ve tan bien como en su foto de perfil). Y si la idea es crear relaciones rápidas y casi desechables, esto no debería ser un problema. Pero aquí hay de dos sopas: Si la cosa fuera solo coger, no está bien, porque a los hombres mexicanos no les gustan las putas. Necesitan crear una ilusión MUY temporal sobre un idilio para hacer del acostón algo no tan impersonal. Una ilusión que no incluye que las mujeres sean platiconas y mucho menos smart asses. El concepto del fuck buddy en México es solo posible bajo los términos de ÉL. Pero olvídate si el acostón requiere una visita posterior a la farmacia, doctor y un abrazo para cuando te sientes chipil. Porque no se vale que tu fuck buddy sea needy.

Como dice Gertrude Stein una rosa es una rosa es una rosa es una rosa… Y una mujer es una mujer y es needy, platicona, con issues emocionales (algunas veces mensuales) y con ciertas necesidades afectivas. Creo que no soy muy diferente a la media de la población femenina de mi código postal, por lo que me permito darles un pedazo de consejo sobre esto del Tinder a todas ustedes muchachas: en Tinder no van a encontrar al padre de sus hijos.

Lejos de fomentar un concepto más equitativo a nivel de necesidades sexuales, Tinder es otra excusa para objetificarnos, en un país donde el machismo es el segundo idioma. Así que sí, si les laten los hombres que en su mayoría parecen del departamento local de IT, knock yourself out. Puede que encuentren buenas parejas de apareamiento, si se quieren chutar el susto de la primera impresión o dos tres discursos llenos de mentiras piadosas.

En lo personal, prefiero conocer a mi próxima pareja sexual a la antigüita: con un par de whiskies encima y sin olvidar la razón por la que tengo una serie de pet peeves y deal brakers.

Comentarios
Janet Aguilar

A los veinte quería ser detective y periodista de nota roja. Me metí a unas clases y al final del semestre, el profesor me dijo que no podía acompañarlos al examen final porque llamaba mucho la atención. Una forma sutil de decir que mi altura y boobs podían hacer que mataran a toda mi clase. A partir de eso, hice las dos cosas que podía hacer con lo que me dio la vida: modelar y escribir cosas que no fueran nota roja.

Diez años después, soy un personaje de reparto de una novela de Salinger. Me gusta fumar cuando salgo de bañarme y guardar mis cigarros en las bolsas de mi bata. Y estoy convencida que Paul McCartney es mi papá.


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A los veinte quería ser detective y periodista de nota roja. Me metí a unas clases y al final del semestre, el profesor me dijo que no podía acompañarlos al examen final porque llamaba mucho la atención. Una forma sutil de decir que mi altura y boobs podían hacer que mataran a toda mi clase. A partir de eso, hice las dos cosas que podía hacer con lo que me dio la vida: modelar y escribir cosas que no fueran nota roja. Diez años después, soy un personaje de reparto de una novela de Salinger. Me gusta fumar cuando salgo de bañarme y guardar mis cigarros en las bolsas de mi bata. Y estoy convencida que Paul McCartney es mi papá.