Y a todo esto… ¿dónde queda la “friendzone”?


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La modernidad es asunto raro. Nos coloca ante situaciones o escenarios que desconocíamos o que, de plano, pensamos nunca vivir. Ya no hay Torres Gemelas, Nelson Mandela, Juan Pablo II o Sadam Husein. La gente se casa como a los 40, tienen hijos como a los 45 o de plano aborrecen el matrimonio o todo lo que tenga que ver con el compromiso. Se han derrumbado diversos tabúes y trabas, barreras morales que nunca pensamos saltar. Esta época nos ha empujado a un estado mental y emocional bastante extraño: por un lado, pareciera que somos de acero, que nada nos derriba, que no somos frágiles como generaciones anteriores. Sin embargo, es sólo la apariencia, pues estos tiempos están llenos de trampas que nos hacen pensar en gimnasia cuando hablamos de magnesia (perdón si ofendo a quienes padecen dislexia).

Slavoj Zizek, renombrado filósofo esloveno, resulta uno de los mejores críticos y/o analistas de la modernidad. Alguna vez, mientras daba una conferencia, un alumno le preguntó por qué estos tiempos parecen tan banales, vacíos, sin importancia, intrascendentes; por qué parece que todo importa un pito y tal. Zizek rebatió la idea de manera brillante: dijo que si bien toda actitud actual, sobre todo de generaciones jóvenes, parece estar sometida a los principios de lo intrascendente, la verdad es que debajo de ese halo de vacío, lo único que se esconde es una preocupación extrema por todos esos tópicos, es decir, que actuamos como si nada importara porque nos importa demasiado. Zizek pone un ejemplo: el amor. Antes, en siglos pasados, cuando uno decía “te amo”, eso implicaba que dentro de la declaración, uno contemplara la negativa del otro o una emoción menor que la dicha por el que habla. Hoy, tenemos que dar un par de vueltas al asunto, pues la gente se espanta fácilmente ante actos como el “te amo” o “te quiero”, pues hemos cambiado también nuestras concepciones de victoria y derrota. Hoy, el “éxito” y el “fracaso” están sobredimensionados, tienen un peso brutal determinado por razones ajenas al hecho en sí, pues se toman no como lo que son, simples experiencias de vida que pueden ser buenas o malas, sino como actos de trascendencia tal que pueden determinar todo un destino.

Esta idea puede ser vista claramente en aquel invento conocido como “friendzone”. Es normal que en esta época existan nuevas creaciones colectivas como la citada, como el “forever alone”, como el “YOLO”, etcétera, que no son más que expresiones “escudo”, ergo: nos sirven para protegernos de un sinfín de cosas a las que damos mucha importancia. Dentro de ellas, la “friendzone” es una de las más nocivas y complejas, pues debajo de su aparente inocencia, se esconden cosas como el poder, la dominación, el berrinche, el ego exacerbado y un par de cosillas más.

Esta “zona”, se define por lo siguiente: un sujeto equis (en el 95% de los casos, un hombre) se porta de lo lindo con otro sujeto ye. El sujeto equis es detallista, protector, amoroso, desprendido, desinteresado, sacrificado, todo en aras de satisfacer las necesidades, caprichos, excesos y demás cosas del objeto de su afecto. Sin embargo, cuando el susodicho equis quiere romper las redes amistosas con sujeto ye para convertirse, juntos, en un equisye, no contaba con la astucia de ye quien, contra todo pronóstico de equis, le dice que no, nada, naranjas, never de limón, ahorita no, ahí luego otro día. Entonces, toda la bondad de equis se transforma en un berrinchito: el sujeto abandona la vida en la tierra para mudarse, según él, a la “friendzone”. Pasa del escenario A (pareja, una bonita casa en el bosque, niños rubios de ojos azules, un perro o un gato, o puede que ambos, que más da, somos felices y nos amamos) al escenario B: vivir en los áridos terrenos de una amistad infinita y pesada como loza, que él jamás va a poder aceptar de buena manera, pues lo suyo es dar amor a ye. Una vez declarada su nueva condición de vivienda, equis es apoyado o entendido por una especie de compatriotas suyos, quienes resultan ser la población que forma la HHH nación de Friendzone. En este país, no comprenden la injusticia que se cierne sobre sus cabezas: ¿¡Por qué si somos tan buenos, tan chidos, tan amorosos, tan entregados, tan brillantes, tan perfectos, aquella otra persona nos dice que NO!? ¿Qué clase de perverso juego desarrollas conmigo, oh dios inmisericorde? ¿Acaso este es mi destino, ser un “forever alone” (conceptos mashup)?

