Yo no soy gay. Mi novia, sí.


Este artículo se lee en: 5 minutos

 

Hay que decir primero lo obvio porque mi nombre es engañoso: soy mujer. Y también mi novia. ¿Cómo fue que sucedió si toda mi vida yo había salido con puros chavos?

Neta, no sé cómo no me di cuenta antes porque en retrospectiva las señales eran muchas. Aquí van algunas:

  • Mis juguetes favoritos de niña eran coches, bicis, balones, los Lego y robots, no Barbies.
  • Prefería andar en patineta, en bici, jugar americano o trepar por las azoteas con los niños que jugar al té con las niñas.
  • Mientras que a todas les gustaban las baladitas románticas y el pop, yo preferí el rock —entre más pesado, mejor—.
  • Mis novios (fueron muy pocos) eran superbonitos (tipo Thor) y no guapos (tipo… algún rudo).
  • Dichos novios (todos) estaban poco interesados en el sexo (y yo lo agradecía). A uno ya hasta me lo topé en un antro gay y seguro que si no he visto a los otros, ha sido por pura casualidad o son de clóset.
  • ¿La moda? Me vale madres. Prefiero cool y cómoda. Nunca he usado tacones (dios me libre), sino tenis y zapatos flat. Y como calzo del siete mexicano soy travesti de pies: compro zapatos de hombre (ok, que no se vean TAN de hombre).
  • Cinéfila desde peque, siempre me fijaba en las actrices, no tanto en los actores.

Entonces, ¿por qué la sorpresa cuando al entrar a un nuevo trabajo vi a esta chava que me provocó un je ne sais quoi. Vestía de una manera absolutamente auténtica que era entre fashioncooltotalmentesolosuyaeindividual, y se veía increíble. En el comedor, cuando reía, echaba la cabeza hacia atrás y yo no podía dejar de mirarla desde otra mesa. Y esa risa, ¡oh, esa risa! Es algo fuera de este mundo: es contagiosa, quieres que no acabe nunca y sabes que es una que no has escuchado en nadie más.

Nos hicimos amigas por amigos en común. Ya nos sentábamos en la misma mesa a la hora de la comida y nos daba risa decir exactamente lo mismo al mismitito tiempo. Comenzamos a entendernos con la mirada.

Un día, un café y no hablamos de galanes. Otro día, una exposición. Uno más y tres iríamos al cine y sólo llegamos nosotras. Al salir, llovía como si el cielo quisiera limpiar algo, y ella, en lugar de caminar bajo las cornisas o pegada a la pared, extendió ambos brazos, miró hacia arriba y andó bajo esa lluvia disfrutando el pling-plang-plung de las gotas rebotando en su cuerpo, y el splash de sus pasos en los charcos. Ahora estoy segura de que ese fue el momento preciso en el que me enamoré de ella.

Pero espera: ¿qué yo no era heterosexual? Entonces, ¿cómo que “me enamoré de ella”?

El fin de semana… party!!! Fiesta hasta morir como siempre, y en Cuernavaca, así que la banda nos quedamos a dormir en casa de un amigo. Poco a poco todos fueron cayendo por los mares de alcohol que surcaron el reven. Al final, bailábamos sólo ella y yo. Después, decidimos irnos a dormir.

Compartimos cuarto con otros dos (ahogados, afortunadamente) y sólo había una cama libre. Me recargó contra la pared y me levantó los brazos por arriba de la cabeza para bajarlos y dejarlos abrazándola —todo en medio segundo—. Me sentí temblar como auto a punto de desbielarse y no sabía qué hacer, así que seguramente sonreí como estúpida. Ella se rió, me soltó, sacó su pijama (en serio), se cambió y se metió a la cama. Hice lo mismo y me quedé bocarriba, tratando de no pensar. En unos minutos parecía dormida, pero luego de un rato giró lentamente en la cama hacia mí y con toda la delicadeza del mundo, para no despertarme (ja, como si hubiera podido conciliar el sueño), metió la mano bajo mi playera-pijama y apenas, como la pluma de un ave que cae de un árbol en una tarde sin viento, rozó mis pezones que se irguieron como los guardias de Buckingham cuando pasa la reina. ¡Uf, qué cosa! ¿Qué hacer? Obvio: pretender que dormía. Fue un momento superbreve porque en seguida sacó la mano, giró hacia el otro lado y se durmió, dejándome en una confusión total. A ver: mis amigas del alma eran guapísimas y nunca había tenido ninguna idea sexual hacia ellas. Entonces, ¿qué pex?

Lo único que se me ocurrió al volver a casa fue llamar a una de ellas —la única que es gay pero vive en Londres— en una época preSkype, así que fue el telefonazo más caro de mi historia. Me terapeó seis horas y sólo recuerdo “no pienses, siente y suéltate”. Ah, y que lo que me sacaría de onda sería el momento en que me diera un beso. “Sentirás al principio como un guácala pero luego de un rato se pasa y te puede gustar. Es la mejor forma de que sepas”, me dijo.

