Un verbo sin conjugar


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¿Cuántas lágrimas son necesarias para decir un adiós completo?

Más allá de las distancias físicas o geográficas, en el territorio de lo intangible, decir adiós es un acto detestable que no termina nunca de completarse.

No sabemos decir adiós, es cierto. Llenamos la casa de memorias: guardamos libros, canciones, tickets de algún viaje, fotografías… Sobre todo, nos guardamos la esperanza de algún reencuentro casual, con sonrisas y remembranzas cariñosas; un reencuentro en que poder explicar las cosas inconclusas, definir las ausencias, ponerle finalmente los puntos a las íes de la distancia.

La muerte es un abandono sin derecho de réplica.

Un día, sin más, como suele ocurrir la muerte, alguno baja el switch y ahí quedan las ganas de decir de todas esas personas que no pudieron decir a tiempo. Entonces queda lo que fue real, el trozo de los días que se compartieron como ladrillo de las paredes que formaron lo que luego, hoy, seríamos.

Con los vivos, el abandono es otro. A cada lado de la red se guardan palabras, notas, imágenes, tactos; todo volverá a ser para otros ojos y otros brazos, en tiempos que parecerán siempre nuevos. Quizá también se muere un poco, se asfixia cierto gesto, cierta cosa que nosotros mismos éramos en ese ‘nosotros’.

El abandono es a veces un verbo infinito, sin conjugaciones ni tiempos.

El que se va nunca sabe, a ciencia cierta, todo lo que rompieron sus pasos.

M.

Post original en La cueva virtual, publicado el 3 de junio de 2011
Comentarios
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Mercedes Alvarado
Me llamo Mercedes // No estoy enojada, así hablo // Aquí se siente en mexicano. //
mercedesalvarado

Me llamo Mercedes // No estoy enojada, así hablo // Aquí se siente en mexicano. //