Un día desperté y el amor ya no seguía ahí


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Yo sabía lo que tenía cuando estabas conmigo,  todos los domingos felices, miles de fotografías tirados en el pasto, vacaciones eternas en la ciudad, pláticas del Universo  y de nuestras teorías de evolución y reencarnación en planetas que no sabíamos que existen, besos, besos todo el tiempo, siestas con el sonido de la lluvia, tu respiración junto a mí con nuestros libros abiertos acostados en la misma cama, en la misma casa, en nuestra casa.

Nuestras fotografías e instrumentos musicales en nuestra esquina, con ese globo terráqueo lleno de post its de las siguientes vacaciones, las auroras boreales que veíamos en la tele, que vimos en vivo, que abrazamos en ese momento, la vez que se ponchó el neumático rumbo a Real de 14 y tuvimos que dormir en la carretera, la manera en que me veías, esa manera en que llenabas de mariposas mis tripas y me decías que todo estaría bien… y así era.

¡Sentía paz, al fin había encontrado al hombre de mi vida! Alguien que no tenía temor de nada, de quererme como a nadie, de demostrar que yo también era la mujer de su vida.

Demostraciones de amor eterno como la vez que regresaste después de 3 meses de viaje y te recibí como reciben las esposas a los soldados que regresan a casa después de la guerra.

¡Nos amábamos tanto!

Tu familia, tu madre que reemplazó a la que tanto extraño.  El sabor del cigarro después de tus besos, la medicina que hacías con un poco de pasta, pollo y especias… tu manera de acomodar la mesa antes de la cena…

…tu manera de decirme “Hoy no, estoy cansado…”  cuando estaba yo hirviendo como tetera y viceversa.

Llegó a ser tan fácil no pensar en ti cuando te ibas de viaje, de reconocerme independiente contigo lejos de casa, de recibirte después de días como se recibe a un hermano, de dejar lo besos para después, el sexo para después, las historias para después, los planes y vacaciones diarias para después…

Así lo sentí: un día despertamos y nos desconocimos, nos convertimos en esos amigos que se reencuentran después de  no haberse visto en mucho tiempo y no tienen nada qué contarse. Nos volvimos roomates  y solo nos sonreíamos al momento de cenar. Platicábamos de todo, pero ya no se me iluminaba el rostro cuando me sonreías y a ti tampoco.

Nuestra historia fue un ejemplo de alquimia: De ser el amor de mi vida durante 7 años,  te convertiste en un amigo al que no necesitaba ver a diario, pero sabía que tenía cariño y recuerdos guardados por ahí.

Nos quisimos  y a la fecha sabemos de nuestras vidas, pero somos extraños a distancia, veo cómo te va la vida sin mi y mi alegro, la mía no es mejor ni peor, ¿Sabes? Llegué a sentirme culpable porque simplemente se acabó, porque no hubo un tercero en discordia ni arañazos ni gritos o mentadas de madre. Creo que así se vive mejor, sabiendo que hubo algo, un error y que no hubo manera de remediarlo. ¿Cómo remedias cuando no hay nada qué remediar?

Terminamos sin lágrimas ni rencores, los dos aceptamos que tal vez de haber sido en otro momento de nuestras vidas, nuestra historia hubiera sido distinta.

Suena romántico, sí, pero eso, nunca lo sabremos.

 

 

 

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Ana Misnky
Mexicana de padre francés y madre mexicana, adicta a viajar, conocer, probar, sentir.

Mexicana de padre francés y madre mexicana, adicta a viajar, conocer, probar, sentir.