Chale, ni tiempo de procesar la info porque al día siguiente se casó una amiga nuestra. Pasamos la boda en la mesa de los cuates riéndonos de los chistes mientras por debajo del mantel nuestras piernas se acariciaban mutuamente como si tuvieran albedrío propio. Luego, quienes la iban a llevar a su casa decidieron mejor irse a un hotel y amablemente me ofrecí a darle un aventón. En el camino, me tomó de la mano, acercó su boca a dos milímetros de mi oreja y yo casi choco del puro nervio. Pero cuando estábamos frente a su puerta quién sabe de dónde me salió el “¿quieres pasar la noche en mi depa?”. Me lanzó una de esas sonrisas que me derretía, volví a encender el auto y aceleré sin dudar ni un segundo sobre lo que le había preguntado.

En mi casa —que compartía con mi gato— volvió a hacer eso de ponerme contra la pared y hacer que la abrazara. ¡Qué cosa tan excitante! Luego me besó y fue tan perfecto, natural, y como “yo soy de aquí” que olvidé que debía sacarme de onda. La ropa quedó por todos lados, la cama revuelta, mi gato tuvo que dormir contra su voluntad en el otro cuarto ante su desaprobación inicial, y al día siguiente hasta la luz veía de otro color y el cereal de siempre sabía maravilloso. Sí, así de cursi porque estaba enamorada como nunca en mi vida, y había sentido como nunca en mi vida, y estaba tan feliz como nunca en mi vida. ¿Y qué se hace en esos casos? ¡Cantarlo a los cuatro vientos!

Se lo dije a mi ‘má (le tomó un rato procesarlo). Lo dije en el trabajo. Se lo dije a mis mejores amigas y una me respondió “ay, pero si siempre lo supe”. Casi la golpeo y le reclamé que nunca me lo comentara: ¡pensar en los estúpidos galanes que me pude haber ahorrado!

¿Viste “Casarse está en griego” (My Big Fat Greek Wedding)? Bueno, su familia es como la griega y la mía es como la del chavo. La suya lo discutió mucho, se echaron culpas y le tomó  aceptarlo porque ella nunca les había dicho que era gay a pesar de haber tenido varias parejas mujeres. La mía lo tomó mucho más light considerando el tamaño de la noticia, en este espíritu de “es tu vida, go ahead”. (Por cierto, ahora ambas familias nos llevamos de pelos).

Y así, sólo sintiendo, en unos meses ya vivía conmigo. Luego buscamos un lugar que fuera nuestro, con perros, gato y hasta una tortuga. Y seguimos felicérrimas hasta la fecha. ¿Qué soy? Obviamente retrasada sexual. Y, entre muchas otras cosas que también me definen, felizmente gay.

 

Comentarios
Ary Snyder
Mis padres no son hippies sino antropólogos, que es casi lo mismo. Pero en casa sólo se escuchaba a Bach, Beethoven, Mozart y por a’i. A los seis añitos descubrí a una banda que ya no existía —The Beatles— y ya nada fue igual. Mi ‘pá me desheredó y mi ‘má me compró un disco (no un cedé, ¿eh?) de ellos. Casi se divorcian. Estudié diseño gráfico e hice maestría en fotografía aunque mi mejor educación la aprendí de eso que amo con locura: los libros. Trabajo como editora porque me fascinan las revistas y escribir tanto como el café, la fotografía, la música clásica, el rock (entre más alternativo, pesado o darketo, mejor), el cine, los animales, la naturaleza, viajar, quedarme en hoteles, los robots, el futbol americano, a mis amigos, a mi family de dos y cuatro patas, y cosas un poco más raras como las matemáticas, la mecánica cuántica, los dinosaurios y la astrofísica. Muero por ir al CERN y estoy segura de que un día voy a ganar un Nobel con una de mis ideas sobre el Universo o con una sobre la evolución —cosas que me maravillan y me conmueven—. ¿Qué más? Sheldon Cooper se viste como yo (porque yo lo hago desde antes que él) y soy un poquito autista, así que la gente me da miedo pero le sonrío, cedo el paso y doy las gracias, aunque honestamente soy más animal-person que people-person. En Instagram me encuentras como ary snyder. Tan-tan.

Mis padres no son hippies sino antropólogos, que es casi lo mismo. Pero en casa sólo se escuchaba a Bach, Beethoven, Mozart y por a’i. A los seis añitos descubrí a una banda que ya no existía —The Beatles— y ya nada fue igual. Mi ‘pá me desheredó y mi ‘má me compró un disco (no un cedé, ¿eh?) de ellos. Casi se divorcian. Estudié diseño gráfico e hice maestría en fotografía aunque mi mejor educación la aprendí de eso que amo con locura: los libros. Trabajo como editora porque me fascinan las revistas y escribir tanto como el café, la fotografía, la música clásica, el rock (entre más alternativo, pesado o darketo, mejor), el cine, los animales, la naturaleza, viajar, quedarme en hoteles, los robots, el futbol americano, a mis amigos, a mi family de dos y cuatro patas, y cosas un poco más raras como las matemáticas, la mecánica cuántica, los dinosaurios y la astrofísica. Muero por ir al CERN y estoy segura de que un día voy a ganar un Nobel con una de mis ideas sobre el Universo o con una sobre la evolución —cosas que me maravillan y me conmueven—. ¿Qué más? Sheldon Cooper se viste como yo (porque yo lo hago desde antes que él) y soy un poquito autista, así que la gente me da miedo pero le sonrío, cedo el paso y doy las gracias, aunque honestamente soy más animal-person que people-person. En Instagram me encuentras como ary snyder. Tan-tan.

Tal vez te gustaría leer