Entonces Dios levanta la voz y le contesta: hijo mío, he aquí mi palabra, para ser entendida y que lleves una vida mejor: no seas mamón. Simplemente no quiere estar contigo y ya. Ten dignidad y deja de inventar cosas que ni a mí, de huevón en el octavo día, se me hubieran ocurrido. Acepta y madura. Avanza. Postdata: un rezo más con estas mamadas y te lanzo un rayo, una peste o una enfermerdad vénerea. Gracias.

Por que sí, al final, lo que se esconde debajo de todo ese invento de la friendzone, no es más que un ego monumental que le dice a la otra persona “NO MAMES QUE NO QUIERES ESTAR CONMIGO, YOQUESOYPERFECTO”, con lo cual no sólo se censura la opinión o decisión del otro, sino que se impone un deber ser: yo soy el mejor del mundo, no como los “patánes” a los que dices que sí, yo SÍ te voy a cuidar y a querer bien, yo SÍ SÉ lo que tú necesitas, y así hasta el infinito, en una serie de frases que sólo demuestran que equis tiene un sever problema de megalomanía, razón por la cual cae en una especie de fascismo emocional: un dictador de los deseos, necesidades, afectos y sentimientos del otro. En su cabecita adiestrada para no aceptar el fracaso, pues este le aterra, decide inventar un pretexto para salvaguardar su honor, para no lidiar con el rechazo o la negativa, para demostrarse que él vale infinito, que simplemente es la ceguera de ye que no les permite ser felices. En este caso, el asunto se bifurca en sólo dos direcciones: o bien equis recapacita y se da cuenta que la amistad es cosa bonita, o bien, como sucede en la mayoría de los casos, decide transformar todo ese antiguo amor en rencor, odio, venganza. Entonces empieza a despotricar contra ye, primero internamente y después en conjunto con sus vecinos de la “friendzone”. De tal suerte que, lo que tenemos realmente, es a un sujeto enamorado de la idea de lo que debe ser el amor, y por tanto, un sujeto que puede ser peligroso potencialmente, pues es el mismo principio que aplicó un joven austriaco llamado Adolf al lanzarse por la presidencia de Alemania: existe una forma de ser que es aceptada y otra que debe no sólo ser cuestionada o incomprendida, sino destruida. Hace poco menos de un mes, un muchachillo de unos 19 años salió a la calle con el propósito de matar mujeres. Hirió o eliminó a tres de ellas. ¿La razón? Que a pesar de ser tan bueno, nunca había tenido novia. He ahí el problema: lo que parece una inocentada, un inventito burdo, en realidad es pretexto para reproducir esferas de poder (tú no sabes lo que necesitas, yo sé lo que te conviene, tú eres incapaz de decidir bien, yo lo hago por ti), de violencia (me perteneces y si no estás conmigo, eres una idiota), de chantaje (me he portado tan bien contigo que NO puedes decir que no) y hasta de ceguera (soy un incapacitado emocional para lidiar con la negativa, con el supuesto fracaso, que mejor me invento una zona de confort donde nada de esto se pierda, donde siga tan bueno, bondadoso, amoroso e increíble como siempre. Sí. Soy el MEJOR).

Por ello es importante cuestionar estas prácticas de apariencia inocente y dejar de temer a lo que somos, lo que vivimos y lo que nos ha tocado vivir. Sí, mucho de ello no lo elegimos, pero realmente en esta vida no elegimos nada, todo es un azar hasta que llega la muerte. Dejemos de tomarnos tan en serio, de reproducir esferas de un poder que no existe, de aseverar con frases todo nuestro destino o vida, de alimentar esta modernidad tan delirantemente mentirosa.

Y a todo esto, ¿dónde queda la friendzone? En un lugar imaginario, minúsculo y patético de la modernidad: la idea de que somos el centro del universo y este debe moverse conforma a nuestros deseos y necesidades. Ahí está el asunto. Así de complejo. Así de simple. Así de nuestro.

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Israel Pompa-Alcalá
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